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MISA EN
SUFRAGIO DE LOS PAPAS PABLO VI Y JUAN PABLO I
HOMILÍA
DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER EN NOMBRE DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II
Martes 28
de septiembre de 2004
Queridos
hermanos y hermanas:
La liturgia
nos ofrece en la oración colecta y en la oración para después de la
comunión una interpretación del ministerio petrino, que aparece
también como perfil espiritual de los Papas Pablo VI y Juan Pablo I,
en conmemoración de los cuales celebramos esta misa. La colecta dice
que los Papas, "en el amor a Cristo, (...) han presidido tu
Iglesia"; y la oración después de la comunión pide al Señor que
conceda a los Sumos Pontífices, sus siervos, "entrar... en la plena
posesión de la verdad, en la que, con valentía apostólica,
confirmaron a sus hermanos". El amor y la verdad aparecen así como
los dos polos de la misión confiada a los Sucesores de Pedro.
Presidir la
Iglesia en el amor a Cristo: ¿cómo no pensar, en el contexto de
estas palabras, en la carta de san Ignacio a la Iglesia de Roma, a
la que el santo mártir, que vino de Antioquía, primera sede de san
Pedro, reconoce la "presidencia en el amor"? Su carta sigue diciendo
que la Iglesia de Roma "está en la ley de Cristo"; aquí alude a las
palabras de san Pablo en la carta a los Gálatas: "Ayudaos
mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo"
(Ga 6, 2). Presidir en la caridad es ante todo preceder "en el amor
de Cristo". Ahora bien, recordemos que el momento en el que a Pedro
se le confiere definitivamente el primado después de la resurrección
está relacionado con la pregunta repetida tres veces por el Señor:
"Simón de Juan, ¿me amas más que estos?" (Jn 21, 15 ss). Apacentar
la grey de Cristo y amar al Señor es la misma cosa. Es el amor de
Cristo el que guía a las ovejas por el recto camino y construye la
Iglesia. No podemos dejar de pensar en el gran discurso con el que
Pablo VI inauguró la segunda sesión del concilio Vaticano II. "Te,
Christe, solum novimus", fueron las palabras determinantes de ese
sermón. El Papa habló del mosaico de San Pablo extramuros, con la
grandiosa figura del Pantocrátor y, postrado a sus pies, el Papa
Honorio III, pequeño de estatura y casi insignificante ante la
grandeza de Cristo. El Papa continuó: Esta escena se repite con
plena realidad aquí, en nuestra asamblea. Esta fue su visión del
Concilio, también su visión del primado: todos nosotros a los pies
de Cristo, para ser siervos de Cristo, para servir al Evangelio: la
esencia del cristianismo es Cristo, no una doctrina, sino una
persona, y evangelizar es guiar a la amistad con Cristo, a la
comunión de amor con el Señor, que es la verdadera luz de nuestra
vida.
Presidir en
la caridad significa -repitámoslo- preceder en el amor a Cristo.
Pero el amor a Cristo implica el conocimiento de Cristo, la fe, e
implica también la participación en el amor de Cristo: ayudarse
mutuamente a llevar las cargas, como dice san Pablo. En su esencia
íntima el primado no es un ejercicio de poder, sino "llevar las
cargas de los demás", es responsabilidad del amor. El amor es
precisamente lo contrario de la indiferencia hacia el otro, no puede
admitir que en el otro se extinga el amor a Cristo, que se atenúen
la amistad y el conocimiento del Señor, que "las preocupaciones del
mundo y la seducción de las riquezas ahoguen la Palabra" (Mt 13,
22). Finalmente, el amor a Cristo es amor a los pobres, a los que
sufren. Sabemos bien cómo nuestros Papas estaban comprometidos con
decisión contra la injusticia, en favor de los derechos de los
oprimidos, de aquellos sin poder: el amor a Cristo no es algo
individualista, sólo espiritual; concierne a la carne, concierne al
mundo y debe transformar el mundo.
Por último,
presidir en la caridad concierne a la Eucaristía, que es la
presencia real del amor encarnado, presencia del cuerpo de Cristo
ofrecido por nosotros. La Eucaristía crea la Iglesia, crea esta gran
red de comunión que es el Cuerpo de Cristo, y así crea la caridad.
Con este espíritu celebramos unidos a los vivos y a los difuntos la
santa misa, el sacrificio de Cristo, del que brota el don de la
caridad.
El amor
sería ciego sin la verdad. Por eso, quien debe preceder en el amor
recibe la promesa del Señor: "Simón, Simón, he rogado por ti, para
que tu fe no desfallezca" (Lc 22, 32). El Señor ve que Satanás trata
de "cribaros como trigo" (Lc 22, 31). Mientras que esta prueba atañe
a todos los discípulos, Cristo ruega de modo especial "por ti", por
la fe de Pedro, y en esta oración se basa la misión "confirma a tus
hermanos". La fe de Pedro no viene de sus propias fuerzas; la
indefectibilidad de la fe de Pedro está cimentada en la oración de
Jesús, el Hijo de Dios: "He rogado por ti, para que tu fe no
desfallezca". Esta oración de Jesús es el fundamento seguro de la
misión de Pedro por todos los siglos, y la oración después de la
comunión puede decir acertamente que los Sumos Pontífices Pablo VI y
Juan Pablo I confirmaron "con valentía apostólica" a sus hermanos.
En un tiempo en que vemos cómo Satanás "criba como trigo" a los
discípulos de Cristo, la fe imperturbable de los Papas fue
visiblemente la roca sobre la cual se apoya la Iglesia.
"Yo sé que
está vivo mi Redentor", dice el texto de Job en la primera lectura
de esta liturgia, lo dice en un momento de gran prueba; lo dice
mientras Dios se esconde y parece ser su adversario. Cubierto por el
velo del sufrimiento, sin conocer su nombre y su rostro, Job "sabe"
que su Redentor vive, y esta certeza es su gran consuelo en medio de
las tinieblas de la prueba. Jesucristo ha quitado el velo que cubría
a Job el rostro de Dios. Sí, nuestro Redentor vive, y "todos
nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo
la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen",
dice san Pablo (2 Co 3, 18). Nuestro Redentor vive; tiene un rostro
y un nombre: Jesucristo. Nuestros "ojos lo contemplarán". Los Papas
difuntos nos dan esta certeza, y así nos guían "hacia la plena
posesión de la verdad", confirmándonos en la fe en nuestro Redentor.
Amén. |