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PALABRAS DEL CARDENAL
JOSEPH RATZINGER
AL COMIENZO DE LA
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
CON MOTIVO DEL
XXV ANIVERSARIO
DEL PONTIFICADO DE JUAN
PABLO II
Beatísimo
Padre:
Hace
exactamente veinticinco años, a esta hora, los cardenales reunidos
en la capilla Sixtina lo elegían para la misión de Sucesor de san
Pedro, y usted dio su "sí" a la gracia y al peso de esa misión. Hace
veinticinco años, el protodiácono del sacro Colegio, el cardenal
Pericle Felici, anunció solemnemente a la multitud en espera en la
plaza de San Pedro: Habemus Papam. Hace veinticinco años, desde el
balcón central de la basílica vaticana, usted pronunció por primera
vez la bendición urbi et orbi y conquistó inmediatamente, con un
discurso inolvidable, el corazón de los romanos, así como el corazón
de las numerosas personas que lo seguían y escuchaban en todo el
mundo. Usted dijo entonces que venía de un país lejano. Pero
percibimos enseguida que la fe en Jesucristo, que se percibía en sus
palabras y en toda su persona, supera todas las distancias; que en
la fe todos estamos cerca unos de otros. Usted nos ha hecho
experimentar desde el primer momento esta fuerza de Cristo que
derriba fronteras y da paz y alegría.
En estos
veinticinco años, usted, como Vicario de Jesucristo en la sucesión
apostólica, ha recorrido incansablemente el mundo, no sólo para
llevar a los hombres el evangelio del amor de Dios encarnado en
Jesucristo, más allá de todo confín geográfico; usted ha atravesado
también los continentes del espíritu, a menudo distantes unos de
otros y contrapuestos entre sí, para acercar a los que estaban lejos
y reconciliar a los que estaban separados, y para dar cabida en el
mundo a la paz de Cristo (cf. Ef 2, 17). Se ha dirigido a jóvenes y
ancianos, a ricos y pobres, a gente poderosa y humilde, y ha
demostrado siempre --siguiendo el ejemplo de Jesucristo- un amor
particular por los pobres y los indefensos, llevando a todos una
chispa de la verdad y del amor de Dios. Ha anunciado sin miedo la
voluntad de Dios, incluso allí donde está en contraste con lo que
piensan y quieren los hombres. Como el apóstol san Pablo, usted
puede decir que no ha tratado nunca de adular con las palabras, que
no ha buscado jamás ningún honor de los hombres, sino que ha cuidado
de sus hijos como una madre. Como san Pablo, también usted se ha
encariñado con los hombres y ha deseado hacerlos partícipes no sólo
del Evangelio, sino también de su misma vida (cf. 1 Ts 2, 5-8). Ha
aceptado críticas e injurias, suscitando, sin embargo, gratitud y
amor y derribando los muros del odio y la enemistad. Podemos
constatar hoy cómo usted se ha entregado con todo su ser al servicio
del Evangelio y se ha desgastado totalmente por él (2 Co 12, 15). En
su vida la expresión cruz no es sólo una palabra. Usted se ha dejado
herir por ella en el alma y en el cuerpo. Al igual que san Pablo,
también usted soporta los sufrimientos para completar en su vida
terrena, por el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, lo que aún falta
a los padecimientos de Cristo (Col 1, 24).
Santo
Padre, hoy toda la Iglesia le agradece la entrega de estos
veinticinco años. Se lo agradecen también numerosas hermanas y
hermanos no católicos, hombres de buena voluntad de otras religiones
y convicciones. Quisiéramos encomendarlo con nuestra oración a la
bondad inagotable de nuestro Señor, que lo ha llamado y guiado a lo
largo de todo su camino. Le pedimos que le haga sentir también en
este momento la luz de su presencia. Lo saludamos con las antiguas
palabras de la oración de la Iglesia: "Dominus conservet te et
vivificet te et beatum te faciat in terra!".
Esta es una
bendición que depende también --lo sabemos bien- de la fidelidad de
todos nosotros a su persona y a su misión de Sucesor de Pedro.
Aprovechamos de buen grado esta circunstancia para confirmarle
nuestra voluntad de perseverar "cum Petro et sub Petro" en nuestro
servicio a Cristo y a la Iglesia.
Con estos sentimientos, le decimos desde lo más
profundo de nuestro corazón: ¡Felicidades, Santo Padre! |