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Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos
Aires
a los catequistas (agosto de 2004)
"Levántate, come, todavía te queda mucho por
caminar..." (I Re 19.7)
Queridos catequistas:
Como Iglesia Diocesana transitamos un
camino que tendrá un momento fuerte del Espíritu: las próximas
Asambleas del Pueblo de Dios. Deseo que este tiempo de preparación
implique ponerse en marcha en un camino de discernimiento
comunitario por medio de la oración.
Como Iglesia en la Argentina
peregrinamos hacia Corrientes donde, en pocos días más, nos
congregaremos como Pueblo fiel en torno a la Eucaristía, para
pedirle al Señor que la celebración cotidiana nos ayude a hacer
realidad el sueño tantas veces postergado de una Nación
verdaderamente reconciliada y solidaria. Lo hacemos con la triste
constatación de que hay gente que no tiene qué comer en la tierra
bendita del pan.
Finalmente los catequistas de Buenos
Aires inician, con los catequistas de todo el país, un itinerario
pastoral que culminará con la celebración del Encuentro Nacional de
Catequistas (ENAC 2005) en el Santuario de Luján el año que viene.
Éste será un tiempo propicio para reflexionar sobre la identidad y
persona del catequista, haciendo también memoria agradecida de los
rostros del pasado que, como testigos fieles, supieron hacer fecundo
su ministerio.
Identidad, memoria, pertenencia de
un pueblo que se sabe peregrino, en camino.
En esta realidad dinámica de la
Iglesia quiero, en las cercanías de la festividad de San Pío X,
hacerles llegar mi saludo y afecto agradecido por el día del
catequista. Deseo compartir con ustedes algunas reflexiones que en
este último tiempo han sido objeto de mi oración, en consonancia con
lo que les escribía el miércoles de ceniza, cuando los invitaba a
cuidar la fragilidad del hermano desde la audacia propia de los
discípulos de Jesús que confían en su presencia de Resucitado.
Nuestra Iglesia en Buenos Aires, está
necesitada de esa AUDACIA y FERVOR, que es obra del Espíritu Santo,
y que nos lleva a anunciar, a gritar a Jesucristo con toda nuestra
vida. Es necesario mucha audacia y valentía para seguir caminando
hoy en medio de tanta perplejidad.
Sabemos que existe la tentación de
quedarnos atrapados por el miedo paralizador que a veces se maquilla
de repliegue y cálculo realista y, en otros casos, de rutinaria
repetición. Pero siempre esconde la vocación cobarde y conformista
de una cultura minimista acostumbrada sólo a la seguridad del andar
orillando.
¡Audacia apostólica implicará
búsqueda, creatividad, navegar mar adentro!
En esta espiritualidad del camino
también es grande la tentación de traicionar el llamado a marchar
como pueblo, renunciando al mandato de la peregrinación para correr
alocadamente la maratón del éxito. De esta manera hipotecamos
nuestro estilo, sumándonos a la cultura de la exclusión, en la que
ya no hay lugar para el anciano, el niño molesta, no hay tiempo para
detenerse al borde del camino. La tentación es grande, sobre todo
porque se apoya en los nuevos dogmas modernos como la eficiencia y
el pragmatismo. Por ello, hace falta mucha audacia para ir contra la
corriente, para no renunciar a la utopía posible de que sea
precisamente la inclusión la que marque el estilo y ritmo de
nuestro paso.
Caminar como pueblo siempre es más
lento. Además nadie ignora que el camino es largo y difícil. Como en
aquella experiencia fundante del pueblo de Dios por el desierto, no
faltará el cansancio y el desconcierto.
A todos nos ha sucedido alguna vez
encontrarnos detenidos y desorientados en el camino, sin saber qué
pasos dar. La realidad muchas veces se nos impone clausurada, sin
esperanza. Dudamos, como el pueblo de Israel, de las promesas y
presencia del Señor de la historia y nos dejamos envolver por la
mentalidad positivista que pretende constituirse en clave
interpretativa de la realidad.
Renunciamos a nuestra vocación de
hacer historia, para sumarnos al coro nostálgico de quejas y
reproches: "Ya te lo decíamos cuando estábamos en Egipto. ¡Déjanos
tranquilos! Queremos servir a los egipcios, porque más vale estar al
servicio de ellos que morir en el desierto! (Ex 14,12). El fervor
apostólico nos ayudará a tener memoria, a no renunciar a la
libertad, a caminar como pueblo de la Alianza: "No olvides al Señor
que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud" (Deut.
6,12). Como catequistas de tiempos difíciles ¡deben pedir a Dios la
audacia y el fervor que les permita ayudar a recordar! "Presta
atención y ten cuidado para no olvidar las cosas que has visto con
tus propios ojos..." (Deut 4,9). En la memoria trasmitida y
celebrada encontraremos como pueblo la fuerza necesaria para no caer
en miedo que paraliza y angustia.
Este caminar de pueblo de Dios
reconoce tiempos y ritmos, tentaciones y pruebas, acontecimientos de
gracia en los que se hace necesario renovar la alianza.
También hoy, en nuestro caminar como
Iglesia en Buenos Aires, vivimos un momento muy especial que nos
animamos a vislumbrar como tiempo de gracia. Queremos abrirnos al
Espíritu para dejar que Él nos ponga en movimiento espiritual, para
que las próximas Asambleas Diocesanas sean un verdadero "Tiempo de
Dios" en el que, en la presencia del Señor, podamos ahondar en
nuestra identidad y toma de conciencia de nuestra misión. Poder
hacer una experiencia fraterna de discernimiento comunitario y
fraternal en el que la oración y el diálogo nos permitan superar
desencuentros y crecer en santidad comunitaria y misionera.
Como todo caminar nos obliga a
ponernos en marcha, en movimiento, nos desinstala, y nos pone en
situación de luchas espirituales. Debemos prestar especial atención
a lo que pasa en el corazón; estar atento al movimiento de los
diversos espíritus (el bueno, el malo, el propio). Y esto, para
poder discernir y encontrar la Voluntad de Dios.
No habrá que extrañarse que en este
camino que comenzamos a transitar aparezca la tentación sutil de la
seducción "alternativista", que se expresa en nunca aceptar un
camino común, para presentar siempre como absoluto otras
posibilidades. No se trata del sano y enriquecedor pluralismo o
matices a la hora del discernimiento comunitario; sino de la
incapacidad de hacer un camino con otros, porque en el fondo del
corazón se prefiere andar solitario por senderos elitistas que, en
muchos casos, conducen a replegarse egoístamente sobre sí mismo. El
catequista en cambio, el verdadero catequista, tiene la sabiduría
que se fragua en la cercanía con la gente y con la riqueza de tantos
rostros e historias compartidas que lo alejan de cualquier versión
aggiornada de "ilustración".
No ha de extrañar que en el camino
también se haga presente el mal espíritu, el que se niega a toda
novedad. El que se aferra a lo adquirido y prefiere las seguridades
de Egipto a las promesas del Señor. Ese mal espíritu nos lleva a
regodearnos en las dificultades, a apostar desde el inicio al
fracaso, a despedir "con realismo" a las multitudes porque no
sabemos, no podemos y, en el fondo, no queremos incluirlas. De este
mal espíritu nadie está exento.
De allí, que la invitación a renovar
el fervor sea una invitación a pedirle a Dios una gracia para
nuestra Iglesia en Buenos Aires: "La gracia de la audacia
apostólica, audacia fuerte y fervorosa del Espíritu".
Sabemos que toda esta renovación
espiritual no puede ser el resultado de un movimiento de voluntad o
un simple cambio de ánimo. Es gracia, renovación interior,
transformación profunda que se fundamenta y apoya en una Presencia
que, como aquella tarde del primer día de la historia nueva, se hace
camino con nosotros para transformar nuestros miedos en ardor,
nuestra tristeza en alegría, nuestra huida en anuncio.
Sólo hace falta reconocerlo como en
Emaús. Él sigue partiendo el pan para que nos reconozcan también, al
partir nuestro pan. Y si nos falta audacia para asumir el desafío de
ser nosotros quienes demos de comer, actualicemos en nuestra vida el
mandato de Dios al cansado y agobiado profeta Elías: "Levántate,
come, todavía te queda mucho por caminar..." (I Re. 19,7).
Al darte gracias por todo tu camino
de catequista, le pido al Señor Eucaristía que renueve tu ardor y
fervor apostólico para que no te acostumbres jamás a los rostros de
tantos niños que no conocen a Jesús, a los rostros de tantos jóvenes
que deambulan por la vida sin sentido, a los rostros de multitudes
de excluidos que, con sus familias y ancianos, luchan para ser
comunidad, cuyo paso cotidiano por nuestra ciudad nos duele e
interpela.
Más que nunca necesitamos tu mirada
cercana de catequista para contemplar, conmoverte y detenerte
cuantas veces sea necesario para darle a nuestro caminar el ritmo
sanante de projimidad. Y podrás así hacer la experiencia de la
verdadera compasión, la de Jesús, que lejos de paralizar, moviliza,
lo impulsa a salir con más fuerza, con más audacia, a anunciar, a
curar, a liberar (Cf Lc. 4, 16-22).
Más que nunca necesitamos de tu
corazón delicado de catequista que te permite aportar, desde tu
experiencia del acompañamiento, la sabiduría de la vida y de los
procesos donde campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el
arte de esperar, el sentido de pertenencia, para cuidar así –entre
todos– a las ovejas que se nos confía, de los lobos ilustrados que
intentan disgregar el rebaño.
¡Más que nunca necesitamos de tu
persona y ministerio catequístico para que con tus gestos creativos,
pongas como David música y alegría al andar cansado de nuestro
pueblo! (2 Sam. 6, 14-15).
Te pido, por favor, que reces por mí
para que sea un buen catequista. Que Jesús te bendiga y la Virgen
Santa te cuide.
Buenos Aires, agosto de 2004.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J.,
arzobispo de Buenos Aires |