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CON AUDACIA. ENTRE
TODOS. UN PAÍS EDUCATIVO
Queridos
educadores:
No es
ninguna novedad decir que vivimos tiempos difíciles. Ustedes lo
saben, lo palpan día a día en el aula. Muchas veces habrán sentido
que sus fuerzas son pocas para enfrentar las angustias que las
familias cargan sobre sus espaldas y las expectativas que sobre
ustedes se concentran. El mensaje de este año quiere ubicarse en ese
lugar y quiere invitarlos a descubrir una vez más la grandeza de la
vocación que han recibido. Si miramos a Jesús, Sabiduría de Dios
encarnada, podremos darnos cuenta de que las dificultades se tornan
desafíos, los desafíos apelan a la esperanza y generan la alegría de
saberse artífices de algo nuevo. Todo ello, sin duda, nos impulsa a
seguir dando lo mejor de nosotros mismos.
Estas
cosas son las que hoy quiero compartir con ustedes. Los cristianos
tenemos un aporte específico que hacer en nuestra Patria y ustedes,
educadoras y educadores, deben ser protagonistas de un cambio que no
puede tardar. A ello los invito y para ello pongo en ustedes mi
confianza y les ofrezco mi servicio de Pastor.
En este
último año se hizo popular la afirmación de que los argentinos hemos
"recuperado la esperanza". Habría que ver si se trata de aquella
auténtica esperanza que nos abre a un futuro cualitativamente
distinto (aunque no tenga una denominación explícitamente
religiosa), o si estamos dispuestos simplemente a volver a
ilusionarnos una vez más, con todos los riesgos que eso implica. De
cualquier manera, vamos a tomar ese "cambio de humor" como punto de
partida para hacer algunas reflexiones. Ciñéndonos a lo que aquí nos
interesa, que es la cuestión de los valores que sostienen y
justifican nuestra tarea como educadores, les propongo ubicarnos en
un escenario que puede dar lugar a planteos interesantes: el
escenario de la reconstrucción de la comunidad.
El
panorama de los últimos años en nuestro país nos ha llevado a
reconocer un problema "de fondo", una crisis de creencias y valores
y, como todo reconocimiento, nos pone de frente al desafío de
buscarle solución. Allí es donde la idea de "reconstrucción" resulta
bastante más que una metáfora. No se trata de "volver atrás", como
si nada hubiera pasado o como si nada se hubiese aprendido. Tampoco
de "quitar" algo pernicioso, una especie de tumor en nuestra
conciencia colectiva, suponiendo que "antes" el organismo poseía
"plena salud". Si hablamos de "reconstrucción" es porque somos
conscientes de la imposibilidad de saltearnos y sobrepasar lo
histórico. "Reconstruir" significa, en este caso, volver a poner en
primer plano los fines, los deseos y los ideales y encontrar nuevas
formas más eficaces de orientar nuestras acciones hacia esos fines,
deseos e ideales, articulando esfuerzos y generando realidades
(exteriores e interiores, instituciones y hábitos) que permitan
sostener coherente y compartidamente la marcha.
A nadie
se le escapa que la educación es uno de los pilares principales para
esta reconstrucción del sentido de comunidad, aunque ella no pueda
disociarse de otras dimensiones igualmente fundamentales como son la
económica y la política. Si es certero el diagnóstico que ubica la
crisis no sólo en los yerros de una macroeconomía carente de visión
(o con una visión distorsionada de su lugar y función en una
comunidad nacional) sino también en un nivel político, cultural y
-más hondamente todavía- moral, la tarea será larga y consistirá más
en una "siembra" que en una serie de rápidas modificaciones. Por
ello, no creo exagerar si afirmo que cualquier proyecto que no ponga
la educación en un lugar prioritario será sólo "más de lo mismo".
Ahora
bien, como educadores cristianos ante el desafío de hacer nuestro
aporte a la reconstrucción de la comunidad nacional, necesitamos
operar una serie de discernimientos relativos a aquello que, al
menos a nuestro juicio, debe ser priorizado. La fecundidad de
nuestros esfuerzos no depende solamente de las condiciones
subjetivas, del grado de entrega, generosidad y compromiso que
podamos alcanzar. También depende del acierto "objetivo" de nuestras
decisiones y acciones.
Comprender, interpretar y discernir son momentos imprescindibles de
todo actuar responsable y consistente, de todo camino en esperanza.
Los cristianos tenemos un punto de partida, una referencia que se
nos brinda como luz y guía. No caminamos a ciegas, no tanteamos en
nuestra búsqueda de sentido orientándonos solamente por un método de
"prueba y error". El discernimiento cristiano es justamente
cristiano porque toma como eje a Jesucristo, Sabiduría de Dios (1 Co
1, 24.30). Si se trata de "entender", de "dar sentido", de "saber"
hacia dónde ir, los cristianos tenemos una fuente inagotable que es
la Sabiduría divina hecha carne, hecha hombre, hecha historia. Allí
hemos de volver, una y otra vez, en busca de iluminación,
inspiración y fuerza.
I-
Nuestro cimiento: Cristo, sabiduría de Dios
a) Los
tres lados de la sabiduría
¿Qué
significa hablar de "sabiduría"? En primer lugar, está claro que se
trata de algo del orden del conocimiento. Es un primer sentido de
"saber": conocer, entender. Ser sabios, vivir con sabiduría, implica
muchas cosas pero nunca puede dejarse de lado el aspecto
"intelectual". Como educadores, el servicio a la sabiduría de
nuestro pueblo es -en gran medida- un servicio al crecimiento en el
orden cognitivo. Si hoy tenemos en cuenta los aspectos vivenciales,
afectivos, vinculares, actitudinales... todo eso no puede darse en
desmedro de una fuerte apuesta a lo intelectual. En eso debemos
reconocer su parte de verdad a la matriz, quizás ilustrada o
enciclopedista, de la educación argentina "fundacional". Una persona
que conoce más, que ha cultivado su capacidad de informarse, evaluar
y reflexionar, de incorporar nuevas ideas y ponerlas en relación con
las anteriores para producir nuevos sentidos, tiene en sus manos una
herramienta invalorable no sólo para abrirse camino en lo que hace
al trabajo y el "éxito" en la vida social; también posee elementos
valiosísimos para desarrollarse como persona, para crecer en el
sentido de "ser" mejor.
No en
vano la Iglesia ha visto desde siempre la importancia, en la
educación, de la actividad intelectual además de la educación
estrictamente religiosa. El saber no sólo "no ocupa lugar", como
decían nuestras abuelas, sino que "abre espacio", "multiplica lugar"
para el desarrollo humano.
Aquí,
todavía en el inicio de nuestra meditación, tenemos ya un punto
concreto para revisar y conversar en nuestras comunidades
educativas. Con mucha razón ponemos el acento en la vida
comunitaria, en amplificar nuestra capacidad de acogida y
contención, en crear lazos humanos y ambientes de alegría y amor que
permitan a nuestros niños y jóvenes crecer y dar fruto. Y hacemos
bien: muchas veces esos aportes básicos les son negados por una
sociedad cada vez más dura, exitista, competitiva, individualista.
Pero todo ello no puede hacerse a costa de la tarea indispensable de
alimentar y formar la inteligencia. Hoy está de moda la palabra
"excelencia", a veces con un sentido ambiguo sobre el cual más tarde
volveremos, pero rescatemos de esa moda el imperativo de trabajar en
serio en el plano de la transmisión y creación de conocimientos de
todo tipo. Parafraseando ese término de moda: busquemos una
educación "de inteligencia".
Pero la
sabiduría no se agota en el conocimiento. "Saber" significa también
"gustar". Se "saben" conocimientos... y también se "saben" sabores.
¿Qué le aporta esta dimensión a lo que venimos diciendo? El aspecto
"afectivo" y "estético": sabemos y amamos lo que sabemos. Educar
será, entonces, mucho más que ofrecer conocimientos: será ayudar a
que nuestros chicos y jóvenes puedan valorarlos y contemplarlos,
puedan hacerlos carne. Supone un trabajo no sólo sobre la
inteligencia sino también sobre la voluntad. Apostamos a la libertad
personal como última síntesis del modo humano de estar en el mundo,
pero no una libertad indeterminada (¡inexistente!) sino abonada por
experiencias de seguridad, de gozo, de amor dado y recibido.
No estoy
hablando de que "a los chicos les guste" ir a aprender en la
escuela. La búsqueda de sabiduría como "sabor" no se reduce a una
cuestión de "motivación", aunque la incluya. Se trata de que puedan
"sentir" el gozo de la palabra, del dar y recibir, de escuchar y
compartir, de comprender el mundo que los rodea y los lazos que a él
los unen, de maravillarse con el misterio de la creación y de su
punto culminante: el hombre. Volveremos sobre estas cuestiones. Por
ahora, dejemos apuntado que nuestra tarea educativa tiene que
despertar el sentimiento del mundo y la sociedad como hogar.
Educación "para el habitar": imprescindible camino para ser humanos
y para reconocernos hijos de Dios.
Todavía
quiero llamar la atención sobre un tercer "lado", una tercera
dimensión de la sabiduría. Sabio es el que no sólo sabe sobre las
cosas, las contempla y las ama, sino que logra integrarse a ellas a
través de la elección de un rumbo y de las múltiples opciones
concretas y hasta cotidianas que la fidelidad le exige. Un lado,
entonces, "práctico", en el cual se resuelven los dos anteriores.
Esta dimensión coincide con el sentido antiguo de "Sabiduría"
presente en la Biblia: capacidad para orientarse en la vida, de modo
que un obrar prudente y hábil fructifique en plenitud existencial y
felicidad. "Saber" lo que "vale la pena" y lo que no: un saber ético
que, lejos de constreñir e inhibir las posibilidades humanas, las
despliega y desarrolla máximamente. Un saber moral opuesto tanto a
"inmoral" como a "desmoralizado". También saber "cómo hacerlo": un
saber "práctico" no sólo en relación con los fines, sino con los
medios disponibles para no quedarnos en las buenas intenciones. Esta
tercera dimensión de sabiduría es la que pedía el rey Salomón como
gracia para poder gobernar a su pueblo (Cfr. Sab. 9, 1-11)
Queremos
una escuela de sabiduría... como una especie de laboratorio
existencial, ético y social, donde los chicos y jóvenes puedan
experimentar qué cosas les permiten desarrollarse en plenitud y
construyan las habilidades necesarias para llevar adelante sus
proyectos de vida. Un lugar donde maestros "sabios", es decir,
personas cuya cotidianeidad y proyección encarnan un modelo de vida
"deseable", ofrezcan elementos y recursos que puedan ahorrarle, a
los que empiezan el camino, algo del sufrimiento de hacerlo "desde
cero" experimentando en la propia carne elecciones erróneas o
destructivas.
Promover
una sabiduría que implique conocimiento, valoración y práctica, es
un ideal digno de presidir cualquier empeño educativo. Quien pueda
aportar algo así a su comunidad habrá contribuido a la felicidad
colectiva de un modo incalculable. Y, como decíamos, los cristianos
poseemos en Jesucristo un principio y una plenitud de sabiduría que
no tenemos derecho a retener dentro de nuestros espacios
confesionales. No de otra cosa se trata la evangelización a que nos
urge el Señor: compartir una sabiduría que desde el principio fue
destinada a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.
Renovemos con audacia el ardor del anuncio, de la propuesta que
sabemos colma las búsquedas hondas, silenciadas por tanta vorágine,
hagámoslo cada día e intentando llegar a todos.
b)
Edificar sobre roca
Esta es
nuestra convicción, como cristianos. Pero todavía tenemos que hacer
un largo discernimiento para comprender la novedad radical de que
somos depositarios. Al fin y al cabo, los fracasos históricos y
hasta los horrores y aberraciones más increíbles que hemos vivido
como pueblo han tenido a veces como protagonistas a hermanos
nuestros que confesaban nuestra misma fe y compartían nuestras
celebraciones. Proclamar el nombre de Jesucristo no nos exime ni del
error ni de la maldad. Ya lo dijo el mismo Jesús: no basta con decir
"¡Señor, Señor!" si no se hace la voluntad del Padre (Mt 7, 21-23).
No se trata sólo de "mala intención", o de "lobos con piel de
oveja". Es muy fácil decir que "al fin y al cabo, en realidad, en el
fondo de su corazón, nunca fueron de los nuestros": así preservamos
nuestras seguridades meramente nominales, expulsando afuera aquellos
elementos que nos harían preguntarnos acerca de la profundidad y
solidez de nuestras creencias y prácticas.
Sigamos
prestando atención a las palabras del Señor que acabamos de
recordar. En los versículos que siguen, Jesús prosigue su enseñanza
con la parábola del hombre que edifica su casa sobre roca. "Cayeron
las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y
sacudieron la casa; pero ésta no se derrumbó porque estaba
construida sobre roca" (Mt 7, 25). Las imágenes de "lluvias",
"torrentes" y "vientos" pueden dar a esa construcción una cierta
impresión de pasividad: simplemente "aguanta". "Aguanta" manteniendo
su fe, sus convicciones, en medio de las adversidades del mundo.
Pero la inmediata relación de la parábola con las declaraciones
anteriores de Jesús ("no son los que dicen Señor, Señor...") nos
ubican en un lugar completamente distinto; refieren a más. Se trata
de "hacer la voluntad del Padre que está en el cielo" (Mt 7, 21), o
de hacer lo que Jesús, el maestro, nos dice (Lc 6, 46). Se trata de
"resistir a los embates del mundo", y más aún, "poner manos a la
obra" en una tarea que está estrechamente vinculada al Reino que en
Jesús se hace presente.
¿Qué
significa, pues, "construir sobre roca" para poder poner en práctica
la voluntad del Señor? Creo que la idea de "sabiduría" nos permite
empezar a abrirnos camino en nuestra búsqueda. Si la tarea, la tarea
concreta que tenemos entre manos, la tarea educativa en el contexto
de reconstrucción de la comunidad, requiere de un sólido compromiso
subjetivo y también de un serio y lúcido discernimiento objetivo,
entonces tendrá que estar presidida por una Sabiduría intelectual,
afectiva, práctica que ponga plenamente en juego el modelo de Jesús
en esos tres planos. Confesar a Cristo como el Señor, ser sus
apóstoles en la difusión del Evangelio y en la puesta en marcha de
su Reino, implica necesariamente construir sobre la roca de la
Sabiduría encarnada el edificio de nuestra identidad cristiana y
docente y de nuestra acción educativa.
En este
punto, al cual sin duda todos habremos llegado al responder a
nuestra vocación, pueden cruzarse algunos malentendidos que dan
lugar a verdaderas tentaciones.
La
primera es la de quedarnos en una concepción meramente "piadosa" de
la Sabiduría encarnada en Jesús de Nazaret. Hacer de ella sólo una
experiencia "interior", "subjetiva", dejando de lado el costado
"objetivo", la mirada real sobre el mundo, el movimiento del corazón
a la luz de esa comprensión, la concreta determinación que incluye
la creación de mediaciones eficaces para aproximarnos al ideal. Es
la tentación permanente de las tendencias "pseudomísticas" de la
existencia cristiana.
Esta
perspectiva, sin dejar de constituir uno de los aspectos del
Misterio cristiano (y de toda mística religiosa), termina
reduciéndose a una especie de elitismo del espíritu, a una
experiencia extática de "elegidos" que rompe con la historia real y
concreta. Las "elites" ilustradas, por dinamismo interno, nos
despojan del sentido de pertenencia a un pueblo, en este caso el
pueblo de Dios que ahora es la Iglesia. Las "elites" ilustradas
clausuran todo horizonte que nos provoca a seguir andando y
revierten nuestra acción hacia adentro, en un inmanentismo sin
esperanza. En la base de este elitismo del espíritu, despotenciador
de toda sabiduría, está la negación de la verdad fundamental de
nuestra fe: el Verbo es venido en carne (1Jn. 4, 2)
Tenemos
en el Nuevo Testamento un ejemplo concreto de esta acentuación
reductiva: la primera comunidad cristiana de Corinto, que motivara
una enérgica carta de san Pablo. Estos cristianos de origen griego
habían desarrollado una concepción de la fe de tipo "carismática"
pero disociando las experiencias "en el Espíritu" (don de lenguas,
éxtasis...) de su correlativo compromiso moral y social. San Pablo
tendrá que llamarles la atención acerca de esa suerte de
"cristianismo espiritual" que perdía conexión con la vida cotidiana
en el plano concreto. Se trata de una concepción más apta para
desarrollar lo que hoy llamaríamos una religiosidad new age que una
auténtica fe en Jesús de Nazaret y su Buena Noticia. En tiempos de
orfandad y falta de sentido, como los que hoy vivimos, esta
unilateralidad de lo "místico" constituye una experiencia sin duda
consoladora y benéfica. Pero lo cierto es que, al cabo de un tiempo,
el misterio de la condición pecadora del ser humano desmiente las
pretensiones de "elevación por encima de lo mundano" que esta
deficiente espiritualidad implica, y le obliga a revelar su faceta
oculta de mentira y autoengaño.
¿De qué
modo afectará a nuestra tarea en el aula una acentuación semejante
de la sabiduría cristiana? Entre otras formas, a través de una
concepción mágica de la fe y a veces de los sacramentos. No tengo
intención en este punto, de analizar la vida sacramental de nuestras
comunidades educativas. Menciono algunas situaciones que se dan,
entre las varias posibles: rutina y ausencia.
A veces
absolutizamos los signos del encuentro con Dios hasta el punto de
descuidar lo que esos signos deberían significar, no hacemos otra
cosa que invalidarlos, hacerles perder consistencia, mecanizarlos.
En la misma línea, hemos confiado a veces demasiado en la exaltación
de lo emocional en la convivencia catequística, en el retiro de
jóvenes, en el buen momento vivido en el día de la familia...
Momentos de gratuidad, sí, de fiesta y alegría, pero por momentos
tan inconsistentes... La alabanza y gozo en el Señor no son
"instrumentos" o "medios" para nada sino que expresan el resplandor
de una vida verdaderamente evangélica, el descanso en el camino
efectivamente transitado, el anticipo de la felicidad esperada.
Finalmente, otra forma de parecernos a los corintios de san Pablo:
el culto a la espontaneidad... traducida en improvisación. La justa
crítica de lo burocrático, de la formalidad porque sí, del apego al
procedimiento y al reglamento, la prioridad del "espíritu" sobre la
"letra", también nos puede llevar a la mediocridad y la inoperancia,
cuando no al mero culto de la personalidad y, en definitiva, a la
deserción de la misión que se nos ha encomendado, haciéndola
naufragar en una lamentable parodia de comunidad viva y creativa
que, como la mentira, tiene patas cortas.
En el
otro extremo, la Sabiduría cristiana se convierte en un hecho
predominantemente "objetivo", una "bandera" que, sobre el icono del
Cristo histórico que no permaneció en el sepulcro sino que fue
exaltado como Señor, perfila un nuevo orden social y cultural
observable, una serie de certezas identificadas con alguna
realización histórica concreta. La "objetividad" de la Resurrección
de Cristo, según esta concepción reductiva, daría lugar a la
"objetividad" de su triunfo en la historia, al modo de una
identificación entre el Reino de Dios y el de este mundo, que una y
otra vez se reedita en la historia de la Iglesia y que, ya en lo
albores del cristianismo, mereció una importante página crítica del
Evangelio de Juan en el diálogo entre Jesús y Pilato (Jn 18, 33-37).
En efecto, ¿por qué renunciaría Jesús a convocar a sus ángeles para
defender su Reino? Porque ese Reino "no era de este mundo", no se
trataba de otra alternativa política, social o cultural fatalmente
atada a la caducidad de todo lo que nace, crece y muere en el
tiempo.
Y si el
cristianismo "místico" daba lugar a una especie de elitismo o de
"celebración del narcisismo", su opuesto, el extremo "histórico" le
abre las puertas a un "autoritarismo del espíritu" que, al igual que
el anterior, termina indefectiblemente tocando la "carne" de los
seres humanos. Porque la condición histórica como conflicto de
subjetividades, como campo ambiguo donde las cosas nunca son
absolutamente blancas o negras (cf. la parábola del trigo y la
cizaña) siempre hace caer por tierra los órdenes "perfectos" y
"definitivos" y los obliga a mostrar la capacidad de maldad que les
es propia. Finalmente, asoma la voluntad de dominio que el ser
humano lleva adentro, en este caso camuflada por la contemplación
del triunfo de Cristo sobre la muerte.
También
esto puede afectar (y distorsionar seriamente) nuestro servicio en
la tarea educativa. Es claro (aunque no falte quien pueda sostener
lo contrario todavía hoy) que un modelo de identidades históricas
rígidas, carente de lugar para el disenso e incluso para opciones y
orientaciones diversas y plurales, no puede ya tener lugar, al menos
en nuestras sociedades occidentales. El lugar de la subjetividad en
la cultura moderna, reconociendo desvíos y devaríos, es ya una
conquista de la humanidad, en este desarrollo del concepto de
persona humana como sujeto de una libertad inviolable no ha sido
ajena la inspiración evangélica. En el mismo plano religioso, la
dignidad humana exige un tipo de propuesta y adhesión a las
creencias que está muy lejos de la imposición de una letra inmanente
indiscutible que encadene o amengüe la búsqueda personal de Dios,
poniendo en juego la rica dotación que recibió el ser humano para
semejante aventura.
De
ningún modo deben aspirar nuestras escuelas a formar un hegemónico
ejército de cristianos que conocerán todas las respuestas, sino que
deben ser el lugar donde todas las preguntas son acogidas, donde, a
la luz del Evangelio, se alienta justamente la búsqueda personal y
no se la obtura con murallas verbales, murallas que son bastante
débiles y que caen sin remedio poco tiempo después. El desafío es
mayor: pide hondura, pide atención a la vida, pide sanar y liberar
de ídolos... y cabe aquí la precisión: tanto la concepción "mística"
como la "histórico-política" configuran un triunfalismo, verdadera
caricatura del real triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte.
c)
Dimensiones de la sabiduría cristiana
Pero
entonces, ¿cómo podemos avanzar en una comprensión positiva de la
Sabiduría cristiana? Sabemos que no es posible aquí más que una
primera mirada, necesariamente breve y limitada. Nadie puede
pretender agotar la infinita riqueza de la Palabra hecha carne en
una simple colección de palabras humanas. Se trata, más bien, de
invitarlos a buscar, a orar, a profundizar en la Escritura y en las
muchas expresiones del magisterio y de la tradición viva de la
Iglesia, tratando de descubrir los acentos y relieves propios de una
fe que se hace vida para el mundo de hoy. Quiero exhortarlos a una
mirada más atenta y vigilante de los signos de los tiempos, a un
nuevo fortalecimiento de la oración y reflexión comunitaria, a
recrear aquel diálogo de salvación que, en diversos momentos de la
historia, dio frutos de santidad y abrió instancias impensadas de
evangelización y renovación. Esto nos reclama hacernos tiempo para
lo común, para abrirnos con seriedad y entusiasmo a construir junto
a los otros, poniendo el corazón.
En este
sentido, permítanme compartir, como Pastor, algunas ideas que puede
ser valioso tener en cuenta. Simplemente, algunos aspectos en que la
persona y la palabra de Jesús le dan forma al ideal de sabiduría
esbozado más arriba.
En
primer lugar, la sabiduría cristiana como verdad. Jesús mismo se
define de esa manera (Jn 14,6). Tenemos que avanzar hacia una idea
de verdad cada vez más incluyente, menos restrictiva; Al menos, si
estamos pensando en la verdad de Dios y no en alguna verdad humana
por más sólida que nos parezca. La verdad de Dios es inagotable, es
un océano del cual apenas vemos la orilla. Es algo que estamos
empezando a descubrir en estos tiempos: no esclavizarnos a una
defensa casi paranoica de "nuestra verdad" (si yo la "tengo", él no
la "tiene"; si él "puede tenerla", entonces es que yo "no la
tengo"). La verdad es un don que nos queda grande, y justamente por
eso nos agranda, nos amplifica, nos eleva. Y nos hace servidores de
tal don. Lo cual no entraña relativismos, sino que la verdad nos
obliga a un continuo camino de profundización en su comprensión.
El
Evangelio de Jesús nos ofrece verdad: acerca de Dios, de un Dios que
es Padre, de un Dios que viene al encuentro de los suyos, de un Dios
libre y liberador que elige, llama y envía. Releamos las parábolas y
comparaciones del Reino: hablan de Dios. Dios sale a los caminos
porque preparó una fiesta y quiere que todos la disfruten; Dios está
escondido en lo pequeño y lo que crece, aunque no sepamos verlo.
Dios es infinitamente generoso, espera hasta el último momento y va
en busca de los que se extraviaron. Paga en demasía a los obreros de
la última hora y no mezquina tampoco su amor a los de la primera y
al hermano del hijo pródigo: por el contrario, los tiene siempre
junto a él y los invita a trascenderse a sí mismos y parecerse a él.
Dios...
¡qué podemos decir, que no quede superado por la infinitud de lo que
Él es! Cuando volvemos a beber en el pozo del Evangelio, al instante
nos damos cuenta de lo patéticas que han sido, a lo largo de la
historia, las "representaciones" de Dios que los hombres hemos
manufacturado, muchas veces a nuestra imagen. Pero todavía hay más:
estamos hablando de un Dios que no se quedó instalado en su
"divinidad". Todo lo que podemos decir de él ha tenido y tiene un
"modo humano" de existir: el de Jesús de Nazaret. Ese Padre
infinitamente misericordioso y salvador no es una figura
inalcanzable: realizó su obra en las acciones y palabras del
Maestro.
De modo
que la Sabiduría cristiana es también verdad sobre el hombre. Sobre
el Dios-Hombre, y sobre el hombre llamado a vivir la condición
divina. Este es un mensaje siempre nuevo y siempre actual: aun en
tiempos de globalización tecnológica, donde todo lo humano parece
reducirse a bits y parecería que se ha decidido dejar a muchos
afuera del "reino" que se organiza, hay una palabra de sabiduría que
nos insiste una y otra vez, al oído y a los cuatro vientos, desde
los púlpitos y los areópagos y también desde los gólgotas y los
muchos infiernos de este mundo, acerca de la fidelidad inconmovible
de un Dios que quiso ser hombre para que los hombres seamos como
Dios. Y esto justamente por el camino inverso al sugerido por la
Serpiente en el Edén.
Me
pregunto si los que hoy tenemos la misión de enseñar logramos
ponderar toda la belleza y explosividad de esta verdad sobre Dios y
sobre el hombre que hemos recibido. Hace ya más de un siglo (este
año se cumplen 110 años de su muerte), un cristiano encarnó su
vocación de docente, periodista y político desde estas convicciones,
asumiendo plenamente su condición de creyente y de hombre de su
tiempo, sin dualismos ni reticencias. Me refiero a José Manuel
Estrada y creo que es importante rescatar su figura no sólo desde
las luchas concretas en que vehiculizó su fidelidad a la Iglesia y
su amor a la Patria, sino desde el hecho mismo de que entendió la
verdad cristiana como un potencial inmenso de elevación de la
humanidad y no se conformó con menos: para él, no se trataba de
"aguantar" el viento y las lluvias, sino de potenciar sus
capacidades al servicio de la construcción de una sociedad nueva.
Plenamente en su tiempo, compartió el interrogante acerca del
sentido de la vida humana y apuntó certeramente al punto donde ese
sentido se vuelve interrogante e invitación a la búsqueda par todo
hombre de buena voluntad:
"Las
ciencias de observación, ya pertenezcan al orden material como la
química, ya pertenezcan al orden moral como la filosofía, clasifican
hechos, definen fenómenos, formulan acaso sus leyes inmediatas y
secundarias; pero son impotentes para descubrir el enlace superior
que las vincula, dentro de sus condiciones metafísicas de
producción, a una armonía universal, sumisa a una ley excelsa. (...)
Si la ignorancia del hombre consistiera tan sólo en la impotencia
para apreciar los fenómenos y sus condiciones, el naturalismo
bastaría para disiparla gradualmente. Pero ni de la mente del
cristiano, ni de la mente del ateo lógico, ni del espíritu de quien
se eleva un ápice sobre el nivel en que, por exceso de la primitiva
gradación, la animalidad pura y la barbarie se confunden casi
indisolublemente, desaparecerá jamás, aun agotadas todas las
curiosidades del mundo visible y escondido al por qué circunstancial
de todos los hechos experimentales, esta otra curiosidad: ¿qué soy
yo?, ni esta otra: ¿de dónde vengo?, ni, por fin, este angustioso
problema centro de las dulzuras de la fe y de las congojas punzantes
de la incredulidad o de la duda: ¿a dónde voy?..."
Pero la
sabiduría cristiana, y Estrada testimonia también esto, no se queda
en discurso. La dimensión de Verdad va de la mano con la de Vida y
Camino. Los "tres lados" de la sabiduría alcanzan su resolución
evangélica en Jesús y también en aquellos que siguieron sus pasos.
La Verdad sobre Dios y sobre el hombre es principio de otra forma de
valorar el mundo, el prójimo, la propia vida, la misión personal; es
principio de otro Amor. Y, necesariamente, es principio de
orientaciones éticas y opciones históricas que dan forma a una
encarnación concreta de la Sabiduría en el tiempo que nos toca
vivir.
Los
invito a que sigamos adelante, reflexionando acerca de algunos modos
en que la sabiduría cristiana podría modelar nuestra vocación
docente, traduciendo en valoraciones de fondo y en prácticas
concretas la Verdad revelada.
II-
Maestros con el Maestro
Primero,
recordemos el punto de partida de nuestra meditación: los cristianos
comprometidos en la tarea educativa tenemos hoy una importante
responsabilidad y, al mismo tiempo, una oportunidad de poner en
juego nuestro aporte. Por eso, es necesario "acertar" en los
objetivos a priorizar, sobre la base de una sabiduría madurada en la
experiencia del encuentro con el Señor. Para eso no está de más
volver a hacerse la pregunta fundamental: ¿para qué educamos? ¿Por
qué la Iglesia, las comunidades cristianas, invierten tiempo, bienes
y energías en una tarea que no es directamente "religiosa"? ¿Por qué
tenemos escuelas, y no peluquerías, veterinarias o agencias de
turismo? ¿Acaso por negocio? Habrá quienes así lo piensen, pero la
realidad de muchas de nuestras escuelas desmiente esa afirmación.
¿Será por ejercer una influencia en la sociedad, influencia de la
cual luego esperamos algún provecho? Es posible que algunas escuelas
ofrezcan ese "producto" a sus "clientes": contactos, ambiente,
"excelencia". Pero tampoco es ése el sentido por el cual el
imperativo ético y evangélico nos lleva a prestar este servicio. El
único motivo por el cual tenemos algo que hacer en el campo de la
educación es la esperanza en una humanidad nueva, en otro mundo
posible. Es la esperanza que brota de la sabiduría cristiana, que en
el Resucitado nos revela la estatura divina a la cual estamos
llamados.
Con el
lenguaje y la teología de su tiempo, Estrada planteaba claramente
esta finalidad de la tarea educativa desde la perspectiva cristiana:
¿Veis
afanados a los hombres de este siglo por un anhelo inagotable de
perfección? También nosotros amamos el progreso y la perfección, mas
una perfección adecuada al hombre en la totalidad de su destino y de
su índole moral. Es excelente la ciencia, y la aplaudo y la amo,
porque es ley del hombre dominar la naturaleza; pero también es ley
nuestra aspirar a fines suprasensibles e inmortales; y la
purificación del alma y su unión con Dios, requiere la adopción de
medios sobrenaturales como estos fines. La condición y sumo objeto
de todo progreso es la restauración de lo sobrenatural en los
hombres por la virtud de Cristo. Napoleón lo adivinaba: educar es
crear.
Si
nuestras escuelas no son el espacio donde se está creando otra
humanidad, donde arraiga otra sabiduría, donde se gesta otra
sociedad, donde tienen lugar la esperanza y la trascendencia,
estamos demorando un aporte único en esta etapa histórica. Si en
ellas no se privilegian la palabra y el amor por sobre los
mecanismos del dominio y la rivalidad, no podemos hablar de escuela
cristiana. Si en ellas la "excelencia" no se entiende como
excelencia de la caridad, que supera a todas las demás "virtudes" (y
habilidades), lejos está la Resurrección de nuestras casas.
Todo
esto no es mera poesía. De hecho muchos de los "valores" vigentes en
nuestra sociedad pierden de vista esta Verdad inclusiva y
trascendente que constituye la cifra del hombre y la comunidad. La
escuela puede ser simplemente la transmisora de esos "valores" o la
cuna de otros nuevos; pero eso supone una comunidad que cree y
espera, una comunidad que ama, una comunidad que realmente está
reunida en el nombre del Resucitado. Antes que las planificaciones y
currículas, antes que la modalidad específica que los códigos y
reglamentos puedan tomar, es preciso saber qué es lo que queremos
generar. Sé también que para esto debe implicarse el conjunto de la
comunidad docente, comulgar con fuerza en un mismo sentir,
apasionándose por el proyecto de Jesús y tirando todos para el mismo
lado.
Muchas
instituciones promueven la formación de lobos, más que de hermanos;
educan para la competencia y el éxito a costa de los otros, con
apenas unas débiles normas de "ética", sostenidas por paupérrimos
comités que pretenden paliar la destructividad corrosiva de ciertas
prácticas que "necesariamente" habrá que realizar. En muchas aulas
se premia al fuerte y rápido y se desprecia al débil y lento. En
muchas se alienta a ser el "número uno" en resultados, y no en
compasión.. Pues bien, nuestro aporte específicamente cristiano es
una educación que testimonie y realice otra forma de ser humanos.
Pero eso no será posible si nos limitamos simplemente a "aguantar"
las "lluvias", "torrentes" y "vientos", si nos quedamos en la mera
crítica y nos regodeamos en estar "afuera" de aquellos criterios que
denunciamos. Otra humanidad posible... exige una acción positiva; si
no, siempre va a ser "otra" meramente invocada, mientras "ésta"
sigue vigente y cada vez más instalada.
Considero que una postura más activa exige indefectiblemente que
logremos superar algunas antinomias que, más que clarificarnos, nos
paralizan. Algunos antagonismos rígidos terminan extremando tanto
los claroscuros que "regalan" potencialidades a aquellas
orientaciones que consideramos más negativas. Un compromiso real,
decidido y responsable nos invita a dar un paso más en nuestro
discernimiento y superar algunos clichés muy arraigados en nuestras
comunidades. Para ello, entonces, les propongo tres desafíos
encadenados entre sí: tender a que nuestra tarea dé frutos sin
descuidar los resultados; privilegiar el criterio de gratuidad sin
perder eficiencia; y crear un espacio donde la excelencia no
implique una pérdida de solidaridad.
a)
"Frutos" y "resultados"
Nuestra
tarea tiene una finalidad: provocar algo en los alumnos que nos han
sido confiados; provocar un cambio, un crecimiento en sabiduría.
Deseamos que, luego de pasar por nuestras aulas, los chicos o
jóvenes hayan vivido una transformación, tengan más conocimientos,
nuevos sentimientos, y al mismo tiempo ideales realizables. Para el
docente que quiere ser maestro de sabiduría no basta "cumplir con
sus obligaciones" con prolijidad y atención. La mirada va más allá
de la necesaria competencia y probidad profesional, más bien se
centra en lo que suscita en los educandos que son quienes
constituyen la razón de ser de su vocación.
Esa
"transformación" que deseamos y esperamos, para la cual ponemos en
juego toda nuestra capacidad, tiene múltiples aspectos que deben ir
unidos para que implique algo mejor. De un modo quizás esquemático,
pero útil para entendernos, podemos ubicarlos en dos dimensiones que
se llaman mutuamente: "producir resultados" y "dar frutos".
¿Qué
implican ambos objetivos? "Dar frutos" es una metáfora que tomamos
de la agricultura, es el modo en que lo nuevo se hace presente en el
mundo de los seres vivientes. También podríamos usar la imagen del
"engendrar": dar vida a un nuevo ser. Como sea, vegetal o animal, la
idea apunta a un proceso interior en los sujetos. El fruto se forma
a partir de la misma identidad del viviente, se alimenta de aquellas
fuerzas que ya han pasado a formar parte de su ser, se enriquece con
las múltiples identificaciones internas y es algo único,
sorprendente, original. La naturaleza no da dos frutos exactamente
iguales. Del mismo modo, un sujeto que "da frutos" es alguien que ha
madurado su creatividad en un proceso de libertad, gestando algo
nuevo a partir de la verdad recibida, aceptada y asimilada.
¿Cómo se
vincula esto con nuestro trabajo concreto? Un maestro que
sapiencialmente apunta a que su tarea "dé frutos" nunca se limitará
a esperar algo predeterminado conformándose con que el sujeto se
adecue a un molde considerado deseable. No descartará lo diferente y
lo que pone en cuestión alguna de sus prácticas habituales. No se
engañará con el cumplimiento sobreadaptado y sin cuestionamiento por
parte de sus alumnos. Sabe que una pregunta del alumno vale más que
mil respuestas, y alentará las búsquedas sin dejar de estar atento a
los riesgos que estas implican. Ante el cuestionamiento y la
rebeldía no pretenderá doblegar e imponer, sino que promoverá la
responsabilidad a través de una crítica inteligente, desde una
disposición abierta y flexible que no duda en aprender enseñando y
enseñar aprendiendo. Y cuando se encuentre con el fracaso o el
error, lejos de negarlo o remarcarlo victoriosa o amargamente,
retomará pacientemente el proceso en el punto en que se vio
obstaculizado o desviado, promoviendo el paciente aprendizaje y
aprendiendo él mismo.
Por su
parte, la metáfora de la "producción de resultados" pertenece al
ámbito de la industria, de la eficacia seriada y calculable. Un
resultado se puede prever, planificar y medir. Implica un control
sobre los pasos que se van dando. Un set de acciones perfectamente
determinadas que tendrán un efecto previsible.
Una
sociedad que tiende a convertir el hombre en una marioneta de la
producción y el consumo siempre opta por los resultados. Necesita
control, no puede dar lugar a la novedad sin comprometer seriamente
sus fines y sin aumentar el grado de conflicto ya existente.
Prefiere que el otro sea completamente previsible a fin de adquirir
el máximo de provecho con el mínimo de gasto.
Pero la
sabiduría no sólo implica la maduración en el orden de los
contenidos y valores, sino también de las habilidades. Toda
transformación verdadera en orden a ese otro mundo posible a que
aspiramos implica también un saber hacer, una competencia
instrumental que es preciso incorporar comprendiendo su lógica.
Nuestros alumnos tienen derecho, ante todo, a su propia autonomía y
unicidad; pero también a desarrollar habilidades socialmente
reconocidas, probadas, en orden a poder plasmar en el mundo real sus
deseos y aportes. El maestro que arraiga en la sabiduría cristiana
no desprecia la necesaria eficacia que debe alcanzar, con todo el
esfuerzo que eso conlleva para él y para los alumnos. Sabe que para
pasar de las "buenas intenciones" a las realizaciones hay que
transitar el arduo sendero de la técnica, la disciplina, la economía
de esfuerzos, la incorporación de experiencias de otros, y es capaz
de perseverar con sus alumnos en ese camino a pesar de que tanto él
como ellos preferirían a veces tomar un atajo o quedarse en algún
remanso.
El
problema radica en que muchas veces los cristianos hemos disociado
los "frutos" de los "resultados". De ese modo, descuidamos nuestra
formación, aflojamos el nivel cuando sería mejor para los alumnos
que encontráramos la forma de motivar y sostener el esfuerzo; nos
conformamos con lograr un buen clima y con establecer buenos
vínculos, en vez de construir sobre ese entramado una dinámica de
creatividad y productividad. O, por el contrario, nos refugiamos en
conductas estereotipadas, creencias correctamente formuladas,
expresiones acordes a la norma... todo ello desde una libertad más
"domada" que fortalecida, ¡pensando que con ello hemos "educado"!
Nada
peor que una institución educativa cristiana que se conciba desde la
uniformidad y el cálculo, al modo de aquella "máquina de hacer
chorizos" tan crudamente caricaturizada por la película The Wall
hace ya varios años. ¡Nuestro objetivo no es sólo formar "individuos
útiles a la sociedad", sino educar personas que puedan
transformarla! Esto no se logrará sacrificando la maduración de
habilidades, la profundización de los conocimientos, la
diversificación de los gustos, porque, finalmente, el descuido de
esos "resultados" no dará lugar a "hombres y mujeres nuevos", sino a
fláccidos títeres de la sociedad de consumo.
Se trata
de resolver ambas polaridades integrándolas entre sí: "educar para
el fruto" brindando todas las herramientas posibles para que ese
fruto se concrete en cada momento de un modo eficaz, "produciendo
resultados". Desde la objetividad de la verdad propongamos ideales y
modelos abiertos, inspiradores, sin imprimir el formato que nosotros
hemos encontrado para vehiculizar esa dinámica, desarrollando a su
vez las mediaciones necesarias para que los chicos puedan motorizar
sus elecciones. Prefiramos educandos libres y responsables, capaces
de interrogarse, decidirse, acertar o equivocarse y seguir en
camino, y no meras réplicas de nuestros propios aciertos..., o de
nuestros errores. Y justamente para ello, seamos capaces de hacerles
ganar la confianza y seguridad que brota de la experiencia de la
propia creatividad, de la propia capacidad, de la propia habilidad
para llevar a la práctica hasta el final y exitosamente sus propias
orientaciones.
Esto
supone creer seriamente en todas las instancias del diálogo, en la
fuerza de la palabra. Una palabra no idealizada: una palabra que
pueda alentar y urgir, abrir puertas y establecer límites, invitar y
perdonar. Todo lo cual supone también algunas virtudes sumamente
difíciles: humildad para saber relativizar las propias posturas,
paciencia para saber esperar los tiempos del otro y magnanimidad
para perseverar y no decaer en el esfuerzo por dar lo mejor.
b)
Gratuidad con eficiencia
Con
mucha razón, los cristianos procuramos privilegiar en nuestras
escuelas el criterio de gratuidad. En primer lugar, por su valor
intrínseco: es el signo por excelencia del amor de Dios y del amor
entre los seres humanos según el modelo incondicional de Cristo. Y
en segundo lugar, porque conocemos y padecemos las consecuencias de
la extensión de los criterios economicistas a toda actividad humana.
Si por
eficiencia entendemos obtener los máximos resultados con un mínimo
de gasto de energía y recursos, es obvio que una educación para el
fruto, para el valor y para la libertad tenderá a replantear todas
esas relaciones. Sin duda, la energía invertida en nuestros niños y
jóvenes será inmensa y los resultados no siempre serán los deseados.
Es más, en última instancia, el fruto dependerá de cada sujeto, lo
cual no nos exime de evaluar nuestra tarea.
Un
criterio de eficiencia librado a sí mismo nos llevaría a invertir
más allí donde más garantía tenemos de éxito. Exactamente lo que
hace el vigente modelo exitista y privatista. ¿Para qué gastar en
aquellos que nunca saldrán de su postración?, se pregunta el
inversor que busca rendimiento ante todo. ¿Qué sentido tiene
invertir más y más para que los más "lentos" o "conflictivos" puedan
encontrar su camino?, ¿para que los "menos dotados" (y ahora se
quiere contabilizar también la genética para determinar "quiénes
no") "dilapiden" los bienes de la comunidad, ya que de todas maneras
nunca van a alcanzar el nivel requerido?
Pero
esta lógica de mal humanismo pedagógico se trastoca cuando
consideramos el núcleo de nuestra fe: el Hijo de Dios se hizo hombre
y murió en la cruz por la salvación de los hombres. ¿Cuál es la
proporción entre la "inversión" hecha por Dios y el objeto de ese
"gasto"? Podríamos decir sin ser irreverentes: no hay nadie más
"ineficiente" que Dios. Sacrificar a su Hijo por la humanidad, y
humanidad pecadora y desagradecida hasta el día de hoy... No cabe
dudas: la lógica de la Historia de la Salvación es una lógica de lo
gratuito. No se mide por "debe" y "haber", ni siquiera por los
"méritos" que hacemos valer.
Porque
leemos en el Evangelio que el grano de mostaza, tan pequeña semilla,
se convierte en un enorme arbusto y captamos la desproporción entre
la acción y su efecto, entonces sabemos que no somos dueños del don
y procuramos ser administradores cuidadosos y eficientes. Debemos
ser eficientes en nuestra misión porque se trata de la obra del
Señor, y no primordialmente de la nuestra. La Palabra sembrada
fructifica según su propia virtualidad y de acuerdo a la tierra
donde cae. No por eso el sembrador va a hacer su trabajo con torpeza
y descuido. El correlato de la gratuidad divina es la adoración y
agradecimiento del hombre; adoración y agradecimiento que implican
un sumo respeto por la sabiduría compartida, por el don precioso de
la Palabra y de las palabras.
No nos
confundamos: la eficiencia como valor en sí, como criterio último,
no se sostiene de ningún modo. Cuando hoy, en el ámbito de la
empresa, se pone el acento en la eficiencia, está claro que se trata
de un medio para maximizar la ganancia. Pues bien: nosotros debemos
ser eficientes para que la "ganancia" pueda darse gratuitamente.
Eficiencia al servicio de una tarea educativa que sea verdaderamente
gratuita. No me refiero aquí a aranceles y aportes (¡si pudiéramos
encontrar la fórmula para que los pobres más pobres pudieran ejercer
sus derechos ciudadanos de elegir nuestros colegios porque también
son gratuitos!), sino más bien a una actitud de fondo que la
presida. Ni el sentido ni la eficacia de nuestra tarea están dadas
principalmente por los recursos utilizados y su cálculo; pero
precisamente por eso debemos poner lo mejor de nuestra parte.
También Jesús tuvo en cuenta esa dimensión: no en vano enseñó la
parábola de los talentos…
Esto nos
compromete seriamente, como docentes cristianos, a dar gratuitamente
y cuidadosamente lo que gratuitamente y cuidadosamente hemos
recibido, del mismo modo también tiene que formar parte del
contenido de aquello que transmitimos. El maestro que quiera hacer
de la sabiduría cristiana su principio de vida y el sentido y
contenido de su vocación, pondrá su atención en el clima del aula y
de la institución toda, en las actitudes que asuma y promueva, en el
estilo de los intercambios cotidianos, buscando plasmar en todo ello
una atmósfera de gratuidad, cuidado y generosidad. Nunca una
atmósfera de interacciones calculadas, medidas e interesadas, aunque
a veces sienta la tentación de mezquinar su entrega. Ni tampoco una
atmósfera de descuido y desprecio por los bienes, el tiempo, la
sensibilidad y el esfuerzo de cada uno de los interlocutores en su
tarea: alumnos, colegas, colaboradores, familias. Aunque la cultura
profundamente insolidaria en que vivimos lo impulse cotidianamente a
encogerse de hombros diciendo "qué me importa", se sentirá
profundamente responsable de no dilapidar lo que pertenece a todos:
su saber, su escuela con todos los que en ella participan, la
vocación docente.
Y con
esto llegamos a nuestra tercero y último desafío.
c)
Excelencia de la solidaridad
El
criterio que rompe con la lógica del individualismo competitivo es,
finalmente, el de la solidaridad. Aquí es donde el aporte de los
educadores cristianos puede tornarse más crítico y relevante,
porque, más allá de los discursos, la "ética" de la competencia (que
no es más que una instrumentación de la razón para justificar la
fuerza) tiene plena vigencia en nuestra sociedad.
Educar
para la solidaridad supone no sólo enseñar a ser "buenos" y
"generosos", hacer colectas, participar en obras de bien público,
apoyar fundaciones y ong's. Es preciso crear una nueva mentalidad,
que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de
todos y cada uno por sobre la apropiación de los bienes por parte de
algunos. Una mentalidad nacida de aquella vieja enseñanza de la
Doctrina Social de la Iglesia acerca de la función social de la
propiedad o del destino universal de los bienes como derecho
primario, anterior a la propiedad privada, hasta el punto que ésta
se subordina a aquél. Esta mentalidad debe hacerse carne y
pensamiento en nuestras instituciones, debe dejar de ser letra
muerta para plasmarse en realidades que vayan configurando otra
cultura y otra sociedad. Es urgente luchar por el rescate de las
personas concretas, hijos e hijas de Dios, por sobre toda pretensión
de uso indiscriminado de los bienes de la tierra.
La
solidaridad, entonces, más que una actitud "afectiva" o individual,
es una forma de entender y vivir la actividad y la sociedad humana.
Debe reflejarse en ideas, prácticas, sentimientos, estructuras e
instituciones; implica un planteo global acerca de las diversas
dimensiones de la existencia; lleva a un compromiso por plasmarla en
las relaciones reales entre los grupos y las personas; exige no sólo
la actividad "privada" o "pública" que busca paliar las
consecuencias de los desequilibrios sociales sino también la
búsqueda de caminos que impidan que esos desequilibrios se
produzcan, caminos que no serán sencillos ni mucho menos festejados
por quienes han optado por un modelo de acumulación egoísta y de él
se han beneficiado.
Esta
solidaridad esencial pasa a ser una especie de "marca de fábrica",
de "certificado de autenticidad" del estilo cristiano, de aquella
forma de vida y aquella forma de llevar adelante la tarea educativa.
No necesitamos de ninguna ideología crítica al cristianismo para
plantear nuestra novedad. O somos capaces de formar hombres y
mujeres con esta nueva mentalidad, o habremos fracasado en nuestra
misión. Esto implicará también revisar los criterios que han guiado
nuestras acciones hasta el día de hoy. Cabe cuestionarnos:
¿dónde
está entre nosotros, esa solidaridad hecha cultura? No podemos negar
que existen múltiples signos de generosidad en nuestro pueblo; pero,
¿por qué no se plasman en una sociedad más justa y fraterna? ¿Dónde
está, entonces, la marca del Resucitado en el país que hemos
construido?
Quizá se
trate, una vez más, de una disociación entre los fines y los medios.
Pero esta afirmación merece un desarrollo un poco más detallado. Ya
mencioné que hoy se habla mucho de "excelencia" a veces desde una
concepción insolidaria y elitista. Los que "pueden" reclaman
"excelencia" porque "para ello pagan". Éste, lamentablemente, es un
discurso demasiado oído como para ignorarlo. El problema está que
nunca se pregunta seriamente qué pasa con los que "no pueden", y
mucho menos, cuáles son las causas que hacen que unos "sí puedan" y
otros "no puedan". Como tantas otras cosas debidas a una larga
cadena de acciones y decisiones humanas, esa situación se considera
un "dato", algo tan natural como la lluvia o el viento.
Ahora
bien, ¿qué pasaría si diéramos vuelta el planteo, y nos
propusiéramos alcanzar una excelencia de la solidaridad? El
diccionario de la Real Academia define "excelencia" como "superior
calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación
algo". Yendo más allá, sabemos que en la antigua Grecia la
excelencia era un concepto muy cercano a la virtud: la perfección en
algún orden socialmente valorado. No sólo el "aprecio", sino aquello
que lo merece: la superior capacidad que se pone de manifiesto en la
calidad de la acción. De este modo, hablar de "excelencia de la
solidaridad" implicaría, en un primer nivel, postular la solidaridad
como un bien deseable, enaltecer el valor de esa disposición y esa
práctica. Conlleva ante todo hacer bien lo que nos compete y partir
del espíritu de la misión propia de todo maestro, que empieza -como
el mismo Jesús lo señaló al lavar los pies a sus discípulos- por una
profunda conversión personal, afectiva y efectiva, que se traduzca
en testimonio: "Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado
los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les
he dado ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes" (Jn
13, 14-15).
En
segundo lugar, perfeccionar esa solidaridad. Hay momentos en que se
nos pide dar más, avanzar por sobre lo que veníamos trabajando y
brindando por imperio o reclamo de la misma realidad acuciante.
Podríamos hablar de una solidaridad "superficial" y una solidaridad
"fecunda". La primera la conocemos: meras declaraciones, ostentación
de generosidad, ayudas puntuales que a veces hipócritamente esconden
la verdadera raíz de los problemas... O, sin ir tan lejos, mero
sentimentalismo, falta de visión, superficialidad e ingenuidad. Por
el contrario, la excelencia de la solidaridad implicaría todo un
modo de pensar y de vivir, como decíamos más arriba; y más: una
preocupación efectiva por hacer de nuestras prácticas solidarias
acciones que realmente produzcan un cambio.
Aquí
visualizamos una posible razón de lo que parece una "impotencia de
la solidaridad". No basta con ser "buenos" y "generosos": hace falta
ser inteligentes, capaces, eficaces. Los cristianos hemos puesto
tanto el acento en la rectitud y sinceridad de nuestro amor, en la
conversión del corazón, que por momentos hemos prestado menos
atención al acierto objetivo en nuestra caridad fraterna. Como si lo
único importante fuera la intención... y se descuidan las
mediaciones adecuadas. Esto no basta; no basta para nuestros
hermanos más necesitados, víctimas de la injusticia y la exclusión,
a quienes "el interior de nuestro corazón" no los ayuda en su
necesidad. Ni tampoco basta para nosotros mismos: una solidaridad
inútil sólo sirve para paliar un poco los sentimientos de culpa. Se
necesitan fines elevados... y medios adecuados.
Así
vemos, finalmente, que no hay por qué oponer solidaridad y
excelencia, si las entendemos de este modo. Un maestro
sapiencialmente arraigado en el modelo de Jesús de Nazaret será
capaz de discernir en su propio corazón los motivos de su compromiso
y su entrega, y encontrará en su vocación, en sus capacidades
personales y en una activa preocupación por la formación y la
reflexión personal y comunitaria, el modo de generar un cambio en
sus educandos, en pos de una sociedad incluyente y fraterna. Y lo
hará con iniciativas concretas que vayan desde el tipo de trato que
mantiene y promueve con cada uno de sus alumnos hasta su
participación en la comunidad educativa en un sentido más integral;
desde su espíritu de compañerismo y solidaridad en el trabajo hasta
la firmeza de sus opciones éticas y espirituales, procurando siempre
descubrir, a partir de una mirada que conjugue inteligencia y amor
lo mejor de cada uno de sus chicos para promover en ellos la
"excelencia" de la virtud, la vocación personal a través de la cual
estarán llamados a vivir y sembrar el Reino.
De esta
manera llegamos al final de nuestra reflexión. Pensando en aquello
que hoy podemos y debemos aportar a nuestra Patria pusimos en el
centro de nuestra consideración la dimensión de Sabiduría que el
Evangelio de Jesús revela. ¡Un ideal digno de presidir el mejor de
los empeños educativos!
La
Sabiduría cristiana, Verdad, Vida y Camino, nos iluminó a la hora de
discernir algunos orientaciones éticas y opciones históricas para
nuestra tarea docente.
No
quedarnos en palabras sino construir sobre roca, significará
tomarnos en serio el sentido de nuestra misión: si en nuestras
escuelas no se gesta otra forma de ser humanos, otra cultura y otra
sociedad, estamos perdiendo el tiempo. Para avanzar en esa tarea,
les propuse el desafío de superar algunas antinomias que no nos
permiten crecer:
Primero,
proponernos provocar en nuestros chicos y jóvenes una transformación
que dé frutos de libertad, autodeterminación y creatividad y -al
mismo tiempo- se visualice en resultados en términos de habilidades
y conocimientos realmente operativos. Nuestro objetivo no es formar
islas de paz en medio de una sociedad desintegrada sino educar
personas con capacidad de transformar esa sociedad. Entonces,
"frutos" y "resultados".
Para
eso, optar sin vacilación por la lógica del Evangelio: lógica de la
gratuidad, del don incondicional, pero procurando administrar
nuestros recursos con la mayor responsabilidad y seriedad. Sólo así
podremos distinguir lo gratuito de lo indiferente y descuidado.
Gratuidad con eficiencia.
Y
finalmente, superando la destructiva ética de la competencia "todos
contra todos", llevar adelante una práctica de la solidaridad que
apunte a las raíces del egoísmo de un modo eficaz, no quedándonos en
meras declamaciones y quejas, sino poniendo nuestras mejores
capacidades al servicio de este ideal. Fines elevados y medios
adecuados: excelencia de la solidaridad.
Maestros
con el Maestro: testigos de una nueva sabiduría, nueva y eterna,
porque el Reino que Dios ha puesto en marcha en nuestra historia nos
llama a esperar siempre más que todas las búsquedas e intentos que
podamos soñar. En esa novedad universal podemos ser semillas de una
humanidad mejor, signo de lo que vendrá.
Nuestra
vocación no es nada menos que eso. ¿Olvidamos nuestra fragilidad?
Por el contrario, ella nos mueve a dejarnos llevar, con confianza de
pequeños, por la fuerza de quien nos sostiene y alienta, de quien
hace nuevas todas las cosas: el Espíritu Santo. Espíritu que hace
presente a Jesús Vivo en cada Eucaristía celebrada, como signo del
inagotable amor del Padre; reuniéndonos y enviándonos con audacia a
forjar entre todos un país educativo.
Buenos
Aires, en la Pascua del Año del Señor 2004
Jorge
Mario Bergoglio, s.j.
Arzobispo de Buenos Aires |