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Ésta es la homilía de
la Misa Pro Eligendo Summo Pontífice que presidió en la Basílica
Vaticana, el entonces Cardenal Decano del Colegio Cardenalicio,
Joseph Ratzinger, y fue concelebrada por 115 cardenales electores:
“En este
momento de gran responsabilidad, escuchamos con particular atención
cuanto el Señor nos dice con sus mismas palabras. De las tres
lecturas quisiera escoger solo algunos aspectos, que nos atañen
directamente en un momento como este.
La primera
lectura ofrece un retrato profético de la figura del Mesías- un
retrato que recibe todo su significado desde el momento en el que
Jesús lee este texto en la sinagoga de Nazareth, cuando dice: “Hoy
se ha cumplido esta escritura” (Lc 4, 21). Al centro del texto
profético encontramos una palabra que- al menos a primera vista-
parece contradictoria. El Mesías, hablando de sí, dice ser enviado
“a promulgar el año de la misericordia del Señor, un día de venganza
para nuestro Dios.” (Is 61, 2). Escuchamos, con gozo, el anuncio del
año de misericordia: la misericordia divina pone un límite al mal-
nos ha dicho el Santo Padre. Jesucristo es la misericordia divina en
persona: encontrar a Cristo significa encontrar la misericordia de
Dios. El mandato de Cristo se ha convertido en mandato nuestro a
través de la unción sacerdotal; somos llamados a promulgar- no solo
con palabras sino con la vida, y con los signos eficaces de los
sacramentos, “el año de misericordia del Señor”. Pero ¿qué quiere
decir Isaías cuando anuncia “el día de la venganza para nuestro
Dios”? Jesús, en Nazareth, en su lectura del texto profético, no ha
pronunciado estas palabras- ha concluido anunciado el año de la
misericordia. ¿Ha sido tal vez este el motivo del escándalo que se
dio después de su prédica? No lo sabemos. En todo caso el Señor ha
ofrecido su comentario auténtico a estas palabras con la muerte de
cruz. “Él cargó con nuestros pecados en su cuerpo sobre el leño de
la cruz...”, dice San Pedro (1 Pe 2, 24). Y San Pablo escribe a los
Gálatas: “Cristo nos ha rescatado de la maldición de la ley,
haciéndose a sí mismo maldición por nosotros, como está escrito:
Maldito quien pende del leño, para que en Cristo Jesús la bendición
de Abraham pase a las gentes y nosotros nos revistamos de la promesa
del Espíritu mediante la fe” (Gal 3, 13s).
La
misericordia de Cristo no es una gracia a buen mercado, no supone la
vanalización del mal. Cristo lleva en su cuerpo y sobre el alma todo
el peso del mal, toda su fuerza destructiva. Él quema y transforma
el mal en el sufrimiento, en el fuego de su amor sufriente. El día
de la venganza y el año de la misericordia coinciden en el misterio
pascual, en el Cristo muerto y resucitado. Esta es la venganza de
Dios: él mismo, en la persona del Hijo, sufre por nosotros. Cuanto
más somos tocados por la misericordia del Señor, tanto más entramos
en solidaridad con su sufrimiento- nos hacemos disponibles para
completar en nuestra carne “aquello que falta a los sufrimientos de
Cristo” (Col 1, 24).
Pasamos a
la segunda lectura, a la carta a los Efesios. Aquí se trata en
sustancia de tres cosas: en primer lugar, de los ministerios y de
los carismas en la Iglesia, como dones del Señor resucitado y
ascendido al cielo; entonces, de la maduración de la fe y del
conocimiento del Hijo de Dios, como condición y contenido de la
unidad en el cuerpo de Cristo; y, en fin, de la común participación
al crecimiento del cuerpo de Cristo, es decir de la transformación
del mundo en la comunión con el Señor.
Detengámonos solo sobre dos aspectos. El primero es el camino hacia
“la madurez de Cristo”; así dice, simplificando un poco, el texto
italiano. Más precisamente deberíamos, según el texto griego, hablar
de la “medida de la plenitud de Cristo”, a la que somos llamados a
llegar para ser realmente adultos en la fe. No deberíamos permanecer
niños en la fe, en estado de minoridad. ¿Y en qué consiste el ser
niños en la fe? Responde San Pablo: significa ser “llevados a la
deriva y zarandeados por cualquier viendo de doctrina...” (Ef 4,
14). ¡Una descripción muy actual!
Cuantas
doctrinas hemos conocido en estas últimas décadas, cuantas
corrientes ideológicas, cuantos modos de pensar... La pequeña barca
del pensamiento de muchos cristianos ha sido no raramente agitada
por estas olas- botada de un extremo al otro: del marxismo al
liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al
individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso;
del agnosticismo al sincretismo y así en adelante. Cada día nacen
nuevas sectas y se realiza cuanto dice San Pablo sobre el engaño de
los hombres, sobre la astucia que tiende a arrastrar hacia el error
(cf Ef 4, 14). Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia,
viene constantemente etiquetado como fundamentalismo. Mientras el
relativismo, es decir el dejarse llevar “de aquí hacia allá por
cualquier tipo de doctrina”, aparece como la única aproximación a la
altura de los tiempos hodiernos. Se va constituyendo una dictadura
del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como
última media solo el propio yo y sus ganas.
Nosotros,
en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero
hombre. Es el la medida del verdadero humanismo. “Adulta” no es la
fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y
madura es la fe profundamente radicada en la amistad con Cristo. Es
esta amistad que nos abre a todo aquello que es bueno y nos dona el
criterio para discernir entre el verdadero y el falso, entre engaño
y verdad. Esta fe adulta es la que debemos madurar, a esta fe
debemos guiar el rebaño de Cristo. Y es esta fe- solo la fe- que
crea unidad y se realiza en la caridad. San Pablo nos ofrece a este
propósito- en contraste con las continuas peripecias de aquellos que
son como niños llevados a la deriva por las olas- una bella palabra:
hacer la verdad en la caridad, como fórmula fundamental de la
existencia cristiana. En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la
medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida,
verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad sería ciega; la
verdad sin caridad sería como “un cimbalo que tintinea” (1 Cor 13,
1).
Vamos ahora
al Evangelio, de cuya riqueza quisiera extraer solo dos pequeñas
observaciones. El Seños nos dirige estas maravillosas palabras: “No
os llamo más siervos... mas os he llamado amigos” (Jn 15, 14).
Tantas veces sentimos que somos- como es verdad- solamente siervos
inútiles (cf Lc 17, 10). Y, no obstante esto, el Señor nos llama
amigos, nos hace sus amigos, nos dona su amistad. El Señor define
amistad en un dúplice modo. No hay secretos entre los amigos: Cristo
nos dice todo lo que escucha del Padre; nos dona su plena confianza
y, con la confianza, también el conocimiento. Nos revela su rostro,
su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado
que va hasta la locura de la cruz. Se confía a nosotros, nos da el
poder de hablar con su yo: “este es mi cuerpo...”, “yo te
absuelvo...”. Confía su cuerpo, la Iglesia, a nosotros. Confía a
nuestras débiles mentes, a nuestras débiles manos su verdad- el
misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; el misterio del Dios
que “tanto ha amado el mundo que ha dado a su Hijo unigénito” (Jn 3,
16). Nos ha hecho sus amigos- y nosotros ¿cómo respondemos?
El segundo
elemento, con el que Jesús define la amistad, es la comunión de las
voluntades. “Idem velle- idem nolle”, era también para los Romanos
la definición de amistad. “Vosotros sois mis amigos, si hacéis
aquello que os ordeno” (Jn 15, 14). La amistad con Cristo coincide
con lo que expresa la tercera petición del Padre nuestro: “Hágase tu
voluntad en la tierra como en el cielo”. En la hora del Getsemani
Jesús ha transformado nuestra voluntad humana rebelde en voluntad
conforme y unida a la voluntad divina. Ha sufrido todo el drama de
nuestra autonomía- y llevando nuestra voluntad en las manos de Dios,
nos dona la verdadera libertad: “No como quiero yo, sino como
quieres tú” (Mt 21, 39). En esta comunión de las voluntades se
realiza nuestra redención: ser amigos de Jesús, llegar a ser amigos
de Dios. Mientras más amamos a Jesús, más lo conocemos, más crece
nuestra verdadera libertad, crece el gozo de ser redimidos. ¡Gracias
Jesús, por tu amistad!
El otro
elemento del Evangelio- que quería resaltar- es el discurso de Jesús
sobre el llevar fruto: “Os he constituido para que andéis y portéis
fruto y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16). Aparece aquí el
dinamismo de la existencia del cristiano, del apóstol: os he
constituido para que andéis... Debemos ser animados por una santa
inquietud: la inquietud de llevar a todos el don de la fe, de la
amistad con Cristo. En verdad, el amor, la amistad de Dios nos ha
sido dad para que llegue también a los otros. Hemos recibido la fe
para donarla a los otros- somos sacerdotes para servir a los otros.
Y debemos llevar un fruto que permanezca. Todos los hombres quieren
dejar una huella que permanezca. ¿Pero qué cosa permanece? El dinero
no. Tampoco los edificios permaneces; los libros menos. Después de
un cierto tiempo, más o menos largo, todas estas cosas desaparecen.
La única cosa, que permanece en la eternidad, es el alma humana, el
hombre creado por Dios para la eternidad. El fruto que permanece es
por eso cuanto hemos sembrado en las almas humanas- el amor, el
conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que
abre el alma a la alegría del Señor. Entonces vamos y recemos al
Señor, para que nos ayude a llevar fruto, un fruto que permanece.
Solo así la tierra es transformada de un valle de lágrimas al jardín
de Dios.
Regresemos, finalmente, aún una vez, a la carta a los
Efesios. La carta dice- con las palabras del Salmo 68- que Cristo,
ascendiendo al cielo, “ha distribuido dones a los hombres” (Ef 4,
8). El vencedor distribuye los dones. Y estos dones son apóstoles,
profetas, evangelistas, pastores y maestros. Nuestro ministerio es
un don de Cristo a los hombres, para construir su cuerpo- el mundo
nuevo. ¡Vivimos nuestro ministerio así, como don de Cristo a los
hombres! Pero en este momento, sobretodo, rezamos con insistencia al
Señor, para que después del gran don del Papa Juan Pablo II, nos
done un nuevo pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al
conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría. Amén”. |