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HOMILÍA
DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Catedral de
San Patricio, Nueva York
Sábado 19 de abril de 2008
Queridos hermanos y hermanas en
Cristo:
Saludo con gran afecto en el Señor a
todos vosotros que representáis a los Obispos,
sacerdotes y diáconos, a los hombres y mujeres de vida
consagrada, y a los seminaristas de los Estados Unidos.
Agradezco al Cardenal Egan la cordial bienvenida y
felicitación que ha expresado en nombre vuestro, al
inicio del cuarto año de mi Pontificado. Me alegra
celebrar esta Misa con vosotros que habéis sido elegidos
por el Señor, que habéis respondido a su llamado y que
dedicáis vuestra vida a la búsqueda de la santidad, a la
difusión del Evangelio y a la edificación de la Iglesia
en la fe, en la esperanza y en el amor.
Reunidos en esta histórica catedral,
¿cómo no recordar a los innumerables hombres y mujeres
que os han precedido, que han trabajado por el
crecimiento de la Iglesia en los Estados Unidos,
dejándonos un patrimonio duradero de fe y de obras
buenas? En la primera lectura de hoy hemos visto cómo
los Apóstoles, con la fuerza del Espíritu Santo,
salieron de la sala del piso superior para anunciar las
grandes obras de Dios a personas de toda nación y
lengua. En este país la misión de la Iglesia ha
conllevado siempre atraer a la gente “de todas las
naciones de la tierra” (Hch 2,5) hacia una unidad
espiritual enriqueciendo el Cuerpo de Cristo con la
multiplicidad de sus dones. Al mismo tiempo que damos
gracias por estas preciosas bendiciones del pasado y
consideramos los desafíos del futuro, queremos implorar
de Dios la gracia de un nuevo Pentecostés para la
Iglesia en América. ¡Que desciendan sobre todos los
presentes lenguas como de fuego, fundiendo el amor
ardiente a Dios y al prójimo con el celo por la
propagación del Reino de Dios!
En la segunda lectura de esta mañana
san Pablo nos recuerda que la unidad espiritual –
aquella unidad que reconcilia y enriquece la diversidad
– tiene su origen y su modelo supremo en la vida del
Dios uno y trino. La Trinidad, como comunión de amor y
libertad infinita, hace nacer incesantemente la vida
nueva en la obra de la creación y redención. La Iglesia,
como “pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo” (Lumen
gentium, 4), está llamada a proclamar el don de
la vida, a proteger la vida y a promover una cultura de
la vida. Aquí, en esta catedral, nuestro recuerdo se
dirige naturalmente al testimonio heroico por el
Evangelio de la vida, dado por los difuntos Cardenales
Cooke y O’Connor. La proclamación de la vida, de la vida
abundante, debe ser el centro de la nueva
evangelización. Pues la verdadera vida – nuestra
salvación – se encuentra sólo en la reconciliación, en
la libertad y en el amor que son dones gratuitos de
Dios.
Éste es el mensaje de esperanza que
estamos llamados a anunciar y encarnar en un mundo en el
que egocentrismo, avidez, violencia y cinismo parecen
sofocar muy a menudo el crecimiento frágil de la gracia
en el corazón de la gente. San Ireneo comprendió con
gran profundidad que la exhortación de Moisés al pueblo
de Israel: “Elige la vida” (Dt 30,19) era la
razón más profunda para nuestra obediencia a todos los
mandamientos de Dios (cf. Adv. Haer. IV, 16,
2-5). Quizás hemos perdido de vista que en una sociedad
en la que la Iglesia parece a muchos que es legalista e
“institucional”, nuestro desafío más urgente es
comunicar la alegría que nace de la fe y de la
experiencia del amor de Dios.
Soy particularmente feliz que nos
hayamos reunido en la catedral de San Patricio. Este
lugar, quizás más que cualquier otro templo de Estados
Unidos, es conocido y amado como “una casa de oración
para todos los pueblos” (cf. Is 56,7; Mc
11,17). Cada día miles de hombres, mujeres y niños
entran por sus puertas y encuentran la paz dentro de sus
muros. El Arzobispo John Hughes – como nos ha recordado
el Cardenal Egan – fue el promotor de la construcción de
este venerable edificio; quiso erigirlo en puro estilo
gótico. Quería que esta catedral recordase a la joven
Iglesia en América la gran tradición espiritual de la
que era heredera, y que la inspirase a llevar lo mejor
de este patrimonio en la edificación del Cuerpo de
Cristo en este país. Quisiera llamar vuestra atención
sobre algunos aspectos de esta bellísima estructura, que
me parece que puede servir como punto de partida para
una reflexión sobre nuestras vocaciones particulares
dentro de la unidad del Cuerpo místico.
El primer aspecto se refiere a los
ventanales con vidrieras historiadas que inundan el
ambiente interior con una luz mística. Vistos desde
fuera, estos ventanales parecen oscuros, recargados y
hasta lúgubres. Pero cuando se entra en el templo, de
improviso toman vida; al reflejar la luz que las
atraviesa revelan todo su esplendor. Muchos escritores –
aquí en América podemos recordar a Nathaniel Hawthorne –
han usado la imagen de estas vidrieras historiada para
ilustrar el misterio de la Iglesia misma. Solamente
desde dentro, desde la experiencia de fe y de vida
eclesial, es como vemos a la Iglesia tal como es
verdaderamente: llena de gracia, esplendorosa por su
belleza, adornada por múltiples dones del Espíritu. Una
consecuencia de esto es que nosotros, que vivimos la
vida de gracia en la comunión de la Iglesia, estamos
llamados a atraer dentro de este misterio de luz a toda
la gente.
No es un cometido fácil en un mundo
que es propenso a mirar “desde fuera” a la Iglesia,
igual que a aquellos ventanales: un mundo que siente
profundamente una necesidad espiritual, pero que
encuentra difícil “entrar en el” misterio de la Iglesia.
También para algunos de nosotros, desde dentro, la luz
de la fe puede amortiguarse por la rutina y el esplendor
de la Iglesia puede ofuscarse por los pecados y las
debilidades de sus miembros. La ofuscación puede
originarse por los obstáculos encontrados en una
sociedad que, a veces, parece haber olvidado a Dios e
irritarse ante las exigencias más elementales de la
moral cristiana. Vosotros, que habéis consagrado vuestra
vida para dar testimonio del amor de Cristo y para la
edificación de su Cuerpo, sabéis por vuestro contacto
diario con el mundo que nos rodea, cuantas veces se
siente la tentación de ceder a la frustración, a la
desilusión e incluso al pesimismo sobre el futuro. En
una palabra: no siempre es fácil ver la luz del Espíritu
a nuestro alrededor, el esplendor del Señor resucitado
que ilumina nuestra vida e infunde nueva esperanza en su
victoria sobre el mundo (cf. Jn 16,33).
Sin embargo, la palabra de Dios nos
recuerda que, en la fe, vemos los cielos abiertos y la
gracia del Espíritu Santo que ilumina a la Iglesia y que
lleva una esperanza segura a nuestro mundo. “Señor, Dios
mío”, canta el salmista, “envías tu aliento y los creas,
y repueblas la faz de la tierra” (Sal 104,30).
Estas palabras evocan la primera creación, cuando “el
Aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” (Gn
1,2). Y ellas impulsan nuestra mirada hacia la nueva
creación, hacia Pentecostés, cuando el Espíritu Santo
descendió sobre los Apóstoles e instauró la Iglesia como
primicia de la humanidad redimida (cf. Jn
20,22-23). Estas palabras nos invitan a una fe cada vez
más profunda en la potencia infinita de Dios, que
transforma toda situación humana, crea vida desde la
muerte e ilumina también la noche más oscura. Y nos
hacen pensar en otra bellísima frase de san Ireneo:
“Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios;
donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y
toda gracia” (Adv. Haer. III, 24,1).
Esto me lleva a otra reflexión sobre
la arquitectura de este templo. Como todas las
catedrales góticas, tiene una estructura muy compleja,
cuyas proporciones precisas y armoniosas simbolizan la
unidad de la creación de Dios. Los artistas medievales a
menudo representaban a Cristo, la Palabra creadora de
Dios, como un “aparejador” celestial con el compás en
mano, que ordena el cosmos con infinita sabiduría y
determinación. Esta imagen, ¿no nos hace pensar quizás
en la necesidad de ver todas las cosas con los ojos de
la fe para, de este modo, poder comprenderlas en su
perspectiva más auténtica, en la unidad del plan eterno
de Dios? Esto requiere, como sabemos, una continua
conversión y el esfuerzo de “renovarnos en el espíritu
de nuestra mente” (cf. Ef 4,23) para conseguir
una mentalidad nueva y espiritual. Exige también el
desarrollo de aquellas virtudes que hacen a cada uno de
nosotros capaz de crecer en santidad y dar frutos
espirituales en el propio estado de vida. Esta constante
conversión “intelectual”, ¿acaso no es tan necesaria
como la conversión “moral” para nuestro crecimiento en
la fe, para nuestro discernimiento de los signos de los
tiempos y para nuestra aportación personal a la vida y
misión de la Iglesia?
Una de las grandes desilusiones que
siguieron al Concilio Vaticano II, con su exhortación a
un mayor compromiso en la misión de la Iglesia para el
mundo, pienso que haya sido para todos nosotros la
experiencia de división entre diferentes grupos,
distintas generaciones y diversos miembros de la misma
familia religiosa. ¡Podemos avanzar sólo si fijamos
juntos nuestra mirada en Cristo! Con la luz de la fe
descubriremos entonces la sabiduría y la fuerza
necesarias para abrirnos hacia puntos de vista que no
siempre coinciden del todo con nuestras ideas o nuestras
suposiciones. Así podemos valorar los puntos de vista de
otros, ya sean más jóvenes o más ancianos que nosotros,
y escuchar por fin “lo que el Espíritu nos dice” a
nosotros y a la Iglesia (cf. Ap 2, 7). De este
modo caminaremos juntos hacia la verdadera renovación
espiritual que quería el Concilio, la única renovación
que puede reforzar la Iglesia en la santidad y en la
unidad indispensable para la proclamación eficaz del
Evangelio en el mundo de hoy.
¿No ha sido quizás esta unidad de
visión y de intentos. - basada en la fe y en el espíritu
de continua conversión y sacrificio personal - el
secreto del crecimiento sorprendente de la Iglesia en
este país? Basta pensar en la obra extraordinaria de
aquel sacerdote americano ejemplar, el venerable Michael
McGivney, cuya visión y celo le llevaron a la fundación
de los Caballeros de Colón, o en la herencia espiritual
de generaciones de religiosas, religiosos y sacerdotes
que, silenciosamente, han dedicado su vida al servicio
del pueblo de Dios en innumerables escuelas, hospitales
y parroquias.
Aquí, en el contexto de nuestra
necesidad de una perspectiva fundamentada en la fe, y de
unidad y colaboración en el trabajo de edificación de la
Iglesia, querría decir unas palabras sobre los abusos
sexuales que han causado tantos sufrimientos. Ya he
tenido ocasión de hablar de esto y del consiguiente daño
para la comunidad de los fieles. Ahora deseo expresaros
sencillamente, queridos sacerdotes y religiosos, mi
cercanía espiritual, al mismo tiempo que tratáis de
responder con esperanza cristiana a los continuos
desafíos surgidos por esta situación. Me siento unido a
vosotros rezando para que éste sea un tiempo de
purificación para cada uno y para cada Iglesia y
comunidad religiosa, y también un tiempo de sanación. Os
animo también a colaborar con vuestros Obispos, que
siguen trabajando eficazmente para resolver este
problema. Que nuestro Señor Jesucristo conceda a la
Iglesia en América un renovado sentido de unidad y
decisión, mientras todos –Obispos, clero, religiosos,
religiosas y laicos– caminan en la esperanza y en el
amor recíproco y para la verdad.
Queridos amigos, estas
consideraciones me llevan a una última observación sobre
esta gran catedral en la que nos encontramos. La unidad
de una catedral gótica, es sabido, no es la unidad
estática de un templo clásico, sino una unidad nacida de
la tensión dinámica de diferentes fuerzas que empujan la
arquitectura hacia arriba, orientándola hacia el cielo.
Aquí podemos ver también un símbolo de la unidad de la
Iglesia que es – como nos ha dicho san Pablo - unidad de
un cuerpo vivo compuesto por muchos elementos
diferentes, cada uno con su propia función y su propia
determinación. Aquí vemos también la necesidad de
reconocer y respetar los dones de cada miembro del
cuerpo como “manifestación del Espíritu para provecho
común” (1 Co 12,7). Ciertamente, en la estructura
de la Iglesia querida por Dios se ha de distinguir entre
los dones jerárquicos y los carismáticos (cf.
Lumen gentium, 4). Pero precisamente la variedad
y riqueza de las gracias concedidas por el Espíritu nos
invitan constantemente a discernir cómo estos dones
tienen que ser insertados correctamente en el servicio
de la misión de la Iglesia. Vosotros, queridos
sacerdotes, por medio de la ordenación sacramental,
habéis sido conformados con Cristo, Cabeza del Cuerpo.
Vosotros, queridos diáconos, habéis sido ordenados para
el servicio de este Cuerpo. Vosotros, queridos
religiosos y religiosas, tanto los contemplativos como
los dedicados al apostolado, habéis consagrado vuestra
vida a seguir al divino Maestro en el amor generoso y en
plena fidelidad a su Evangelio. Todos vosotros que hoy
llenáis esta catedral, así como vuestros hermanos y
hermanas ancianos, enfermos o jubilados que ofrecen sus
oraciones y sus sacrificios para vuestro trabajo, estáis
llamados a ser fuerzas de unidad dentro del Cuerpo de
Cristo. A través de vuestro testimonio personal y de
vuestra fidelidad al ministerio o al apostolado que se
os ha confiado preparáis el camino al Espíritu. Ya que
el Espíritu nunca deja de derramar sus abundantes dones,
suscitar nuevas vocaciones y nuevas misiones, y de
dirigir a la Iglesia - como el Señor ha prometido en el
fragmento evangélico de esta mañana – hacia la verdad
plena (cf. Jn 16, 13).
¡Dirijamos, pues, nuestra mirada
hacia arriba! Y con gran humildad y confianza pidamos al
Espíritu que cada día nos haga capaces de crecer en la
santidad que nos hará piedras vivas del templo que Él
está levantando justamente ahora en el mundo. Si tenemos
que ser auténticas fuerzas de unidad, ¡esforcémonos
entonces en ser los primeros en buscar una
reconciliación interior a través de la penitencia!
¡Perdonemos las ofensas padecidas y dominemos todo
sentimiento de rabia y de enfrentamiento! ¡Esforcémonos
en ser los primeros en demostrar la humildad y la pureza
de corazón necesarias para acercarnos al esplendor de la
verdad de Dios! En fidelidad al depósito de la fe
confiado a los Apóstoles (cf. 1 Tm 6,20),
¡esforcémonos en ser testigos alegres de la fuerza
transformadora del Evangelio!
¡Queridos hermanos y hermanas, de
acuerdo con las tradiciones más nobles de la Iglesia en
este país, sed también los primeros amigos del pobre,
del prófugo, del extranjero, del enfermo y de todos los
que sufren! ¡Actuad como faros de esperanza, irradiando
la luz de Cristo en el mundo y animando a los jóvenes a
descubrir la belleza de una vida entregada enteramente
al Señor y a su Iglesia! Dirijo este llamado de modo
especial a los numerosos seminaristas y jóvenes
religiosas y religiosos aquí presentes. Cada uno de
vosotros tiene un lugar particular en mi corazón. No
olvidéis nunca que estáis llamados a llevar adelante,
con todo el entusiasmo y la alegría que os da el
Espíritu, una obra que otros han empezado, un patrimonio
que un día vosotros tendréis que pasar también a una
nueva generación. ¡Trabajad con generosidad y alegría,
porque Aquél a quien servís es el Señor!
Las agujas de las torres de la
catedral de san Patricio han sido muy superadas por los
rascacielos del tipo de Manhattan; sin embargo, en el
corazón de esta metrópoli ajetreada ellas son un signo
vivo que recuerda la constante nostalgia del espíritu
humano de elevarse hacia Dios. En esta Celebración
eucarística queremos dar gracias al Señor porque nos
permite reconocerlo en la comunión de la Iglesia y
colaborar con Él, edificando su Cuerpo místico y
llevando su palabra salvadora como buena nueva a los
hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y después, cuando
salgamos de este gran templo, caminemos como mensajeros
de la esperanza en medio de esta ciudad y en todos
aquellos lugares donde nos ha puesto la gracia de Dios.
De este modo la Iglesia en América conocerá una nueva
primavera en el Espíritu e indicará el camino hacia
aquella otra ciudad más grande, la nueva Jerusalén, cuya
luz es el Cordero (cf. Ap 21,23). Por esto Dios
está preparando también ahora un banquete de alegría y
de vida infinitas para todos los pueblos. Amén
Palabras improvisadas del Santo
Padre al final de la celebración de la Santa Misa
En este momento no me queda más que
agradecerles su amor a la Iglesia y a Nuestro Señor;
agradecerles que también ofrezcan su amor al pobre
Sucesor de San Pedro. Intentaré hacer todo lo posible
para ser un digno sucesor de este gran Apóstol, el cual
era también un hombre con sus defectos y sus pecados,
pero que al final sigue siendo la roca de la Iglesia.
Con toda mi pobreza espiritual, también yo puedo ser
ahora, por gracia del Señor, el Sucesor de Pedro.
Ciertamente las plegarias y el amor de ustedes son lo
que me da la certeza de que el Señor me ayudará en mi
ministerio. Les agradezco profundamente, pues, su amor,
sus oraciones. En este momento, mi respuesta a todo lo
que me han dado durante mi visita es la bendición que
ahora les imparto al final de esta hermosa Celebración.
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Homilía de Benedicto XVI en el
tercer aniversario del fallecimiento del Siervo de
Dios Juan Pablo II
Queridos hermanos y hermanas:
La fecha del 2 de abril ha
quedado grabada en la memoria de la Iglesia como
el día del adiós a este mundo del siervo de Dios
el Papa Juan Pablo II. Revivamos con emoción las
horas de aquel sábado por la tarde, cuando la
noticia del fallecimiento fue acogida por una gran
muchedumbre en oración que llenaba la Plaza de San
Pedro. Durante varios días, la Basílica Vaticana y
esta Plaza se convirtieron verdaderamente en el
corazón del mundo. Un río ininterrumpido de
peregrinos rindió homenaje a los restos del
venerado pontífice y sus funerales supusieron un
ulterior testimonio de la estima y del afecto que
se había conquistado en el espíritu de tantos
creyentes y personas de todos los rincones de la
tierra.
Al igual que hace tres años,
tampoco hoy ha pasado mucho tiempo tras la Pascua.
El corazón de la Iglesia se encuentra todavía
sumergido en el misterio de la Resurrección del
Señor. En verdad, podemos leer toda la vida de mi
querido predecesor, en particular su ministerio
petrino, según el signo de Cristo Resucitado. Él
sentía una fe extraordinaria en Él, y con Él
mantenía una conversación íntima, singular,
ininterrumpida. Entre sus muchas cualidades
humanas y sobrenaturales, tenía una excepcional
sensibilidad espiritual y mística.
Bastaba observarle mientras
rezaba: se sumergía literalmente en Dios y parecía
que todo lo demás en aquellos momentos fuera
ajeno. En las celebraciones litúrgicas estaba
atento al misterio en acto, con una aguda
capacidad para percibir la elocuencia de la
Palabra de Dios en el devenir de la historia,
penetrando en el nivel profundo del designio de
Dios. La santa misa, como repitió con frecuencia,
era para él el centro de cada día y de toda la
existencia. La realidad «viva y santa» de la
Eucaristía que le daba energía espiritual para
guiar al Pueblo de Dios en el camino de la
historia.
Juan Pablo II expiró en la
vigilia del segundo domingo de Pascua, «el día que
hizo el Señor». Toda su agonía tuvo lugar en ese
«día», en un espacio-tiempo nuevo, que es el
«octavo día», querido por la Santísima Trinidad a
través de la obra del Verbo encarnado, muerto y
resucitado. El Papa Juan Pablo II demostró en
varias ocasiones que ya antes, durante su vida, y
especialmente en el cumplimiento de la misión de
Sumo Pontífice, se encontraba de alguna manera
sumergido en esta dimensión espiritual.
Su pontificado, en su conjunto
y en muchos momentos específicos, se nos presenta
como un signo y un testimonio de la Resurrección
de Cristo. El dinamismo pascual, que ha hecho de
la existencia de Juan Pablo II una respuesta total
a la llamada del Señor, no podía expresarse sin
participar en los sufrimientos y en la muerte del
divino Maestro y Redentor. «Es cierta esta
afirmación --afirma el apóstol Pablo--: Si hemos
muerto con él, también viviremos con él; si nos
mantenemos firmes, también reinaremos con él» (2
Timoteo 2, 11-12).
Desde niño, Karol Wojtyla había
experimentado la verdad de estas palabras, al
encontrar en su camino la cruz, en su familia y en
su pueblo. Muy pronto decidió llevarla junto a
Jesús, siguiendo sus huellas. Quiso ser un
servidor fiel suyo hasta acoger la llamada al
sacerdocio como don y compromiso de toda la vida.
Con Él vivió y con Él quiso morir. Y todo esto a
través de la singular mediación de María
santísima, madre de la Iglesia, madre del Redentor
íntima y realmente asociada a su misterio
salvífico de muerte y de resurrección.
En esta reflexión evocativa nos
guían las lecturas bíblicas que se acaban de
proclamar: «¡No tengáis miedo!» (Mateo 28,
5). Las palabras del ángel de la resurrección,
dirigidas a las mujeres ante el sepulcro vacío,
que acabamos de escuchar, se han convertido en una
especie de lema en los labios del Papa Juan Pablo
II, desde el solemne inicio de su ministerio
petrino. Las repitió en varias ocasiones a la
Iglesia y a la humanidad en el camino hacia el año
2000, y después al atravesar aquella histórica
etapa, así como después, en la aurora del tercer
milenio. Las pronunció siempre con inflexible
firmeza, primero enarbolando el báculo pastoral
coronado por la Cruz y, después, cuando las
energías físicas se iban debilitando, casi
agarrándose a él, hasta aquel último Viernes
Santo, en el que participó en el Vía Crucis desde
su capilla privada, apretando entre sus brazos la
Cruz. No podemos olvidar aquel último y silencioso
testimonio de amor a Jesús. Aquella elocuente
escena de sufrimiento humano y de fe, en aquel
último Viernes Santo, también indicaba a los
creyentes y al mundo el secreto de toda la vida
cristiana. Aquel «No tengáis miedo» no se basaba
en las fuerzas humanas, ni en los éxitos logrados,
sino únicamente en la Palabra de Dios, en la Cruz
y en la Resurrección de Cristo. En la medida en la
que iba desnudándose de todo, al final, incluso de
la misma palabra, esta entrega total a Cristo se
manifestó con creciente claridad. Como le sucedió
a Jesús, también en el caso de Juan Pablo II las
palabras dejaron lugar al final al último
sacrificio, la entrega de sí. Y la muerte fue el
sello de una existencia totalmente entregada a
Cristo, conformada con Él incluso físicamente con
los rasgos del sufrimiento y del abandono confiado
en los brazos del Padre celestial. «Dejad que vaya
al Padre», estas palabras --testimonia quien
estuvo a su lado-- fueron sus últimas palabras,
cumplimiento de una vida totalmente orientada a
conocer y contemplar el rostro del Señor.
Venerados y queridos hermanos:
os doy las gracias a todos por haberos unidos a mí
en esta misa de sufragio por el amado Juan Pablo
II. Dirijo un pensamiento particular a los
participantes en el primer congreso mundial sobre
la Divina Misericordia, que comienza precisamente
hoy, y que quiere profundizar en su rico
magisterio sobre este tema. La misericordia de
Dios, lo dijo él mismo, es una clave de lectura
privilegiada de su pontificado. Él quería que el
mensaje del amor misericordioso de Dios alcanzara
a todos los hombres y exhortaba a los fieles a ser
sus testigos (Cf.
Homilía en Cracovia-Lagiewniki, 17 de
agosto de 2002).
Por este motivo, quiso elevar
al honor de los altares a sor Faustina Kowalska,
humilde religiosa convertida por un misterioso
designio divino en la mensajera profética de la
Divina Misericordia. El siervo de Dios Juan Pablo
II había conocido y vivido personalmente las
terribles tragedias del siglo XX, y se preguntó
durante mucho tiempo qué podría detener al avance
del mal. La respuesta sólo podía encontrarse en el
amor de Dios. Sólo la Divina Misericordia, de
hecho, es capaz de poner límites al mal; sólo el
amor omnipotente de Dios puede derrotar la
prepotencia de los malvados y el poder destructor
del egoísmo y del odio. Por este motivo, durante
su última visita a Polonia, al regresar a su
tierra natal, dijo: «Fuera de la misericordia de
Dios, no existe otra fuente de esperanza para el
hombre» (ibídem).
Demos gracias al Señor porque
ha entregado a la Iglesia este servidor suyo fiel
y valiente. Alabemos y bendigamos a la Virgen
María por haber velado incesantemente sobre su
persona y su ministerio para beneficio del pueblo
cristiano y de toda la humanidad. Y mientras
ofrecemos por su alma elegida el Sacrificio
redentor, le pedimos que siga intercediendo desde
el Cielo por cada uno de nosotros, por mí de
manera especial, a quien la Providencia ha llamado
a recoger su inestimable herencia espiritual. Que
la Iglesia, siguiendo sus enseñanzas y ejemplos,
pueda continuar fielmente sin compromisos su
misión evangelizadora, difundiendo sin cansarse el
amor misericordioso de Cristo, manantial de
verdadera paz para el mundo entero.
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