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Artículos de Joseph
Ratzinger
Joseph Ratzinger, "Meditaciones del Via Crucis
del Viernes Santo 2005", 24.III.05
PRIMERA
ESTACIÓN
Jesús es
condenado a muerte
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
Evangelio según San Mateo 27, 22-23.26
Pilato les
preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron
todos: «¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha
hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!»
Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo
entregó para que lo crucificaran.
MEDITACIÓN
El Juez del
mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado,
deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un
monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el
modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final
prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho.
También los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús no son
monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés,
sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá:
«Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis
en una cruz...» (Hch 2, 22 ss). Pero en aquel momento están
sometidos a la influencia de la muchedumbre. Gritan porque gritan
los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada
por la bellaquería, por la pusilaminidad, por miedo a la prepotencia
de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es
sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto
humano dan fuerza al mal.
SEGUNDA
ESTACIÓN
Jesús con
la cruz a cuestas
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
Evangelio según San Mateo 27, 27-31
Los
soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron
alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un
manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la
ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y
doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve,
Rey de los judíos!». Luego lo escupían, le quitaban la caña y le
golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron
el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
MEDITACIÓN
Jesús,
condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en
la burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de
poder ostentados por los potentes de este mundo son un insulto a la
verdad, a la justicia y a la dignidad del hombre! Cuántas veces sus
ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más
que mentiras pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben
por su oficio, el de ponerse al servicio del bien. Jesús,
precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del sufrimiento,
es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44, 7). El precio
de la justicia es el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero
rey, no reina por medio de la violencia, sino a través del amor que
sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra
cruz, el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos
precede y nos muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.
TERCERA
ESTACIÓN
Jesús cae
por primera vez
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
por sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
libro del profeta Isaías 53, 4-6
Él soportó
nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo
estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por
nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro
castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos
errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor
cargó sobre él todos nuestros crímenes.
MEDITACIÓN
El hombre
ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una
caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza
al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de
aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los
salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al
borde del camino? Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre
extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo,
como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de su
condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al
contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre
cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una
muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo el peso de la cruz
aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria para
liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de
nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de
Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y
aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta
rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses,
nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por
autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra
soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce.
Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de
autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar
nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios
y los hermanos oprimidos.
CUARTA
ESTACIÓN
Jesús se
encuentra con su Madre
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
Evangelio según San Lucas 2, 34-35.51
Simeón los
bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que
muchos en Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida:
así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada
te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.
MEDITACIÓN
En el Vía
crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida
pública debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de
Jesús, la familia de sus discípulos. También hubo de oír estas
palabras: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?... El que
cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi
hermana, y mi madre» (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que ella es la
Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el
corazón. Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre,
con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había
dicho: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo... Será
grande..., el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1,
31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría también: «y a
ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto le haría
recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado,
voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero
llevado al matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad. En su
corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había
dicho cuando todo comenzó: «No temas, María» (Lc 1, 30). Los
discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre,
con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su
fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú que has creído» (Lc 1,
45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en
la tierra?» (Lc 18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es
su gran consuelo en aquellos momentos.
QUINTA
ESTACIÓN
El Cireneo
ayuda a Jesús a llevar la cruz
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura
Evangelio según San Mateo 27, 32; 16, 24
Al salir,
encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a
que llevara la cruz.
Jesús había
dicho a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se niegue
a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».
MEDITACIÓN
Simón de
Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra
casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un
espectáculo quizás habitual para él. Los soldados usan su derecho de
coacción y cargan al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe
haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de
aquellos condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha
repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus hijos,
seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella
comunidad (Mc 15, 21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe.
Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo
comprendió que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado
y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le llegado al
corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede
redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para
completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24). Cada vez
que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o
está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la
misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos
contribuir a la salvación del mundo.
SEXTA
ESTACIÓN
La Verónica
enjuga el rostro de Jesús
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
por sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
libro del profeta Isaías 53, 2-3
No tenía
figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y
evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a
sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y
desestimado.
Del libro
de los Salmos 26, 8-9
Oigo en mi
corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me
escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi
auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.
MEDITACIÓN
«Tu rostro
buscaré, Señor, no me escondas tu rostro » (Sal 26, 8-9). Verónica
–Berenice, según la tradición griega– encarna este anhelo que
acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo
de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio,
en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de
bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por
la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los
discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en
la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin
permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios
de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña–, porque
verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un
rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor
imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro
humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su
bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo.
Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos
deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a
Dios, que es el amor mismo.
SÉPTIMA
ESTACIÓN
Jesús cae
por segunda vez
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
libro de las Lamentaciones 3, 1-2.9.16
Yo soy el
hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. El me ha
llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis
caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado
mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza.
MEDITACIÓN
La
tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace
pensar en la caída de Adán –en nuestra condición de seres caídos– y
en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta
adquiere en la historia for-mas siempre nuevas. En su primera carta,
san Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia
de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida.
Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su
tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y
de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad,
en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado
al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que
ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente,
han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo
olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del
hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva
este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos
mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.
OCTAVA
ESTACIÓN
Jesús
encuentra a las mujeres de Jerusalén
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
Evangelio según San Lucas 23, 28-31
Jesús se
volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por
mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que
llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres
que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces
empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a
las colinas: «Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué
pasará con el seco?
MEDITACIÓN
Oír a Jesús
cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por
él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de
una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega
a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras
y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida
continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que
corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la
seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de
preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no
estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al
misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los
tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso,
mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo
podrá Dios –pensamos– hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos
solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la
gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder
superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal
contemplando la imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No
lloréis por mí; llorad más bien por vosotros... porque si así tratan
al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»
NOVENA
ESTACIÓN
Jesús cae
por tercera vez
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
libro de las Lamentaciones 3, 27-32
Bueno es
para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta
solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su
boca en el polvo: quizá haya esperanza; que tienda la mejilla a
quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque el Señor no desecha
para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego
según su inmenso amor.
MEDITACIÓN
¿Qué puede
decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás
nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan
de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no
deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia
Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y
en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces
celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se
deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas
teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y
entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente
entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco
respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos
espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está
presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción
indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor
del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que
gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor,
sálvanos (cf Mt 8,25).
DÉCIMA
ESTACIÓN
Jesús es
despojado de sus vestiduras
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
Evangelio según San Mateo 27, 33 -36
Cuando
llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»),
le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso
beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a
suertes y luego se sentaron a custodiarlo.
MEDITACIÓN
Jesús es
despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una
posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser
alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie,
no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de
despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha
desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra
en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una
vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda
que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por
tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a
suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo
relatan con palabras tomadas del Salmo 21, 19 y nos indican así lo
que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según las
Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está
dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El
Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los
hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso
de la redención: así devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos
también que Juan precisa el objeto del sorteo: la túnica de Jesús,
«tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19, 23). Podemos
considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que
era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III,
161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.
UNDÉCIMA
ESTACIÓN
Jesús
clavado en la cruz
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
Evangelio según San Mateo 7, 37-42
Encima de
la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el
Rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la
derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y
decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo
reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios,
baja de la cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y los
senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no
se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz
y le creeremos».
MEDITACIÓN
Jesús es
clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos
una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no
bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el
dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido
las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza
de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante
quien se oculta el rostro, era despreciado... Y con todo eran
nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que
soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor,
ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de
satisfacción y gozo, para aprender a respetar sus límites y a ver la
superficialidad de todos los bienes puramente materiales. Mirémosle
en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que
precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubir su
rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor
condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz,
sino que más bien soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final,
podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquia, encadenado
por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe
inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y
la sangre a la cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a
él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas
que nos inducen a darle la espalda.
DUODÉCIMA
ESTACIÓN
Jesús muere
en la cruz
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
Evangelio según San Juan 19, 19-20
Pilato
escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba
escrito: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el
letrero muchos judíos, estaba cerca el lugar donde crucificaron a
Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.
Del
Evangelio según San Mateo 27, 45-50. 54
Desde el
mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella
región. A media tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es
decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo
algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste».
Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en
vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás
decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús, dio otro
grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres, que
custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron
aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios».
MEDITACIÓN
Sobre la
cruz –en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el
latín, y en la lengua del pueblo elegido, el hebreo– está escrito
quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo prometido de David.
Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión
pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había
declinado el título de Mesías porque habría dado a entender una idea
errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título puede
aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente,
él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente
«ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido
radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de
sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que
es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera
realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 2). Asume
en sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el
drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios
justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La
cruz de Jesús es un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece
cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto
a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El centurión
romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la
cruz, él triunfa siempre de nuevo.
DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús es
bajado de la cruz y entregado a su Madre
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
Evangelio según San Mateo 27, 54-55
El
centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el
terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era
Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos,
aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.
MEDITACIÓN
Jesús está
muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano
mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos,
del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del
corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no le
quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se
manifiesta como el verdadero cordero pascual, al cual no se le debe
quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46). Y ahora que ha soportado
todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar
del poder del odio y de la ruindad, él no está solo. Están los
fieles. Al pie de la cruz estaba María, su Madre, la hermana de su
Madre, María, María Magdalena y el discípulo que él amaba. Llega
también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el
ojo de la aguja, porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su
tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde Jesús es enterrado, el
cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había sido
expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su
Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la
muerte está a punto de terminar. Y llega también un miembro del
Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del
rena-cer por el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que
había decidido su muerte, hay alguien que cree, que conoce y
reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de
la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la
luz de la esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios
vivo y cercano. También en la noche de la muerte, el Señor muerto
sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su
nueva familia, comienza a formarse.
DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús es
puesto en el sepulcro
V /. Adoramus
te, Christe, et benedicimus tibi.
R /. Quia
per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Lectura del
Evangelio según San Mateo 27, 59-61
José,
tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo
puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó
una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María
Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del
sepulcro.
MEDITACIÓN
Jesús,
deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los
honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras
para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo,
como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura
que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de
su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de
Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser
demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de
la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san
Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas
partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen
olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En la descomposición de las
ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que
conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura,
comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no
cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho
fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano
de trigo enterrado comienza la gran multiplica-ción del pan que dura
hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar
sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento
vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a
través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús
resplandece el misterio de la Eucaristía.
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religiosa", 19.XI.04
>> El
cardenal Joseph Ratzinger constata que el laicismo está poniendo en
peligro el derecho a la libertad religiosa. En una entrevista
concedida al diario «La Reppublica» este viernes el prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, constata que «existe una
agresividad ideológica secular, que puede ser preocupante».
«En Suecia,
un pastor protestante que había predicado sobre la homosexualidad
basándose en un pasaje de la Escritura, ha pasado un mes en la
cárcel», recuerda.
«El
laicismo ya no es aquel elemento de neutralidad que abre espacios de
libertad a todos. Comienza a transformarse en una ideología que se
impone a través de la política y no concede espacio público a la
visión católica y cristiana, que corre el riesgo de convertirse en
algo puramente privado y, en el fondo, mutilado», añade.
«En este
sentido, existe una lucha y debemos defender la libertad religiosa
contra la imposición de una ideología que se presenta como si fuese
la única voz de la racionalidad, cuando sólo es expresión de un
'cierto' racionalismo».
--Pero,
para usted, ¿qué es la laicidad?
--Ratzinger: «La laicidad justa es la libertad de religión. El
Estado no impone una religión, sino que deja espacio libre a las
religiones con una responsabilidad hacia la sociedad civil, y por
tanto, permite a estas religiones que sean factores en la
construcción de la vida social».
Preguntado
por la verdadera esencia del cristianismo, el purpurado la describe
como «una historia de amor entre Dios y los hombres. Si se entiende
esto en el lenguaje de nuestro tiempo, el resto viene solo».
--¿Dónde
está Dios en la sociedad contemporánea?
--Ratzinger: «Está muy marginado. En la vida política parece casi
indecente hablar de Dios, como si fuese un ataque a la libertad de
quien no cree. El mundo político sigue sus normas y sus caminos,
excluyendo a Dios como algo que no pertenece a esta tierra. Lo mismo
sucede en el mundo del comercio, de la economía y de la vida
privada. Dios queda a un margen. Sin embargo, me parece necesario
volver a descubrir, y existen las energías, que también la esfera
política y económica tienen necesidad de una responsabilidad moral,
una responsabilidad que nace del corazón del hombre, y en última
instancia, tiene que ver con la presencia o la ausencia de Dios. Una
sociedad en la que Dios es absolutamente ausente se autodestruye. Lo
hemos visto en los grandes regímenes totalitarios del siglo pasado».
--Por lo
que respecta al tema de la ética sexual, la Encíclica «Humanae vitae»
ha causado una profunda separación entre el magisterio y el
comportamiento práctico de los fieles. ¿Es hora de volver a
reflexionar sobre ella?
--Ratzinger: «Para mí es evidente que debemos seguir reflexionando.
Ya en sus primeros años de pontificado, Juan Pablo II ha ofrecido al
problema un nuevo tipo de enfoque antropológico, personalista,
desarrollando una visión muy diversa de la relación entre el yo y el
tú del hombre y de la mujer. Es verdad que la píldora ha dado lugar
a una revolución antropológica de grandes dimensiones. No ha sido
como se podía pensar al inicio, sólo una ayuda para las situaciones
difíciles, sino que ha cambiado la visión de la sexualidad, del ser
humano y del mismo cuerpo. La sexualidad se ha separado de la
fecundidad y de este modo ha cambiado profundamente el concepto de
la misma vida humana. El acto sexual ha perdido su finalidad, que
antes era clara y determinante, de modo que todas las formas de
sexualidad han llegado a ser equivalentes. Sobre todo, de esta
revolución deriva la equiparación entre homosexualidad y
heterosexualidad. Por eso digo que Pablo VI ha planteado un problema
de muchísima importancia».
--La
homosexualidad es un tema que concierne al amor entre dos personas y
no la mera sexualidad. ¿Qué puede hacer la Iglesia para entender
este fenómeno?
--Ratzinger: «Diría dos cosas. Antes que nada, debemos tener un gran
respeto por estas personas, que también sufren y que quieren vivir
en modo justo. Por otra parte, crear ahora la forma jurídica de una
especie de matrimonio homosexual, en realidad no ayuda a estas
personas».
--Por lo
tanto, ¿Usted da un juicio negativo sobre la elección tomada en
España?
--Ratzinger: «Si, porque es destructiva para la familia y para la
sociedad. El derecho crea la moral o una forma de moral, ya que la
gente normal habitualmente piensa que lo que afirma el derecho es
moralmente lícito. Y si juzgamos esta unión más o menos equivalente
al matrimonio, nos encontramos con una sociedad que ya no reconoce
ni lo específico de la familia, ni su carácter fundamental, es
decir, lo que es propio del hombre y la mujer, que tienen como
objetivo dar continuidad -y no solo en sentido biológico- a la
humanidad. Por eso, la elección tomada en España no aporta un
beneficio verdadero a estas personas, porque de esa forma destruimos
elementos fundamentales de un orden de derecho».
--A veces
la Iglesia diciendo no a todo, se ha visto derrotada. ¿No tendría
que ser posible, por lo menos, un pacto de solidaridad entre dos
personas, aunque sean homosexuales, reconocido y tutelado por la
ley?
--Ratzinger: «Pero institucionalizar un acuerdo de ese tipo --que el
legislador lo quiera o no-- aparecería necesariamente a la opinión
pública como otro tipo de matrimonio que asumiría así,
inevitablemente, un valor relativo. No hay que olvidar, por otra
parte que, con estas decisiones hacia las que tiende hoy una Europa
-por decirlo así- en decadencia, nos separamos de todas las grandes
culturas de la humanidad, que han reconocido siempre el significado
propio de la sexualidad: esto es, que el hombre y la mujer han sido
creados para ser, unidos, la garantía del futuro de la humanidad.
Garantía no solo física, sino también moral».
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Joseph Ratzinger, "La fuerza de la razón contra
el relativismo", 17.XI.04
>> Las
raíces cristianas de Europa, las pretensiones del laicismo y los
desafíos éticos que presentan los avances biomédicos fueron algunos
temas de un coloquio entre el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de
la Congregación para la Doctrina de la Fe, y el historiador Ernesto
Galli della Loggia, catedrático de la Universidad de Perugia y
columnista habitual del diario “Corriere della Sera”. Ofrecemos
algunos pasajes del diálogo, que tuvo lugar el pasado 25 de octubre,
organizado en Roma por el Centro de Orientación Política. La
síntesis que se ofrece ha sido realizada por Aceprensa partiendo de
la amplia transcripción del diálogo publicada por el diario “Il
Foglio” (27 y 28 de octubre de 2004).
Joseph
Ratzinger. El pasado mes de enero mantuve un diálogo con Habermas,
el filósofo considerado en el mundo de lengua alemana como la
quintaesencia del laico. Unos dos años antes había afirmado, ante la
sorpresa de sus admiradores, que para un laico es muy conveniente
estar atento a la sabiduría que se esconde en las tradiciones
religiosas. Para él mismo había sido un descubrimiento. El mundo se
encuentra en una situación en la que nos conviene movilizar todas
las fuerzas morales para conseguir establecer una convivencia
pacífica. Existen muchas posibilidades positivas, muchas esperanzas,
pero también muchas amenazas y peligros.
El poder
del hombre ha crecido hasta un límite inimaginable hace pocos años.
Un poder que alcanza incluso a la posibilidad de la destrucción del
propio planeta y que ha llegado hasta las raíces de nuestro ser: el
hombre es capaz de producir el hombre en un laboratorio. El hombre
no se ve ya como un don de la naturaleza, de Dios, sino que se
convierte en un producto que se puede fabricar; y cuando se puede
fabricar, se puede también destruir y sustituir con otras cosas.
Debemos
añadir que con esta capacidad de producir no ha crecido igualmente
nuestra capacidad moral. Esta me parece que es la fórmula más
precisa para expresar el dilema de nuestro tiempo: el desequilibrio
entre poder técnico (poder de hacer) y la capacidad de actuar con
principios que garanticen la dignidad del hombre y el respeto de la
criatura, del mundo.
Un vacío de
identidad
Ernesto
Galli della Loggia. Me parece que es posible encontrar un hilo
conductor que une muchos aspectos de la situación actual. Se podría
comenzar con la hipótesis de que la globalización marca un momento
de crisis y ruptura de la secularización. Es decir, del proceso que
Europa vive desde hace doscientos años y que ha visto la sustitución
de la fe religiosa como orientación y guía para la mayor parte de
los habitantes de una sociedad. Esta identificación religiosa se ha
ido erosionando poco a poco y se ha sustituido por otras dos
identificaciones: la ideológica y la nacional. Hoy, sin embargo, si
no me equivoco, la globalización marca un proceso de desmoronamiento
de estos dos sustitutos. En nuestras sociedades se está creando un
gran vacío de identidad, y es precisamente el mundo político
democrático el que reacciona con mayor dificultad: la identidad se
siente como algo peligroso, ya que contrasta con la tensión
universalista del pensamiento democrático.
Existen
muchos aspectos que se pueden reconducir a ese vacío de identidad.
Cito solo uno, porque me parece el más importante: el rápido y
prepotente emerger de la temática de los derechos humanos como única
posible señal de identidad de los pueblos de Occidente. No es una
coincidencia que la Unión Europea se defina en su Constitución como
un sujeto político que existe precisamente para sostener los
derechos humanos; que su sustancia ideológica está en los derechos
humanos, no en la democracia. Quizás es preciso preguntarse de dónde
proceden los derechos humanos, pero me parece que se ha evitado
formular esta cuestión porque existiría el problema, históricamente
irrebatible, de que los derechos humanos nacen en el ámbito de la
cultura y de la civilización judeocristiana. Pero esto no se puede
decir, ya que el judaísmo y el cristianismo son religiones, y se ha
decidido por mayoría que sería inoportuno. Así, según esta lógica,
los derechos humanos existen prescindiendo de todo elemento fundante.
Se bastan a sí mismos: son, de por sí, una identidad.
Habermas ha
hablado muchas veces de “patriotismo constitucional”, para
contraponerlo al “patriotismo de los valores”, fundado sobre valores
de tipo histórico. Me parece que estamos ante algo que se parece al
“patriotismo constitucional”, a una identidad radicada en los
procedimientos. El problema es que los otros protagonistas de la
escena internacional no creen que los derechos humanos sean “procedimentales”.
Piensan, por el contrario, que son fruto de la cultura de Occidente;
con mucha frecuencia, sobre todo en las sedes internacionales, ven
en los derechos humanos un instrumento del imperialismo ideológico
de Occidente.
La
conciencia como pura subjetividad
Joseph
Ratzinger. El puro positivismo de los derechos humanos como tal no
puede ser, en ningún sentido, la última palabra. Tal vez sea
suficiente para una Constitución, pero para nuestro debate cultural
humano, para nuestro encuentro con las demás culturas, es
insuficiente. Este positivismo es, sin embargo, solo la fachada de
un dilema más profundo. Como no existen ya grandes inspiraciones
para nuestros grandes principios éticos, para la dignidad humana, se
llega al positivismo. De hecho, también el “patriotismo
constitucional” de Habermas es positivismo. En nuestro debate dijo
que la Constitución de por sí produce moralidad. Pero eso no es
verdad: tiene necesidad de fuerzas que la precedan. Tenemos que
reencontrar y despertar estas fuerzas.
El
relativismo puede aparecer como algo positivo, en cuanto invita a la
tolerancia, facilita la convivencia entre las culturas, reconocer el
valor de los demás, relativizándose a uno mismo. Pero si se
transforma en un absoluto, se convierte en contradictorio, destruye
el actuar humano y acaba mutilando la razón. Se considera razonable
solo lo que es calculable o demostrable en el sector de las
ciencias, que se convierten así en la única expresión de
racionalidad: lo demás es subjetivo. Si se dejan a la esfera de la
subjetividad las cuestiones humanas esenciales, las grandes
decisiones sobre la vida, la familia, la muerte, sobre la libertad
compartida, entonces ya no hay criterios. Todo hombre puede y debe
actuar solo según su conciencia.
Pero
“conciencia”, en la modernidad, se ha transformado en la
divinización de la subjetividad, mientras que para la tradición
cristiana es lo contrario: la convicción de que el hombre es
transparente y puede sentir en sí mismo la voz de la razón fundante
del mundo. Es urgente superar ese racionalismo unilateral, que
amputa y reduce la razón, y llegar a una concepción más amplia de la
razón, que está creada no solo para poder “hacer” sino para poder
“conocer” las cosas esenciales de la vida humana.
Con
derechos por ser humanos
El profesor
Galli della Loggia ha mencionado la cuestión de si el derecho
natural puede ser una respuesta a este problema. Sabemos bien que el
mundo de hoy está convencido de que no. Para la Iglesia, la visión
de un derecho natural, inscrito en la misma criatura humana, era el
medio para poder dialogar con cuantos no comparten la fe. Ahora,
incluso el concepto de naturaleza se ha reducido a lo puramente
empírico, a lo que se puede observar con la ciencia. Por tanto,
“naturaleza” no indica ya nada de lo que es específicamente humano.
Quizás nos
puede ayudar tener presentes dos hechos de la época moderna con los
que el concepto de derecho natural, que viene de la antigüedad,
renació y se reforzó. El primero fue el descubrimiento de América:
¿estas gentes, que no están bautizadas, tienen derechos o no? ¿Hay
que respetarlos como sujetos de derecho, o al estar fuera de nuestra
esfera no tienen derechos y podemos hacer lo que queramos? Al final,
en medio de muchas dificultades, venció la postura de considerar que
sí tienen un derecho porque son personas humanas, y como tales
tienen el derecho inscrito en su ser humano. Esta no era una
doctrina occidental, sino justamente la defensa de los no
occidentales contra Occidente.
El segundo
hecho fue la división de las confesiones en Europa: había que buscar
entre los Estados la paz no solo jurídica sino también moral. Se
comprendió que, aunque en la fe estábamos divididos, compartimos la
naturaleza humana, que indica comportamientos morales fundamentales.
Pienso que no debería ser tan imposible comprender que no es una
invención católica, sino la respuesta a los desafíos del ser humano:
el reconocimiento de que el hombre, antes de todas las
constituciones, tiene derechos; que el Derecho debe conformarse a
los derechos y no los derechos a la Constitución. Me parece de gran
importancia esta constatación con el fin de volver a ganar un
concepto comprensible y aceptable que pueda ser la plataforma para
una visión ética común.
Llego ahora
al problema de si la tradición cristiana es compatible con el
concepto de libertad desarrollado en la modernidad, en el laicismo.
Pienso que es muy importante superar un malentendido concepto
individualista para el cual solo existe, como portador de libertad,
el sujeto, el individuo. Es un planteamiento equivocado desde el
punto de vista antropológico porque el hombre es un ser finito, un
ser creado para convivir con los demás. En consecuencia, su libertad
debe ser necesariamente una libertad compartida, de modo que se
garantice para todos la libertad. Eso supone la renuncia a la
absolutización del “yo” e implica la existencia del derecho común,
de la autoridad. Es un gran error considerar la autoridad como
enfrentada a la libertad. En realidad, una autoridad bien definida
es la condición de la libertad.
El discurso
público no puede prescindir de la verdad
Ernesto
Galli della Loggia. El cardenal Ratzinger ha citado el antiguo
antagonismo entre iusnaturalismo y positivismo, que está en el
núcleo de la reflexión del liberalismo desde hace dos siglos. Antes
de referirme a ello, quisiera subrayar por qué hoy existe interés
por estas cuestiones, también por parte de quien tiene la etiqueta
de “laico”. Pienso que el vacío de identidad, al que antes me
refería, lleva a considerar el papel constante que el hecho
espiritual ha tenido en la construcción de la identidad de las
culturas y de los pueblos. Incluso un no creyente no puede dejar de
interrogarse sobre cómo el hecho religioso es un trámite fundamental
en la relación con el pasado, que es el corazón de la identidad
histórica de todo pueblo.
También
aquí se pone hoy en discusión el papel de la fe cristiana. Creo que
la poca atención a las raíces cristianas se debe a un hecho
histórico importante ocurrido en los últimos decenios: de todas las
confesiones cristianas, el catolicismo es la única que ha quedado en
pie. Desde el punto de vista teológico y organizativo, todas las
demás prácticamente han desaparecido como fuerzas políticas activas
en la escena del mundo. Mientras el cristianismo se presentaba como
una articulación de confesiones, algunas de ellas históricamente muy
diversas del catolicismo (es más, a veces incluso hostiles), esa
misma variedad de posiciones hacía difícil aislarlo y contrastarlo.
Desde que el catolicismo ha asumido el papel de preeminencia
absoluta, con respecto a las demás confesiones cristianas, han
crecido las manifestaciones de hostilidad hacia él.
Sobre la
contraposición entre iusnaturalismo y positivismo hay que decir que
el liberalismo clásico era iusnaturalista. Pensaba que los derechos
del hombre, la libertad humana, se fundan sobre un elemento natural
que hace al hombre libre. De finales del siglo XIX en adelante se ha
afirmado que la libertad es solo un hecho de derecho positivo: si
hay una ley que establece la libertad, ese es el verdadero origen de
la libertad. Personalmente, me adhiero a la idea del iusnaturalismo
porque es evidente el problema que subyace: si la libertad se apoya
sobre el derecho natural, se apoya sobre algo enormemente más sólido
que la simple decisión de un parlamento, de un poder que lo mismo
que hace una ley puede hacer otra.
Liberales
vs. libertarios
Esta
división [entre iusnaturalismo y positivismo] remite a otra, que hoy
es de importancia primaria dentro del pensamiento liberal y que
tiene mucho que ver con la relación entre pensamiento laico y
religión. En el liberalismo han existido siempre dos libertades,
frecuentemente en contraste: la libertad de los liberales y la
libertad de los libertarios. Para el liberalismo clásico, la
libertad era limitación del Estado y, sobre todo, libertad frente al
arbitrio. Una protección ante el arbitrio que solo la ley,
instrumento que se aplica a todos, puede garantizar. La libertad de
los libertarios está muy bien definida por Jeremy Bentham: “Toda ley
es un mal porque toda ley es una violación de la libertad”.
El problema
es que cuando los liberales pensaban en la libertad de los
individuos, pensaban en la humanidad europea que tenían delante, que
era cristiana. No imaginaban que el progreso de la ciencia dilataría
enormemente las posibilidades de la subjetividad.
Esta
ampliación de la subjetividad ha llegado hasta el punto de que el
individuo es dueño, o casi, de decidir las modalidades de la
generación humana. Es decir, de cuanto era ámbito de la eternidad de
la naturaleza. El hecho de que también esto haya entrado en el
terreno de la disponibilidad del sujeto repropone la cuestión de la
protección ante el arbitrio.
Los viejos
liberales conocían únicamente el arbitrio del poder y del soberano,
pero me pregunto si la voluntad subjetiva no puede presentarse
también con un fuerte carácter arbitrario cuando puede tomar
decisiones como las que permite el progreso científico. Pienso que
no nos podemos limitar a decir: “este campo es complejo, cada uno
tiene su verdad, todas son aceptables siempre que no hagan mal a
nadie, aceptamos el principio de que no es posible definir ninguna
verdad”.
El discurso
público debe estar animado de una tensión hacia la verdad cuando se
trata de las fronteras entre libertad y arbitrio en ciertos temas.
El ideal de una sociedad justa se apoya sobre la idea de que la
verdad está en la justicia y la mentira en la injusticia. Lo que me
sorprende como laico es que, cuando se habla en Italia de la ley de
fecundación asistida, la posición predominante por el lado laico
suele ser la de decir que resulta ocioso interrogarse sobre el bien
y el mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre lo verdadero y lo falso
a propósito de esos temas.
Defensa de
la racionalidad
Joseph
Ratzinger. Hay dos cosas que, en mi opinión, debemos defender como
gran herencia europea. La primera es la racionalidad, que es un don
de Europa al mundo, también querida por el cristianismo. Los Padres
de la Iglesia han visto la prehistoria de la Iglesia no en las
religiones sino en la filosofía. Estaban convencidos de que “semina
verbi” no eran las religiones sino el movimiento de la razón
comenzado con Sócrates, que no se conformaba con la tradición.
Esa
necesidad de salir de la cárcel de una tradición que ya no es válida
abrió las puertas al cristianismo. Tenemos algo que es comunicable y
ante lo cual la razón, que lo estaba esperando, sale al encuentro.
Es comunicable porque pertenece a nuestra naturaleza humana común.
La racionalidad era, por tanto, postulado y condición del
cristianismo y permanece como una herencia europea para
confrontarnos, de modo pacífico y positivo, con el islam y con las
grandes religiones asiáticas.
El segundo
punto de la herencia europea es que esta racionalidad se convierte
en peligrosa y destructiva para la criatura humana si se transforma
en positivista, si reduce los grandes valores de nuestro ser a la
subjetividad. No queremos imponer a nadie una fe que solo se puede
aceptar libremente, pero –como fuerza vivificadora de la
racionalidad de Europa– la fe pertenece a nuestra identidad. Se ha
dicho que no debemos hablar de Dios en la Constitución europea para
no ofender a los musulmanes y a los fieles de otras religiones. La
verdad es exactamente la contraria: lo que ofende a los musulmanes y
a los fieles de otras religiones no es hablar de Dios y de nuestras
raíces cristianas, sino más bien el desprecio de Dios o de lo
sagrado.
Esa actitud
nos separa de las demás culturas, impide una posibilidad de
encuentro: expresa la arrogancia de una razón disminuida, que
provoca reacciones fundamentalistas. Europa debe defender la
racionalidad, y en este punto también los creyentes debemos
agradecer la aportación de los laicos, de la Ilustración, que ha de
permanecer como una espina en nuestra carne. Pero también los laicos
deben aceptar la espina en su carne: la fuerza fundante de la
religión cristiana en Europa.
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Joseph Ratzinger, "Fundamentos espirituales de
Europa", 13.V.04
>>
Conferencia que pronunció el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de
la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la biblioteca del
Senado de la República Italiana, el pasado 13 de mayo sobre los
fundamentos espirituales de Europa.
Europa.
¿Qué es exactamente? Esta pregunta de siempre, fue planteada
expresamente por el cardenal Józef Glemp en uno de los círculos
lingüísticos del Sínodo de obispos sobre Europa: ¿dónde comienza,
dónde termina Europa? ¿Por qué, por ejemplo, Siberia no pertenece a
Europa aunque también la habitan europeos, que tienen un modo de
pensar y de vivir completamente europeo? ¿Dónde se pierden las
fronteras de Europa en el sur de la comunidad de los pueblos de
Rusia? ¿Dónde está su límite en el Atlántico? ¿Qué islas pertenecen
a Europa, y cuáles, en cambio, no? Y, ¿por qué? En estos encuentros
se manifiesta claramente que sólo de modo secundario Europa es un
concepto geográfico. Europa no es un continente netamente
determinado en términos geográficos, sino más bien es un concepto
cultural e histórico.
1. El
surgimiento de Europa
Esto se
percibe con bastante evidencia si intentamos remontarnos a los
orígenes de Europa. Quien habla del origen de Europa, cita
normalmente a Heródoto (484-425 a.C. aproximadamente), quien, de
hecho, es el primero en definir Europa como concepto geográfico; y
lo hace así: «Los persas consideran Asia como su propiedad y los
pueblos bárbaros que habitan en ella, mientras estiman que Europa y
el mundo griego es un país distinto». No hace referencia a las
fronteras de Europa, pero está claro que tierras que hoy son el
núcleo de Europa estaban completamente fuera del campo visual del
historiador antiguo.
De hecho,
con la formación de los estados helenísticos y del imperio romano,
se había formado un continente que se transformó en la base de la
sucesiva Europa, pero que tenía otras fronteras: eran las tierras
alrededor del Mediterráneo, que gracias a sus vínculos culturales,
gracias al tráfico y al comercio, gracias al sistema político común,
formaban un verdadero y particular continente.
Sólo el
avance triunfal del Islam en el siglo VII y al inicio del siglo VIII
trazó una frontera a lo largo del Mediterráneo; por así decirlo, la
partió en dos, de tal manera que todo lo que hasta entonces era un
continente se subdividía ahora en tres continentes: Asia, África y
Europa.
En oriente,
la transformación del mundo antiguo se realizó más lentamente que en
occidente: el imperio romano, con Constantinopla como punto central,
resistió hasta el siglo XV, aunque fue quedando cada vez más al
margen. Mientras tanto, en torno al año 700, la parte meridional del
Mediterráneo queda completamente fuera de lo que hasta ese entonces
era un continente cultural. Al mismo tiempo se lleva a cabo una
mayor extensión hacia el norte. El límite, que hasta entonces había
sido un confín continental, desaparece y se abre hacia un nuevo
espacio histórico que ahora abrazaría Galia, Germania, Bretaña como
tierras-núcleo propiamente dichas, y se extiende cada vez más hacia
Escandinavia.
En este
proceso de cambio de los confines, la continuidad ideal con el
precedente continente mediterráneo, medido geográficamente de un
modo nuevo, tiene como garantía un modelo de teología de la
historia: partiendo del libro de Daniel, se consideraba al Imperio
Romano renovado y transformado por la fe cristiana como el último y
permanente reino de la historia del mundo en general y, por tanto,
se definía la trabazón de pueblos y estados que estaba en vías de
formación como el permanente «Sacrum Imperium Romanum».
Este
proceso de una nueva identificación histórica y cultural se realizó
de manera totalmente consciente bajo el reino de Carlomagno. Aquí
surge nuevamente el antiguo nombre de Europa, con un significado
diverso: este vocablo se utilizaba incluso como definición del reino
de Carlomagno, y expresaba, al mismo tiempo, la consciencia de la
continuidad y de la novedad con que la nueva trabazón de estados se
presentaba: como una fuerza con futuro. Con futuro porque se
concebía en continuidad con lo que había sido la historia del mundo
hasta entonces y anclada últimamente en lo que permanece para
siempre.
Esta
autocomprensión que se estaba formando se expresa al mismo tiempo en
la consciencia de la definitividad, así como la de una misión.
Es verdad
que el concepto de Europa casi desaparece nuevamente después del fin
del reino carolingio y se conserva solamente en el lenguaje de los
doctos; en el lenguaje popular sólo se usa al inicio de la época
moderna --aunque en relación con el peligro de los Turcos, como
modalidad de autoidentificación--, para imponerse en general en el
siglo XVIII. Independientemente de esta historia del término, la
constitución del reino de los francos como el imperio romano jamás
desaparecido y entonces renacido, significa, de hecho, el paso
decisivo hacia lo que nosotros entendemos hoy cuando hablamos de
Europa.
Ciertamente
no podemos olvidar que hay también una segunda raíz de la Europa, de
una Europa no occidental: el imperio romano de hecho, como ya he
mencionado, había resistido en Bizancio contra las tempestades de la
migración de los pueblos y de la invasión islámica. Bizancio se
percibía a sí misma como la verdadera Roma; es un hecho que aquí el
imperio no había decaído jamás, razón por la cual seguía
reivindicando la otra mitad del imperio, la occidental.
También
este imperio romano de oriente se extendió ulteriormente hacia el
norte, abarcando al mundo eslavo, y se creó un mundo propio,
greco-romano, que se diferencia respecto a la Europa latina del
occidente en virtud de la diversidad de su liturgia, de una
constitución eclesiástica diferente, de una escritura diversa, y en
virtud de la renuncia al latín como lengua común enseñada.
Ciertamente
hay también suficientes elementos unificadores, que pueden hacer de
los dos mundos un único, común continente: en primer lugar, la
herencia común de la Biblia y de la Iglesia antigua, que, por otra
parte, en ambos mundos hace referencia a una realidad que está más
allá de sí misma, hacia un origen que ahora se encuentra fuera de
Europa, es decir, en Palestina; en segundo lugar, la misma idea
común de Imperio, la común comprensión de fondo de la Iglesia y, por
tanto, también la comunión en las ideas fundamentales del derecho y
de los instrumentos jurídicos; por último, yo mencionaría también el
monaquismo, que en los grandes movimientos de la historia se ha
mantenido como el vehículo esencial, no sólo de la continuidad
cultural, sino, sobre todo, de los valores fundamentales religiosos
y morales, de las orientaciones últimas del hombre, y en cuanto
fuerza pre-política y super-política se transformó en el vehículo de
los renacimientos siempre necesarios.
Entre las
dos Europas, a pesar de la común y esencial herencia eclesial, hay
sin embargo una profunda diferencia, cuya importancia ha quedado
subrayada especialmente por Endre von Ivanka: en Bizancio, Imperio e
Iglesia aparecen casi identificados el uno con el otro; el emperador
también es el jefe de la Iglesia. Él se considera a sí mismo como
representante de Cristo, y en unión con la figura de Melquisedec,
que era al mismo tiempo rey y sacerdote (Gén 14 18), lleva desde el
siglo VI el título oficial de «rey y sacerdote». Dado que a partir
de Constantino el emperador había escapado de Roma, en la antigua
capital del imperio pudo desarrollarse la posición autónoma del
obispo de Roma, como sucesor de Pedro y pastor supremo de la
Iglesia; aquí ya desde el inicio de la era constantiniana se enseñó
una dualidad de potestad: emperador y papa tienen de hecho
potestades separadas, ninguno dispone de la totalidad. El papa
Gelasio I (492-496) formuló la visión de occidente en su famosa
carta al emperador Anastasio y, todavía más claramente, en su cuarto
tratado, donde ante la tipología bizantina de Melquisedec subraya
que la unidad de las potestades está exclusivamente en Cristo: «él,
de hecho, a causa de la debilidad humana (¡soberbia!) Ha separado
para los tiempos sucesivos los dos ministerios de manera que ninguno
se ensoberbezca» (c. 11). Para las cosas de la vida eterna los
emperadores cristianos tienen necesidad de los sacerdotes
(pontífices) y éstos, a su vez, se atienen para el curso temporal de
las cosas, a las disposiciones imperiales. Los sacerdotes deben
seguir en las cosas mundanas las leyes del emperador, puesto por
querer divino, mientras éste debe someterse en las cosas divinas al
sacerdote. Con esto se introdujo la separación y distinción de las
potestades, que fue de máxima importancia para el desarrollo
sucesivo de Europa, y que, por así decirlo, puso los fundamentos de
lo que es propiamente típico de Occidente.
Ya que de
ambas partes, ante tales delimitaciones, siempre permaneció vivo el
impulso a la totalidad, la codicia de imponer el poder propio sobre
el del otro, este principio de separación se convirtió también en
fuente de sufrimientos infinitos. La manera en que se debe vivir
correctamente y concretar política y religiosamente este principio
sigue siendo un problema fundamental, incluso para la Europa de hoy
y de mañana.
2. El
viraje hacia la época moderna
Si a partir
de cuanto he dicho hasta ahora podemos considerar el surgimiento del
imperio carolingio de una parte, y la continuación del imperio
romano en Bizancio y su misión hacia los pueblos eslavos por otra,
como el verdadero y propio nacimiento del continente Europa, el
inicio de la época moderna significa para ambas Europas un viraje,
un cambio radical que concierne tanto a la esencia de este
continente como a sus contornos geográficos.
En 1453
Constantinopla fue conquistada por los turcos. O. Hiltbrunner
comenta este acontecimiento de manera lacónica: «los últimos...
doctos emigraron... hacia Italia y transmitieron a los humanistas
del Renacimiento el conocimiento de los textos originales griegos;
sin embargo, oriente se hundió en la ausencia de cultura». Esta
afirmación puede ser un poco burda, ya que, de hecho, también el
reino de la dinastía de los Osman tenía su cultura; pero es cierto
que la cultura greco-cristiana europea de Bizancio tuvo su fin con
esta invasión. De este modo, una de las dos alas de Europa estuvo a
punto de desaparecer, pero la herencia bizantina no estaba muerta:
Moscú se declara a sí misma como la tercera Roma, funda entonces un
propio patriarcado sobre la base de la idea de una segunda «translatio
imperii» y se presenta, por tanto, como una nueva metamorfosis del «Sacrum
Imperium » --como una forma propia de Europa, que, sin embargo,
permaneció unida con occidente y se orientó cada vez más hacia él,
hasta el punto de que Pedro el Grande intentó convertirla en un país
occidental--. Este movimiento hacia el norte de la Europa bizantina
implicó también un amplio movimiento hacia oriente de las fronteras
del continente. El establecimiento de los Urales como frontera es
sumamente arbitrario. De cualquier forma, el mundo que quedaba a su
oriente se convirtió cada vez más en una especie de subestructura de
Europa --ni Asia ni Europa--; esencialmente forjado por Europa, pero
sin participar de su carácter de sujeto: objeto, pero no vehículo de
su historia. Quizás con esto se define la esencia de un estado
colonial.
Por tanto,
al inicio de la época moderna, podemos hablar, en la Europa
bizantina, no occidental, de un doble acontecimiento: por una parte
se da la disolución del antiguo Bizancio con su continuidad
histórica en relación con el Imperio Romano; por otra parte, esta
segunda Europa obtuvo con Moscú un nuevo centro y amplió sus
confines hacia oriente, para erigir en Siberia una especie de pre-estructura
colonial.
Contemporáneamente, también podemos constatar en occidente un doble
proceso con un significado histórico notable. Gran parte del mundo
germánico se separa de Roma; surge una nueva forma iluminada de
cristianismo, de modo que, por medio de occidente, se crea a partir
de entonces una línea de separación que forma también claramente una
frontera cultural, un confín entre dos diversos modos de pensar y
relacionarse. Ciertamente, también dentro del mundo protestante hay
una fractura: en primer lugar entre luteranos y reformados, a los
cuales se asocian los metodistas y presbiterianos, mientras la
Iglesia anglicana busca formar un camino intermedio entre católicos
y evangélicos; a esto se añade también la diferencia entre el
cristianismo bajo la forma de una iglesia de Estado, que llega a ser
un distintivo de Europa, e iglesias libres, que encuentran su
espacio de refugio en Norteamérica, tema éste del que debemos volver
a hablar.
Pongamos
atención, en primer lugar, al segundo acontecimiento, que
caracteriza esencialmente la situación de la época moderna,
diferenciándola de la que era la Europa latina: el descubrimiento de
América. A la extensión de Europa hacia el este, gracias a la
progresiva extensión de Rusia hacia Asia, corresponde la radical
salida de Europa más allá de sus confines geográficos hacia el mundo
que está más allá del océano, que ahora se llama América. La
subdivisión de Europa en una mitad latino-católica y una mitad
germánico-protestante se transfirió y repercutió sobre esta parte de
tierra ocupada por Europa. También América fue al inicio una Europa
ampliada, una colonia, pero ella también se crea
--contemporáneamente a la agitación europea provocada por la
Revolución Francesa-- su propio carácter de sujeto: desde el siglo
XIX en adelante, aunque forjada en sus aspectos profundos por su
nacimiento europeo, América se presenta ante Europa como un sujeto
propio.
En este
intento de conocer la identidad más profunda e interior de Europa a
través de una mirada histórica, hemos tomado en consideración dos
virajes históricos fundamentales: el primero es la disolución del
viejo continente mediterráneo, por obra del continente del «Sacrum
Imperium», colocado más hacia el norte, en el que se forma Europa a
partir de la época carolingia como mundo occidental-latino, junto a
éste está la continuación de la vieja Roma en Bizancio, con su
extensión hacia el mundo eslavo. Como segundo paso, hemos observado
la caída de Bizancio y, por una parte, el consiguiente traslado
hacia el norte y hacia el este de la idea cristiana de imperio de
una parte de Europa, y, por otra parte, la división interna de
Europa en un mundo germánico-protestante y un mundo latino-católico.
Además de esto, se encuentra la expansión hacia América, a la que se
trasfiere esta división y que, al final, se constituye como un
sujeto histórico propio que está ante Europa.
Ahora
debemos considerar un tercer viraje, cuyo faro más visible lo
constituye la Revolución francesa. Es verdad que el «Sacrum Imperium»
como realidad política se estaba disolviendo desde el final de la
Edad Media y se había vuelto cada vez más frágil, incluso como
válida e indiscutible interpretación de la historia; pero sólo
entonces este marco espiritual se fragmenta también formalmente,
este marco espiritual sin el cual Europa no habría podido formarse.
Es un proceso de considerable importancia, tanto desde el punto de
vista político como ideal. Desde el punto de vista ideal, esto
significa que se rechaza el fundamento sacro de la historia y de la
existencia estatal: la historia ya no se mide de acuerdo con una
idea de Dios precedente a ella y que le da forma; el Estado es
considerado, a partir de entonces, en términos puramente seculares,
fundado en la racionalidad y en la voluntad de los ciudadanos.
Por primera
vez en absoluto surge en la historia el Estado puramente secular,
que abandona y deja a un lado la garantía divina y la normativa
divina del elemento político, considerándolo como una visión
mitológica del mundo y declara al mismo Dios como una cuestión
privada, que no es parte de la vida pública y de la formación de la
voluntad común. Ésta es concebida únicamente como un asunto de la
razón, para la cual Dios no aparece claramente cognoscible: religión
y fe en Dios pertenecen al ámbito del sentimiento, no al de la
razón. Dios y su voluntad cesan de ser relevantes en la vida
pública.
De este
modo surge, con el fin del siglo XVIII y el inicio del siglo XIX, un
nuevo tipo de cisma, cuya gravedad percibimos cada vez más
netamente. En alemán, este proceso no tiene ningún término, ya que
se ha desarrollado más lentamente. En las lenguas latinas es
caracterizado como división entre cristianos y laicos. En los
últimos dos siglos esta laceración ha penetrado en las naciones
latinas como una fractura profunda, mientras el cristianismo
protestante, al inicio, tuvo una vida fácil al conceder dentro de sí
espacio a las ideas liberales e ilustradas, sin destruir el marco de
un amplio consenso cristiano.
El aspecto
de política realista de la disolución de la antigua idea de imperio
consiste en esto: las naciones, los estados, que son identificables
como tales gracias a la formación de ámbitos lingüísticos unitarios,
aparecen definitivamente como los únicos y verdaderos portadores de
la historia, y, por tanto, obtienen un rango que antes no les
correspondía.
El
dramatismo explosivo de este sujeto histórico, plural, se muestra en
el hecho de que las grandes naciones europeas se consideraban
depositarias de una misión universal, que necesariamente debía
llevar a conflictos entre ellas, cuyo impacto mortal lo hemos
experimentado dolorosamente en el siglo recién pasado.
3. La
universalización de la cultura europea y su crisis
Finalmente
debemos considerar un proceso ulterior, con el cual la historia de
los últimos siglos avanza claramente hacia un mundo nuevo. Si la
vieja Europa precedente a la época moderna, en sus dos mitades había
conocido esencialmente sólo un adversario, con el cual debía
confrontarse para la vida y para la muerte, es decir, el mundo
islámico; si el viraje de la época moderna había llevado a la
extensión hacia América y hacia partes de Asia sin grandes sujetos
culturales propios, ahora tiene lugar la salida hacia los dos
continentes hasta ahora tocados sólo marginalmente: África y Asia,
que trataron de transformarse en sucursales de Europa, en colonias.
Hasta cierto punto, esto también se logró, pues ahora también Asia y
África siguen el ideal del mundo forjado por la técnica y el
bienestar, de tal modo que también allí las antiguas tradiciones
religiosas entran en crisis y estratos de pensamiento puramente
secular dominan siempre más la vida pública.
Pero hay
también un efecto contrario: el renacimiento del Islam no está
solamente unido a la nueva riqueza material de los países islámicos,
sino que también se alimenta por la conciencia de que el Islam es
capaz de ofrecer una base espiritual válida para la vida de los
pueblos, una base que parece haberse escapado de la mano de la vieja
Europa, que, no obstante su duradera potencia política y económica,
se ve, cada vez más, como condenada al declino y al obscurecimiento.
Las grandes
tradiciones religiosas de Asia, sobre todo su componente mística,
que encuentra expresión en el budismo, se elevan también como
potencias espirituales contra una Europa que reniega de sus
fundamentos religiosos y morales. El optimismo acerca de la victoria
del elemento europeo, que Arnold Toynbee podía sostener todavía al
inicio de los años sesenta, aparece hoy extrañamente superado: «de
28 culturas que nosotros hemos identificado... 18 están muertas y
nueve de las restantes; de hecho, todas menos la nuestra muestran
que están golpeadas de muerte».
¿Quién
repetiría hoy todavía las mismas palabras? Y, en general, ¿qué es
nuestra cultura, la que todavía permanece? La cultura europea, ¿es
quizás la civilización de la técnica y del comercio difundida
victoriosamente por el mundo entero? ¿O no es esta civilización más
bien la nacida de manera post-europea por el fin de las antiguas
culturas europeas?
Yo veo aquí
una sincronía paradójica: con la victoria del mundo técnico-secular
post-europeo, con la universalización de su modelo de vida y de su
manera de pensar, se da en todo el mundo --especialmente en los
mundos estrictamente no-europeos de Asia y África-- la impresión de
que el mundo de valores de Europa, su cultura y su fe, aquello sobre
lo que se basa su identidad, ha llegado al final y esté saliendo del
escenario; da la impresión de que ha llegado la hora de los sistemas
de valores de otros mundos, de la América precolombina, del Islam,
de la mística asiática.
Europa,
justo en esta hora de su máximo éxito, parece haberse vaciado por
dentro, paralizada en cierto sentido por una crisis de su sistema
circulatorio, una crisis que pone en riesgo su vida, dependiendo por
así decirlo, de trasplantes, que sin embargo no pueden eliminar su
identidad. A esta disminución interior de las fuerzas espirituales
importantes corresponde el hecho de que también étnicamente Europa
parece que recorre el camino de la desaparición.
Hay una
extraña falta de deseo de futuro. Los hijos, que son el futuro, son
vistos como una amenaza para el presente; se piensa que nos quitan
algo de nuestra vida. No se les experimenta como una esperanza, sino
como un límite para el presente. Se impone la comparación con el
Imperio Romano en declive: funcionaba todavía como gran armazón
histórico, pero en la práctica vivía ya de quienes debían
disolverlo, porque a él mismo ya no le quedaba ninguna energía
vital.
Con esto
hemos llegado a los problemas del presente. En cuanto al posible
futuro de Europa hay dos diagnósticos contrapuestos.
Por una
parte, está la tesis de Oswald Spengler, quien creía poder fijar una
especie de ley natural para las grandes expresiones culturales:
existe un momento de nacimiento, crecimiento gradual, florecimiento,
lento entorpecimiento, envejecimiento y muerte. Spengler enriquece
su tesis --de modo impresionante--, con documentación entresacada de
la historia de las culturas, documentación en la que se puede
entrever esta ley del decurso natural. Su tesis era que Occidente ha
alcanzado su época final, que este continente cultural está
corriendo inexorablemente al encuentro con la muerte, a pesar de
todos los intentos de rechazarla. Naturalmente, Europa puede
transmitir sus dones a una nueva cultura emergente, como ya ha
sucedido en los precedentes ocasos de una cultura, pero como sujeto,
ella tiene ya su tiempo de vida a las espaldas.
Esta tesis
--definida como «biologista»-- ha encontrado opositores apasionados
en el tiempo de entreguerras, especialmente en el ámbito católico;
Arnold Toynbee se opuso a ella de manera impresionante, aunque con
postulados que encuentran actualmente poca resonancia. Toynbee
muestra la diferencia entre progreso técnico-material de una parte y
progreso real de otra. Define este último como espiritualización.
Admite que Occidente --el mundo occidental-- se encuentra en una
crisis, y su causa sería el hecho de que se ha pasado de la religión
al culto a la técnica, a la nación, al militarismo. La crisis, para
él, significa al final secularismo.
Si se
conoce la causa de la crisis, se puede indicar también el camino
hacia la curación: se debe introducir nuevamente el factor
religioso, del que forma parte, según él, la herencia religiosa de
todas las culturas, pero, especialmente, lo «que ha quedado del
cristianismo occidental». Aquí se contrapone a la visión «biologista»
una visión «voluntarista», que apunta a la fuerza de las minorías
creativas y a las personalidades singulares y excepcionales.
La pregunta
que se plantea es: ¿es justo este diagnóstico? Y si lo es, ¿está en
nuestras manos introducir nuevamente el momento religioso, en una
síntesis de cristianismo residual y herencia religiosa de la
humanidad? En todo caso, la cuestión entre Spengler y Toynbee
permanece abierta porque no podemos ver el futuro. Pero
independientemente de todo eso, se impone la tarea de preguntarnos
qué es lo que puede garantizar el futuro y mantener viva la
identidad interior de Europa a través de todas las metamorfosis
históricas. O más simplemente: qué podría ofrecer --tanto para hoy
como mañana-- la dignidad humana y una existencia conforme a ella.
Para
encontrar una respuesta debemos echar de nuevo un vistazo a nuestro
presente teniendo en cuenta sus raíces históricas. Anteriormente nos
habíamos detenido en la Revolución Francesa y en el siglo XIX.
Durante este tiempo se han desarrollado sobre todo dos nuevos
modelos europeos. En las naciones latinas el modelo laicista: un
Estado netamente separado de los organismos religiosos, que son
relegados al ámbito privado. El mismo Estado rechaza cualquier
fundamento religioso y se sabe fundado solamente sobre la razón y
sus intuiciones. Frente a la flaqueza de la razón, estos sistemas se
han revelado frágiles y se convierten con facilidad en víctimas de
las dictaduras; sobreviven, propiamente, sólo porque partes de la
vieja conciencia moral continúan subsistiendo aun sin los
fundamentos precedentes, permitiendo así un consenso moral básico.
Por otra parte, en el mundo germánico, existen de manera
diferenciada los modelos de Iglesia de Estado del protestantismo
liberal. En ellos una religión cristiana iluminada, esencialmente
concebida como moral ..y con formas de culto resguardadas por el
Estado-- garantiza un consenso moral y un fundamento religioso
amplio, al que cada religión que no es del Estado debe adecuarse.
Este modelo en Gran Bretaña, en los estados escandinavos y en un
primer momento en la Alemania dominada por los prusianos aseguró
durante mucho tiempo una cohesión estatal y social. En Alemania, sin
embargo, la caída del cristianismo de Estado prusiano creó un vacío,
que después se ofreció igualmente como vacío para el surgimiento de
una dictadura. Hoy en día, las iglesias de Estado han caído en todas
partes, víctimas del desgaste: de cuerpos religiosos que son
derivaciones del Estado ya no proviene ninguna fuerza moral, y el
mismo Estado no puede crear una fuerza moral, sino que la debe
presuponer para después construir sobre ella.
Entre estos
dos modelos se colocan los Estados Unidos de Norteamérica, que por
una parte --formados sobre la base de las iglesias libres-- parten
de un rígido dogma de separación y por otra parte --más allá de las
denominaciones individuales--, se caracterizan por un consenso de
fondo cristiano-protestante no forjado en términos confesionales.
Consenso que se vinculaba a una particular conciencia de la misión
de tipo religioso frente al resto del mundo. De este nodo, daba al
factor religioso un significativo peso público, que en cuanto fuerza
pre-política y supra-política podía ser determinante para la vida
política. Ciertamente no se puede esconder que también en los
Estados Unidos la disolución de la herencia cristiana avanza
incesantemente, mientras que al mismo tiempo el rápido aumento del
elemento hispánico y la presencia de tradiciones religiosas
provenientes de todo el mundo cambian el panorama. Se podría
observar también que los Estados Unidos promueven ampliamente la
protestantización de América Latina y, de ese modo, la disolución de
la Iglesia católica a través de la formación de iglesias libres.
Todo ello porque tienen la convicción de que la Iglesia católica no
puede asegurar un sistema político y económico estable, ya que
fracasa como educadora de las naciones. En cambio, esperan que el
modelo de las iglesias libres haga posible un consenso moral y una
formación democrática de la voluntad pública, similares a aquellos
característicos de los Estados Unidos. Para complicar todavía más el
panorama, se debe admitir que actualmente la Iglesia católica forma
la comunidad religiosa más grande de los Estados Unidos. Esta
Iglesia, en su vida de fe, está decididamente del lado de la
identidad católica. Sin embargo, los católicos, por lo que se
refiere a la relación entre Iglesia y política han recibido las
tradiciones de las iglesias libres, es decir, que una Iglesia que no
se confunda con el Estado garantiza mejor los fundamentos morales
del todo, de forma que la promoción del ideal democrático aparece
como un deber moral profundamente conforme a la fe. En una posición
similar, se puede ver una continuación, adecuada a los tiempos, del
modelo del Papa Gelasio, del que se ha hablado anteriormente.
Regresemos
a Europa. A los dos modelos de los que he hablado anteriormente se
le añadió en el siglo XIX, un tercero: el socialismo, que
rápidamente se subdividió en dos vías diversas: la totalitaria y la
democrática.
El
socialismo democrático fue capaz, desde el inicio, de integrarse
dentro de los dos modelos existentes, como un sano contrapeso frente
a las posiciones liberales radicales, enriqueciéndolas y
corrigiéndolas. Esto se reveló como algo que iba más allá de las
confesiones: en Inglaterra era el partido de los católicos, que no
podían sentirse a gusto ni en el campo protestante-conservador, ni
en el liberal. También, en la Alemania guillermina el centro
católico podía sentirse más cercano al socialismo democrático que a
las fuerzas conservadoras rígidamente prusianas y protestantes. En
muchos aspectos el socialismo democrático estaba y está cerca de la
doctrina social católica; en todo caso, ha contribuido
considerablemente a la formación de una conciencia social.
Sin
embargo, el modelo totalitario se vinculaba a una filosofía de la
historia rígidamente materialista y atea: la historia se comprende
deterministamente como un proceso de progreso que pasa a través de
la fase religiosa y de la liberal para alcanzar la sociedad absoluta
y definitiva, en la que la religión, como residuo del pasado, se
supera y el funcionamiento de las condiciones materiales puede
garantizar la felicidad de todos. El aparente carácter científico
esconde un dogmatismo intolerante: el espíritu es producto de la
materia; la moral es producto de las circunstancias y debe definirse
y practicarse de acuerdo con los objetivos de la sociedad; todo lo
que sirve para favorecer la llegada de un Estado final feliz es
moral. La inversión de los valores que habían construido Europa es
completa. Aún más, se da una fractura frente a la tradición moral de
toda la humanidad: ya no hay valores independientes de los objetivos
del progreso; en un momento dado todo puede permitirse e incluso
resultar necesario, puede ser moral en el sentido nuevo del término.
Incluso el hombre puede llegar a ser un instrumento; no cuenta el
individuo. Sólo el futuro llega a ser la terrible divinidad que
dispone de todos y de todo.
Los
sistemas comunistas, mientras tanto, han naufragado sobre todo por
su falso dogmatismo económico. Pero se olvida demasiado fácilmente
el hecho de que han naufragado sobre todo por su desprecio de los
derechos humanos, por su subordinación de la moral a las exigencias
del sistema y a sus promesas de futuro. La verdadera y propia
catástrofe que han dejado a sus espaldas no es de naturaleza
económica; consiste en el desecamiento de las almas, en la
destrucción de la conciencia moral. Veo esto como un problema
esencial del momento actual para Europa y para el mundo: nadie
cuestiona el naufragio económico, y por eso sin dudarlo los
ex-comunistas se han vuelto liberales en economía. Sin embargo, la
problemática moral y religiosa, el problema de fondo, es casi
totalmente removida de la consideración.
La
problemática dejada tras de sí por el marxismo continúa existiendo
hoy: la disolución de las certezas primordiales del hombre sobre
Dios, sobre sí mismo y sobre el universo. Esta disolución de la
conciencia de los valores morales intangibles es precisamente ahora
nuestro problema y puede conducir a la autodestrucción de la
conciencia europea que debemos comenzar a considerar
--independientemente de la visión del ocaso de Spengler-- como un
peligro real.
4. ¿En qué
punto estamos hoy?
Así nos
encontramos ante la cuestión: ¿cómo deberían continuar las cosas? En
los violentos trastornos de nuestro tiempo, ¿hay una identidad de
Europa que puede tener un futuro y por la cual podamos
comprometernos con todo nuestro ser? No estoy preparado para entrar
en una discusión detallada sobre la futura Constitución europea.
Sólo quisiera indicar brevemente los elementos morales fundamentales
que, en mi opinión, no deberían faltar.
Un primer
elemento es el carácter incondicional con que la dignidad humana y
los derechos humanos deben presentarse como valores que preceden a
cualquier jurisdicción estatal. Estos derechos fundamentales no son
creados por el legislador ni son conferidos a los ciudadanos, «sino
más bien existen por derecho propio, siempre han de ser respetados
por el legislador, a quien le son dados previamente como valores de
orden superior». Esta validez de la dignidad humana previa a
cualquier actuar político y a toda decisión política nos remite al
Creador: sólo Él puede establecer valores que se fundan en la
esencia del hombre y que son intangibles. Que existan valores que no
son manipulables por nadie es la garantía verdadera y propia de
nuestra libertad y de la grandeza humana; la fe cristiana ve en esto
el misterio del Creador y de la condición de imagen de Dios que Él
ha conferido al hombre.
Ahora bien,
hoy en día casi nadie negará directamente la preeminencia de la
dignidad humana y de los derechos humanos fundamentales respecto a
toda decisión política; son aún demasiado recientes los horrores del
nazismo y de su teoría racista. Pero en el ámbito concreto del así
llamado progreso de la medicina, hay amenazas muy reales para estos
valores: sea que pensemos en la clonación, sea que pensemos en la
conservación de fetos humanos para la investigación y donación de
órganos, sea que pensemos en todo el ámbito de la manipulación
genética -la lenta consunción de la dignidad humana que aquí nos
amenaza no puede ser desconocida por nadie. A esto se añaden, de
manera creciente, el tráfico de personas humanas, las nuevas formas
de esclavitud, el negocio del tráfico de órganos humanos para
trasplantes. Siempre se aducen finalidades buenas, para justificar
lo injustificable. En estos sectores, hay algunos puntos firmes en
la Carta de los derechos fundamentales de los que podemos
alegrarnos, pero en puntos importantes resulta demasiado vaga,
mientras que es propiamente en estos puntos donde se arriesga la
seriedad del principio que está en juego.
Resumiendo:
fijar por escrito el valor y la dignidad del hombre, la libertad,
igualdad y solidaridad con las afirmaciones de fondo de la
democracia y del estado de derecho, implica una imagen del hombre,
una opción moral y una idea de derecho que no son para nada obvias,
pero que de hecho son factores fundamentales de identidad de Europa.
Estos principios deberían garantizarse, también, en sus
consecuencias concretas y sólo se pueden defender si se forma
siempre nuevamente una conciencia moral correspondiente.
Un segundo
punto en donde aparece la identidad europea es el matrimonio y la
familia. El matrimonio monógamo, como estructura fundamental de la
relación entre hombre y mujer y, al mismo tiempo, como célula en la
formación de la comunidad estatal, se ha forjado a partir de la fe
bíblica. Éste dio a Europa, tanto a la occidental como a la
oriental, su rostro particular y su particular humanidad, también y
precisamente porque la forma de fidelidad y de renuncia delineada en
ella siempre debió conquistarse nuevamente, con muchas fatigas y
sufrimientos. Europa no sería Europa, si esta célula fundamental de
su edificio social desapareciese o se cambiase algo de su esencia.
La Carta de los derechos fundamentales habla de derecho al
matrimonio, pero no expresa ninguna protección jurídica y moral
específica para él, y ni siquiera lo define de forma más precisa.
Todos sabemos cuán amenazados están el matrimonio y la familia tanto
mediante el vaciamiento de su indisolubilidad a través de formas
cada vez más fáciles de divorcio, como por un nuevo comportamiento
que va difundiéndose cada vez más: la convivencia de hombre y mujer
sin la forma jurídica del matrimonio. En notable contraste con todo
esto, existe la petición de comunión de vida de los homosexuales,
quienes ahora paradójicamente exigen una forma jurídica, que debe
equipararse más o menos al matrimonio. Con esta tendencia se sale
del complejo de la historia moral de la humanidad, que a pesar de
toda la diversidad de formas jurídicas del matrimonio, sabía siempre
que éste, según su esencia, es la particular comunión de hombre y
mujer, que se abre a los hijos y así a la familia. No se trata de
discriminación, sino de la pregunta sobre qué es la persona humana
en cuanto hombre y mujer y cómo la convivencia de hombre y mujer
puede formalizarse jurídicamente. Si, por una parte, su convivencia
se separa cada vez más de las formas jurídicas, si, por otra parte,
se ve la unión homosexual como participante del mismo rango del
matrimonio, entonces estamos ante una disolución de la imagen del
hombre, cuyas consecuencias sólo pueden ser extremadamente graves.
Mi último
punto es la cuestión religiosa. No quisiera entrar aquí en las
complejas discusiones de los últimos años, sino poner de relieve
sólo un aspecto fundamental para todas las culturas: el respeto de a
lo que es sagrado para otra persona, y particularmente el respeto
por lo sagrado en el sentido más alto, por Dios. Es lícito suponer
que se pueden encontrar este respeto en quien no está dispuesto a
creer en Dios. Donde se quebrante este respeto, se pierde algo
esencial en la sociedad. En la sociedad actual, gracias a Dios, se
multa a quien deshonra la fe de Israel, su imagen de Dios, sus
grandes figuras. Se multa también a quien vilipendia el Corán y las
convicciones de fondo del Islam. Sin embargo, cuando se trata de
Cristo y de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de
opinión aparece como el bien supremo, cuya limitación resulta una
amenaza o incluso una destrucción de la tolerancia y la libertad en
general. Sin embargo, la libertad de opinión tiene su límite en que
no puede destruir el honor y la dignidad del otro; no hay libertad
para mentir o para destruir los derechos humanos.
Occidente
siente un odio por sí mismo que es extraño y que sólo puede
considerarse como algo patológico; occidente sí intenta
laudablemente abrirse, lleno de comprensión a valores externos, pero
ya no se ama a sí mismo; sólo ve de su propia historia lo que es
censurable y destructivo, al tiempo que no es capaz de percibir lo
que es grande y puro. Europa necesita de una nueva --ciertamente
crítica y humilde-- aceptación de sí misma, si quiere verdaderamente
sobrevivir. A veces, la multiculturalidad, que se estimula y
favorece continua y apasionadamente, se transforma en abandono y
negación de lo que le es propio, una fuga de las cosas propias. Pero
la multiculturalidad no puede subsistir sin constantes en común, sin
puntos de referencia a partir de valores propios. Seguramente no
puede subsistir sin respeto de lo que es sagrado. De ella forma
parte el andar al encuentro con respeto a los elementos sagrados del
otro, pero esto podemos hacerlo sólo si lo sagrado, Dios, no nos es
extraño a nosotros mismos. Ciertamente, podemos y debemos aprender
de lo que es sagrado para los demás, pero justamente ante los demás
y por los demás, es deber nuestro nutrir en nosotros mismos el
respeto ante lo que es sagrado y mostrar el rostro de Dios que se
nos ha aparecido --del Dios que tiene compasión de los pobres y de
los débiles, de las viudas y de los huérfanos, del extranjero; del
Dios que hasta tal punto es humano que él mismo se ha hecho hombre,
un hombre sufriente, que sufriendo junto a nosotros da dignidad y
esperanza al dolor.
Si no
hacemos esto, no sólo renegamos de la identidad de Europa, sino que
se desvanece un servicio a los demás al que ellos tienen derecho.
Para las culturas del mundo, la profanidad absoluta que se ha ido
formando en Occidente es algo profundamente extraño. Están
convencidas que un mundo sin Dios no tiene futuro. Por lo tanto,
justamente la multiculturalidad nos llama a entrar nuevamente en
nosotros mismos.
No sabemos
cómo será el futuro de Europa. La Carta de los derechos
fundamentales puede ser un primer paso, un signo de que Europa busca
nueva y conscientemente su alma. En esto hace falta darle la razón a
Toynbee: el destino de una sociedad depende siempre de minorías
creativas. Los cristianos creyentes deberían concebirse a sí mismos
como tal minoría creativa y contribuir a que Europa recobre
nuevamente lo mejor de su herencia y esté así al servicio de toda la
humanidad.
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Joseph Ratzinger, "Si Europa pierde la familia,
perderá su identidad", 16.V.04
>> Discurso
en una ceremonia organizada por el Senado italiano
El prefecto
de la Congregación para la Doctrina de la Fe propuso como respuesta
de los valores cristianos como ancla de salvación en un discurso que
pronunció el 13 de mayo en una celebración organizada en Roma por el
presidente del Senado italiano Marcello Pera.
Pocos días
después de la entrada en la Unión Europea de diez nuevos países, el
cardenal bávaro constató: «Precisamente en esta hora de su máximo
éxito, Europa parece haberse vaciado en su interior, paralizándose
en cierto sentido por una crisis en sus sistema circulatorio», una
crisis que pone en peligro su «identidad».
«A este
desfallecimiento interior de las fuerzas espirituales se le añade el
hecho de que también étnicamente Europa parece emprender el camino
del adiós», comentó Ratzinger.
El decano
del Colegio cardenalicio explicó que «se da una extraña falta de
ganas de futuro. Los hijos, que son el futuro, son vistos como una
amenaza para el presente; nos quitan algo de nuestra vida, se
piensa». Esta situación recuerda, aseguró, al «ocaso del Imperio
Romano».
El
purpurado evocó cómo Europa --tanto la oriental como la occidental--
conformó su rostro gracias al matrimonio entre el hombre y la mujer,
a la luz de la fe bíblica, de modo que «Europa dejaría de ser Europa
si esta célula fundamental de su edificio social desapareciera o
fuera alterada esencialmente».
«La Carta
de los derechos fundamentales [de la Unión Europea] habla del
derecho al matrimonio --constató el cardenal--, pero no hace
referencia a una específica protección jurídica y moral y ni
siquiera lo define de una manera más precisa».
«Y todos
sabemos cómo el matrimonio y la familia están amenazados, por una
parte, a causa del vaciamiento de su indisolubilidad a través de
formas cada vez más fáciles de divorcio; por otra, a causa de un
nuevo comportamiento que se va difundiendo cada vez más: la
convivencia entre un hombre y una mujer sin la forma jurídica del
matrimonio».
Por lo que
se refiere a las propuestas de reconocimiento del matrimonio entre
homosexuales, el purpurado consideró que «con esta tendencia nos
salimos fuera del conjunto de la historia moral de la humanidad».
«No se
trata de discriminación --aclaró--, sino más bien de la cuestión de
qué es la persona humana en cuanto hombre y mujer». «Nos encontramos
ante una disolución de la imagen del ser humano, cuyas consecuencias
pueden ser sumamente graves».
Por lo que
se refirió a la cuestión religiosa, Ratzinger subrayó que «en
nuestra sociedad actual, gracias a Dios, se multa a quien deshonra
la fe de Israel, a su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se multa
a quien ofende al Corán y las convicciones fundamentales del Islam».
Sin
embargo, constató, «cuando se trata de Cristo y de lo que es sagrado
para los cristianos, entonces la libertad de opinión se presenta
como el bien supremo, y si se limita sería como amenazar o incluso
destruir la tolerancia y la libertad en general».
«Pero la
libertad de opinión no puede destruir el honor y la dignidad del
otro; no significa libertad para mentir o para destruir los derechos
humanos», subrayó.
En
definitiva, Ratzinger, consideró que «para sobrevivir, Europa
necesita una nueva
--y
ciertamente crítica y humilde-- aceptación de sí misma, si quiere
realmente sobrevivir».
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Joseph Ratzinger, "Por qué el cristianismo no es
visto como fuente de alegría", 7.V.04
La
percepción del cristianismo como algo institucional y no como un
encuentro con Cristo ha llevado explica el hecho de que hoy día deje
de verse como fuente de alegría, constata el cardenal Joseph
Ratzinger.
El prefecto
de la Congregación para la Doctrina de la Fe considera que «el
cristianismo hoy se presenta como una antigua tradición, sobre la
que pesan antiguos mandamientos, algo que ya conocemos y que no nos
dice nada nuevo, una institución fuerte, una de las grandes
instituciones que pesan sobre nuestros hombros».
«Si nos
quedamos en esta impresión, no vivimos el núcleo del cristianismo,
que es un encuentro siempre nuevo, un acontecimiento gracias al cual
podemos encontrar al Dios que habla con nosotros, que se acerca a
nosotros, que se hace nuestro amigo», afirma el purpurado en
declaraciones concedidas al último número del semanario católico
italiano «Vita Trentina».
«Es
decisivo llegar a este punto fundamental de un encuentro personal
con Dios, que también hoy se hace presente y que es contemporáneo»,
reconoce.
«Si uno
encuentra este centro esencial, comprende también las demás cosas;
pero si no se realiza este acontecimiento que toca el corazón, todo
lo demás queda como un peso, casi como algo absurdo», añade el
purpurado bávaro.
Por lo que
se refiere a la situación actual de la Iglesia, el cardenal
Ratzinger considera en la entrevista que todavía queda «mucho» por
asimilar del Concilio Vaticano II (1962-1965), pues, como reconoce,
«me parecería difícil para una generación asimilar verdaderamente la
herencia del Concilio».
«Desde mi
punto de vista --opina--, quizá en los últimos diez años, hemos dado
un paso adelante para hacer realmente propia la reforma litúrgica,
que no es algo arbitrario ni se reduce a gestos exteriores, sino que
consiste en entrar realmente en un diálogo de fe».
«Otro
elemento fundamental del Concilio que estamos llamados a asimilar
mejor afecta a la necesidad de comprender el cristianismo de manera
personal, desde el punto de vista de un encuentro con Cristo»,
subraya.
«El
carácter central de Cristo era, diría yo, el corazón del mensaje del
Concilio Vaticano II --revela--. Por desgracia, nos quedamos en
muchas cosas exteriores de modo que este carácter central del
personalismo cristiano queda todavía por descubrir», indica.
«El
Concilio, de hecho, quería mostrar que el cristianismo no está
contra la razón, contra la modernidad, sino que por el contrario es
una ayuda para que la razón en su totalidad pueda trabajar no sólo
en las cuestiones técnicas, sino también en el conocimiento humano,
moral y religioso», revela.
En un mundo
dominado por una economía regida por «principios materialistas» y
por el liberalismo, según el cardenal Ratzinger, quien queda
excluido es «el corazón», es decir, «el punto más elevado de la
inteligencia humana, esto es, la posibilidad de ver a Dios e
introducir también en el mundo del trabajo, del comercio, de la
política, la luz de la responsabilidad moral, del amor y de la
justicia».
«Si por una
parte es importante que los sacerdotes anuncien bien el centro de la
fe cristiana, por otra parte tiene que haber personas que en los
diferentes ámbitos del mundo se comprometan para hacer presentes los
principios de la fe cristiana, que transformen desde dentro las
realidades humanas», concluye.
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Joseph Ratzinger, "La Eucaristía, antídoto para
la amenaza del individualismo", 23.XII.03
- Para el
cardenal Joseph Ratzinger el mayor peligro actual para la humanidad
es el relativismo, que acaba encerrándola en el individualismo.
Por este
motivo la Iglesia ha insistido tanto a los católicos en el último
año en el lazo que constituye la Eucaristía, reconoció el purpurado
bávaro tras haber participado este lunes en el encuentro que todos
los años Juan Pablo II mantiene con sus colaboradores de la Curia
romana.
El cardenal
Ratzinger, en calidad de decano del Colegio de los cardenales, fue
el encargado de dirigir las palabras de saludo al pontífice, en las
que constató que la encíclica sobre la Eucaristía, publicada el
pasado Jueves Santo, es quizá el documento papal más importante de
2003.
El mérito
de este documento papal --«Ecclesia de Eucharistia»--, según el
purpurado bávaro, es el de reproponer «el lazo indisoluble entre
Iglesia y Eucaristía», pues «existía el riesgo de que se perdiera»
«en un mundo tan individualista».
El prefecto
de la Congregación para la Doctrina de la Fe explicó después el
alcance de esta propuesta en respuesta a las preguntas de «Radio
Vaticano».
«Conocemos
la fuerza de la violencia en este mundo, las amenazas contra la paz
y contra los fundamentos éticos de la humanidad, que se constatan en
tantos campos de la legislación, sobre todo en la técnica de la
reproducción del hombre, según la cual el hombre se convierte en un
producto», explicó.
«De aquí
--reconoció--, surge la preocupación de que las fuerzas de la fe
estén suficientemente presentes y sean dinámicas para que puedan
realmente oponerse a la amenaza de la violencia y creen un clima de
perdón, de justicia, como condición para la paz».
«Y para que
la fe pueda responder realmente a los desafíos de nuestro tiempo, es
importante que sea sólida, es decir, que la fe sobre todo en Cristo
sea completa, que comprenda que Cristo es la encarnación del único
Dios y el Salvador de todos los hombres», recalcó.
«Por tanto,
entre las preocupaciones, se da el gran problema del relativismo:
ver a Jesucristo como uno de los reveladores de Dios, en lugar de
ver en Él realmente la encarnación del Hijo de Dios», explicó en su
respuesta al periodista.
En su
encuentro con el Papa el cardenal había aclarado que Cristo presente
en «la Eucaristía construye la Iglesia». «Pero es también verdad lo
inverso --añadió--: la Iglesia es el espacio vital de la Eucaristía.
Nos es posible recibir la eucaristía como un alimento privado para
después encerrarse en el propio individualismo».
«Nos une al
Señor y en ese sentido nos une entre nosotros --concluyó--. Es
vinculante, en el sentido de que nos hace miembros del Cuerpo de
Cristo, cuya unidad se constituye en los vínculos de la profesión de
fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión».
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Joseph
Ratzinger, "El secreto de la santidad de Escrivá", 15.III.02
El secreto
de la santidad de Josemaría Escrivá de Balaguer, según el cardenal
Joseph Ratzinger, está en su convicción de que no era más que un
instrumento de Dios.
El prefecto
de la Congregación para la Doctrina de la Fe presentó en la tarde de
este jueves, en Roma, el libro en italiano «Opus Dei - El mensaje,
las obras, las personas» (Opus Dei - il messaggio, le opere, le
persone, San Paolo, 2002) de Giuseppe Romano.
Según
Ratzinger, el beato Escrivá «tenía la intención de fundar algo, pero
siempre era consciente de que no era obra suya, de que no había
inventado nada, simplemente el Señor Dios se sirvió de él. No era
por tanto su obra, sino "Opus Dei". Él era sólo instrumento para que
pudiera obrar Dios».
El cardenal
alemán, que pronto cumplirá los 75 años, confesó que al leer el
nuevo libro le impresionó la interpretación del nombre Opus Dei:
«Una interpretación biográfica que permite comprender la fisonomía
espiritual del beato Josemaría».
«Me vino a
la mente -siguió confesando Ratzinger- la misma palabra del Señor en
la que dice "mi Padre actúa siempre". Lo dijo en una discusión con
ciertos especialistas de la religión que no querían reconocer que
Dios podría actuar en sábado».
«Un debate
presente todavía entre los cristianos de nuestro tiempo -añadió-,
según el cual, tras la creación, Dios se retiró. Según este modelo
de pensamiento, Dios ya no podría entrar en el tejido de nuestra
vida cotidiana».
Y sin
embargo, reconoció el purpurado, «aquí tenemos la respuesta: el
hombre que se abre a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios
actúa siempre. Es más, tenemos que dejarle entrar, dejarle actuar,
así nacen las cosas que renuevan a la humanidad».
«Desde este
punto de vista se entiende lo que quiere decir santidad y vocación
común a la santidad -dijo el cardenal-. Virtud heroica quiere decir
que en la vida del hombre se revela la presencia de Dios, es decir,
se revela el hecho de que el hombre por sí solo no puede hacer
nada».
«La
santidad es ese contacto con Dios, hacerse amigo de Dios, para
dejarlo actuar, el único que puede hacer realmente bueno al mundo y
llenarlo de luz», afirmó.
Esta
constatación, concluyó Ratzinger, lleva al cristiano a no tener
miedo, «pues quien está en las manos de Dios cae siempre en sus
brazo y de este modo nace la valentía para responder al mundo de
hoy».
El
encuentro concluyó con una intervención del autor, Giuseppe Romano,
sobre el argumento, recordando que cuando alguien elogiaba en vida a
Escrivá, éste respondía comparándose a un sobre de cartas.
En este
sobre se puede ver el remitente, Dios, y el destinatario, los
hombres. El mensaje del Opus Dei puede entenderse desde la
perspectiva del sobre: «Cada uno de nosotros lleva algo dentro de sí
y en el fondo no ha sido él quien ha escrito la dirección, ni quien
ha pegado el sello, ni quien ha enviado la carta».
«La carta
ha llegado a su destino, y la canonización del primer sobre podrá
alentar a los demás, usuarios normales, a convertirse también en
sobres santos», concluyó Romano.
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Joseph Ratzinger, "La alegría pascual", Alfa y
Omega, 4.IV.02
>> En uno
de los capítulos del libro Imágenes de esperanza (ed. San Paolo),
del cardenal Joseph Ratzinger, el Prefecto de la Congregación para
la Doctrina de la Fe reflexiona sobre la celebración más importante
del calendario litúrgico: la resurrección de Nuestro Señor Jesús.
Por su interés y en plena alegría pascual, ofrecemos a nuestros
lectores los párrafos más significativos. Alfa y Omega, 4.IV.02
La claridad
y la alegría, que para gran parte de nosotros están unidas al
pensamiento de la Pascua, no pueden cambiar nada respecto al hecho
de que el contenido profundo de este día sea para nosotros más
difícil de comprender que el de la Navidad. El nacimiento, la
infancia, la familia, todo eso es parte de nuestro mundo de
experiencias. Que Dios haya sido un niño y haya hecho así grande a
lo pequeño, y humano, cercano y comprensible a lo grande, es un
pensamiento que nos toca de un modo muy directo. Según nuestra fe,
en el nacimiento en Belén, Dios ha entrado en el mundo y esto lleva
una huella de luz hasta los hombres, los cuales no están en grado de
acoger la noticia tal y como es.
Con la
Pascua es distinto: aquí Dios no ha entrado en nuestra vida
habitual, sino que, entre sus confines, ha abierto un paso hacia un
nuevo espacio más allá de la muerte. Él no nos sigue ya, sino que
nos precede y sostiene la antorcha en el interior de una extensión
inexplorada para animarnos a seguirle. Pero, desde el momento en el
que nosotros ahora sólo conocemos aquello que está a este lado de la
muerte, no podemos relacionar ninguna de nuestras experiencias con
esta noticia.
Ningún
concepto puede venir en auxilio de la palabra; permanece una salida
en lo desconocido; y en esto percibimos dolorosamente la miopía y
limitación de nuestros pasos. Y, con todo, es estimulante pensar que
ahora, por lo menos a través de la palabra de uno que sabe,
experimentamos aquello frente a lo que nadie puede quedar
indiferente. Con enorme curiosidad, en los últimos años, se han
recogido las narraciones de personas que, habiendo pasado por una
muerte clínica, afirman haber percibido lo imperceptible y pueden
aparentemente decir qué hay después de la oscura puerta de la
muerte. Esta curiosidad muestra cómo se abre camino en nosotros de
un modo apremiante la cuestión de la muerte. Pero todas estas
narraciones son inadecuadas, puesto que todos estos testigos no
habían muerto realmente, sino que han debido sólo probar la
particular experiencia de una condición extrema de la vida y de la
conciencia humana. Ninguno puede decir si su experiencia se habría
confirmado en el caso de que hubiesen muerto realmente. Pero Aquel
del que habla la Pascua, Jesucristo, realmente «descendió al reino
de los muertos». Él ha respondido a la petición del rico Epulón:
«¡Envía arriba a alguno del mundo de los muertos, para que así
creamos!» Él, el verdadero Lázaro, ha venido de allá a fin de que
nosotros creamos. ¿Lo hacemos ahora? No llega trayendo noticias y
emocionantes descripciones del más allá. En cambio, nos ha dicho que
prepara las moradas.
¿No es ésta
la más emocionante novedad de la Historia, aunque sea dicha sin
despertar sensaciones? La Pascua tiene que ver con lo inconcebible;
su evento nos sale al encuentro en un primer momento sólo a través
de la Palabra, no a través de los sentidos. Tanto más importante es
entonces dejarse aferrar un día por la grandeza de esta Palabra.
Pero, puesto que ahora pensamos con los sentidos, la fe de la
Iglesia ha traducido desde siempre la Palabra pascual también en
símbolos que hacen presagiar lo no dicho de la Palabra. El símbolo
de la luz (y con él el del fuego) juega un papel importante; el
saludo al cirio pascual, que en la iglesia oscura pasa a ser el
signo de la vida, es para el vencedor sobre la muerte. El
acontecimiento de entonces viene así traducido en nuestro presente:
donde la luz vence la oscuridad, acontece algo de la resurrección.
La bendición del agua pone de relieve otro elemento de la creación
como símbolo de la resurrección: el agua puede tener en sí algo de
amenazador, ser un arma de la muerte. Pero el agua viva de la fuente
representa la fecundidad que, en medio del desierto, edifica oasis
de vida. Un tercer símbolo es de otro tipo distinto: el canto del
Aleluya, el canto solemne de la liturgia pascual, muestra que la voz
humana no sabe solamente gritar, gemir, llorar, hablar, sino
justamente cantar. El hecho de que, además, el hombre sea capaz de
evocar las voces de la creación y transformarlas en armonía, ¿no nos
permite presagiar, de modo maravilloso, de qué transformaciones
somos capaces nosotros mismos y la creación? ¿No es éste un signo
admirable de esperanza, en virtud de la cual podemos presagiar el
futuro y, a un tiempo, acogerlo como posibilidad y presencia?
En las
grandes solemnidades de la Iglesia, la creación participa en la
fiesta; o viceversa: en estas solemnidades entramos en el ritmo de
la tierra y de las estrellas, y hacemos nuestro su conocimiento. Por
esto, la nueva mañana de la naturaleza que señala la primera luna
llena de la primavera forma parte tan real del mensaje pascual: la
creación habla de nosotros y a nosotros; nos comprendemos
correctamente a nosotros mismos y a Cristo sólo si aprendemos a
escuchar también las voces de la creación.
La
aflicción se convertirá en alegría
Todo
aquello que podemos ver es –como por Isaías– el Cordero, del cual el
apóstol Pedro dice que fue predestinado «ya antes de la fundación
del mundo». Pero la mirada sobre el Cordero –sobre Cristo
crucificado– coincide ahora precisamente con nuestra mirada al
cielo, con nuestra mirada sobre la eterna providencia de Dios. En
este Cordero, sin embargo, entrevemos lejana, en los cielos, una
apertura; vemos la benignidad de Dios, que no es ni indiferencia ni
debilidad, sino suprema fuerza. De este modo, y únicamente en esto,
vemos los santuarios de la creación y percibimos en ellos algo
similar al canto de los ángeles, podemos incluso intentar acompañar
un poco a aquel canto en el Aleluya del día de Pascua. Desde el
momento en que vemos el Cordero, podemos reír y podemos dar gracias;
gracias a él también nosotros comprendemos qué significa
adoración.Todas las palabras del Resucitado llevan en sí la alegría
–la sonrisa de la liberación: ¡Si vierais aquello que yo he visto y
veo!–, si un día alcanzáis a ver el todo, entonces reiréis. Hubo un
tiempo en el que el risus paschalis, la risa pascual, era parte
integrante de la liturgia barroca. La homilía pascual debía contener
una historia que suscitase la risa, de tal modo que la iglesia
retumbase en carcajadas. Ésta podía ser una forma un poco
superficial y exterior de alegría cristiana. Pero, ¿no es en
realidad algo muy bello y justo el hecho de que la risa se hubiese
convertido en un símbolo litúrgico? Y ¿no nos gusta quizá que en las
iglesias barrocas escuchemos todavía, por el juego de los amorcillos
y de los ornamentos, la risa en la cual se anunciaba la libertad de
los redimidos? Y ¿no es un signo de fe pascual el hecho de que Haydn
dijera, respecto a sus composiciones, que al pensar en Dios sentía
una alegría cierta y añadiese: «Yo, apenas quería expresar palabras
de súplica, no podía contener mi alegría, y hacía lugar a mi ánimo
alegre y escribía allegro sobre el Miserere»?La visión de los cielos
del Apocalipsis dice lo que nosotros vemos en Pascua a través de la
fe: el Cordero muerto vive. Puesto que vive, nuestro llanto termina
y se convierte en sonrisa. La visión del cordero es nuestra mirada a
los cielos abiertos de par en par. Dios nos ve y actúa, si bien de
forma diversa a como pensamos y a como nosotros quisiéramos
imponerlo. Sólo a partir de la Pascua podemos en realidad pronunciar
de un modo completo el primer artículo de fe; sólo a partir de la
Pascua éste se ve cumplido y consuela: yo creo en Dios, Padre
omnipotente. De hecho, sólo a partir del Cordero sabemos que Dios es
realmente el Padre y es realmente omnipotente. Quien lo ha entendido
no puede estar ya verdaderamente triste y desesperado. Quien lo ha
entendido opondrá resistencia a la tentación de ponerse del lado de
los verdugos. Quien lo ha comprendido no experimentará la angustia
extrema cuando él mismo esté en la condición del Cordero. Puesto que
se encuentra en el lugar más seguro. La Pascua nos invita, en
resumen, no sólo a escuchar a Jesús, sino, en el instante en el que
se le escucha, a aprender a ver desde el interior. La máxima
solemnidad del calendario litúrgico nos anima, mirándole a Él, a
Aquel que ha muerto y ha resucitado, a descubrir la apertura en los
cielos. Si comprendemos el anuncio de la resurrección, entonces
reconocemos que el cielo no está totalmente cerrado más arriba de la
tierra. Entonces algo de la luz de Dios –si bien de un modo tímido
pero potente– penetra en nuestra vida. Entonces surgirá en nosotros
la alegría, que de otro modo esperaríamos inútilmente, y cada
persona en la que ha penetrado algo de esta alegría puede ser, a su
modo, una apertura a través de la cual el cielo mira a la tierra y
nos alcanza. Entonces puede suceder lo que prevé la revelación de
Juan: todas las criaturas del cielo y de la tierra, bajo la tierra y
en el mar, todas las cosas en el mundo están colmadas de la alegría
de los salvados. En la medida en la que lo reconocemos, se cumple la
palabra que Jesús dirige en la despedida, en la que anuncia una
nueva venida: «Vuestra aflicción se convertirá en alegría». Y, como
Sara, los hombres que creen en virtud de la Pascua afirman:
«¡Motivo de
alegre sonrisa me ha dado Dios: quienquiera que lo sepa, sonreirá
conmigo!»
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Joseph Ratzinger, "Veinte años en Roma", 23.XI.01
El trabajo
diario al frente de uno de los cargos más importantes de la Iglesia
católica; la relación con Juan Pablo II; su infancia transcurrida en
Alemania... El cardenal Joseph Ratzinger ha dejado espacio a las
confidencias en una entrevista concedida a corazón abierto a Radio
Vaticano.
Nacido en
Baviera el 26 de abril de 1927, Ratzinger se convirtió en uno de los
teólogos más escuchados en la Iglesia católica tras participar como
perito en el Concilio Vaticano II de 1962 a 1965. Tras haber sido
Vicerrector de la Universidad de Ratisbona de 1969 a 1977, Pablo VI
le nombró arzobispo de Munich y Freising el 24 de marzo de 1977.
Juan Pablo
II le llamaría a Roma para ser prefecto de la Congregación de la
Doctrina de la Fe el 25 de noviembre de 1981. En estos veinte años
el cardenal se ha caracterizado por defender el «capital» más
precioso de la Iglesia católica: la verdad de fe, en coherencia con
la revelación de Cristo, encarnada en el tiempo presente.
Así es como
comenta Ratzinger su delicado papel.
--¿Cómo es
posible tener hoy día autoridad en cuestiones de fe?
--Cardenal
Ratzinger: Es ciertamente una tarea difícil, en parte porque ya no
existe el concepto de autoridad. El hecho de que una autoridad pueda
decidir algo parece hoy incompatible con la libertad para hacer lo
que uno quiera. Es difícil también porque muchas tendencias
generales de nuestra época se oponen a la fe católica: se busca una
simplificación de la visión del mundo. De este modo, Cristo no
podría ser Hijo de Dios, sino un mito, una gran personalidad humana,
pues Dios no puede haber aceptado el sacrificio de Cristo, Dios no
sería un Dios cruel... En definitiva, hay muchas ideas que se oponen
al cristianismo y habría que replantear muchas verdades de fe para
que se adecuaran al hombre de hoy. Pero tengo que decir que muchas
personas también agradecen el que la Iglesia siga siendo una fuerza
que expresa la fe católica y ofrece un fundamento sobre el que se
puede vivir y morir. Y esto es para mí algo consolador.
--Sus
veinte años en la Congregación vaticana han quedado íntimamente a
este pontificado. ¿Cuáles son sus recuerdos más intensos?
--Cardenal
Ratzinger: Los recuerdos más intensos están ligados a los encuentros
con el Papa en los grandes viajes y al gran drama de la teología de
la liberación, donde buscamos el camino justo. Después viene el
compromiso ecuménico del Santo Padre: esa búsqueda de una gran
apertura de la Iglesia en la que al mismo tiempo no pierda su
identidad.
Los
encuentros ordinarios con el Papa son quizá la experiencia más
enriquecedora, pues se habla de corazón a corazón y constatamos la
común intención de servir al Señor. Vemos cómo el Señor nos ayuda
también a encontrar compañía en nuestro camino, pues yo no hago nada
solo. Esto es muy importante: no hay que tomar decisiones personales
solo, sino con gran colaboración. Y esto siempre en la senda de la
comunión con el Papa, que tiene una gran visión de futuro. Él me
confirma y me guía en mi camino.
--Pero,
¿cómo es el Papa? ¿No tiene algún adjetivo que sirva para hacerle
más familiar?
--Cardenal
Ratzinger: El Papa es sobre todo muy bueno. Es un hombre que tiene
un corazón abierto. Es también un hombre chistoso, con el que se
puede hablar con gran alegría y tranquilidad. No estamos todo el
tiempo subidos en las nubes; estamos en esta vida... Esta bondad
personal del Papa me convence una y otra vez. No hay que olvidar
tampoco su gran cultura, su normalidad, y el hecho de que tiene los
pies sobre la tierra.
--¿Podría
describirse a sí mismo?
--Cardenal
Ratzinger: Es imposible hacer un autorretrato; es difícil juzgarse a
sí mismos. Puedo decir sólo que provengo de una familia muy
sencilla, muy humilde, y por eso más que un cardenal me siento un
hombre sencillo.
Tengo mi
casa en Alemania, en un pequeño pueblo, con personas que trabajan en
la agricultura, en la artesanía, y allí me siento en mi ambiente.
Trato de ser así también en mi trabajo: no sé si lo logro, no me
atrevo a juzgarme.
Recuerdo
siempre con gran cariño la profunda bondad de mi padre y de mi
madre, y naturalmente para mí bondad significa la capacidad para
decir «no», pues una bondad que deje hacerlo todo no hace bien al
otro.
En
ocasiones bondad significa tener que decir «no» y correr así el
riesgo de la contradicción. Estos son mis criterios, este es mi
origen; lo demás deberían juzgarlo los demás.
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Joseph Ratzinger, "El Papa sufriente", X.98
>> El
cardenal Ratzinger publica una reveladora semblanza del Papa
envejecido "El Papa sufriente" tiene un particular poder
evangelizador.
El cardenal
Joseph Ratzinger ha publicado un extenso artículo en el semanario
Famiglia Cristiana, la revista de mayor difusión en Italia, en el
que habla de las limitaciones físicas del Papa y del gran poder
evangelizador que éstas tienen.
El cardenal
señala que Juan Pablo II es un Papa "enfermo y cansado". Pero, lo
que muchos ven como una limitación, para los cristianos es más bien
el mensaje particular de la segunda mitad de su pontificado.
El cardenal
describe así al Papa: "La figura doblada, su caminar cansino:
necesita apoyarse en su bastón, que termina en una cruz. De hecho,
se apoya en la cruz". "Pero justamente en el sufrimiento físico y
espiritual del Papa, que nadie puede fingir no ver, se encuentra un
mensaje particular de la segunda mitad de su pontificado", añade.
Según
Ratzinger, en una sociedad en la que todo se orienta hacia la
funcionalidad, la figura de "un Papa sufriente" es "un testimonio de
anticonformismo". "El político debe irradiar impulso juvenil para
parecer elegible. Las modernas profesiones empresariales presuponen
un alto nivel de condiciones físicas: curiosamente, en una sociedad
que envejece evidentemente, el culto de la juventud sigue
avanzando", señala el cardenal Ratzinger; y explica que, para este
mito, "la enfermedad y la vejez deben permanecer, en lo posible,
invisibles".
En cambio,
"el Papa no las esconde, porque no quiere ni puede esconderlas", y
justamente "de esta manera cumple un servicio importante para todos
nosotros". "El Papa sufriente transparenta de algún modo la
presencia de algo más grande", agrega el cardenal. En este sentido,
"hablar del significado del fracaso, de la renuncia, de la
aceptación, de la Cruz", significa para el cardenal Ratzinger "que
alguien se anima a ir a tocar aquello que las ofertas de la
industria del tiempo libre y el modo contemporáneo de consumir la
vida dejan totalmente de lado y que, sin embargo, en cuanto
pregunta, es aquello que nos toca a cada uno de nosotros".
El Papa se
ha dirigido al centro de la crisis de civilización actual,
especialmente en su encíclica Veritatis splendor sobre las
cuestiones fundamentales de la teología moral: "Acaso muchos
pensadores no cristianos sienten en su propia piel la gravedad y la
urgencia de la crisis moral de la humanidad mucho más que ciertos
teólogos católicos", escribe Ratzinger.
Cuando los
espíritus críticos comienzan a comprender que "la crisis de nuestro
tiempo consiste en una 'crisis de Dios', en la desaparición de Dios
del horizonte de la vida humana", la figura del Papa que lleva
consigo la Cruz "es a la vez el símbolo y la promesa de un Dios que
acompaña siempre al hombre en su sufrimiento, ofreciéndole su
salvación", concluye el artículo del prefecto.
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Joseph Ratzinger, "El Catecismo, manual de
instrucciones de la felicidad", 9.X.02
>> Congreso
internacional con motivo de los 10 años de la publicación del
Catecismo de la Iglesia Católica.
El
Catecismo de la Iglesia Católica es una guía para descubrir la
auténtica felicidad, afirmó este martes el cardenal Joseph
Ratzinger, al intervenir en un congreso organizado en el Vaticano
para celebrar los diez años de su publicación.
El prefecto
de la Congregación para la Doctrina de la Fe inauguró el simposio,
que reúne en el Aula de los Sínodos hasta el viernes próximo a
algunos de los más reconocidos teólogos del mundo, por invitación de
esa misma congregación vaticana, y de la Congregación para el Clero.
El
Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por Juan Pablo II el 11
de octubre de 1992, en cuya redacción participó un equipo
internacional de redactores coordinados por el cardenal Ratzinger,
es quizá el documento más importante de este pontificado, pues en él
se presenta con un lenguaje actual el compendio de la fe católica
(«no es un libro de teología», aclaró el purpurado alemán).
Al
intervenir sobre el tema «La actualidad doctrinal del Catecismo de
la Iglesia Católica a diez años de su publicación», Ratzinger
recordó que «el impulso primordial del hombre, que nadie puede
negar, y al que en último término nadie se opone es el deseo de
felicidad, de una vida lograda, llena».
El
Catecismo, dijo al explicar la redacción de la tercera parte del
Catecismo, dedicada a la moral cristiana, «es la doctrina de la vida
lograda, la ilustración por así decir de las reglas para alcanzar la
felicidad».
«El libro
pone en relación esta tendencia innata en el hombre con las
bienaventuranzas de Jesús, que liberan al concepto de felicidad de
todas las banalidades, le dan su auténtica profundidad y, de este
modo, permiten ver el lazo entre el bien absoluto, el bien en
persona --Dios-- y la felicidad».
«La
teología moral cristiana no es nunca una simple ética de la ley,
supera también el ámbito de una ética de las virtudes: es ética
dialógica, pues el actuar moral del hombre se desarrolla a partir
del encuentro con Dios», afirmó el cardenal.
«Por tanto,
no es nunca un actuar únicamente propio, autárquico, y autónomo,
pura realización humana, sino la respuesta al don del amor» de Dios,
aclaró.
La
elaboración de la parte del Catecismo relativa a la moral cristiana
fue la más complicada, confesó Ratzinger, no sólo por «los difíciles
problemas en el ámbito de la ética política, de la ética social, y
de la ética bioética, en continuo proceso evolutivo», sino también
porque «el debate sobre matrimonio y familia, sobre ética de la
sexualidad [está] en pleno desarrollo».
«Quien
busca en el Catecismo un nuevo sistema teológico o nuevas hipótesis
sorprendentes, quedará decepcionado --concluyó Ratzinger--. Este
tipo de actualidad no es la preocupación del Catecismo. Éste ofrece,
recurriendo a la Sagrada Escritura y a la riqueza global de la
tradición en sus múltiples formas, e inspirándose en el Concilio
Vaticano II, una visión orgánica de la totalidad de la fe católica,
que es bella precisamente en cuanto totalidad, una belleza en la que
reluce el esplendor de la verdad».
«La
actualidad del Catecismo es la actualidad de la verdad nuevamente
expresada y pensada. Esta actualidad permanecerá a pesar de las
críticas que reciba», aseguró.
El congreso
catequístico internacional había sido abierto por el cardenal Darío
Castrillón Hoyos, prefecto de la Congregación para el Clero, con un
breve saludo. |