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REANUDAR NUESTRA MARCHA COMO PUEBLO

Buenos Aires, ABR 10: El arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, cardenal Jorge Bergoglio, pidió hoy a la feligresía que participó de la vigilia pascual en la catedral metropolitana, que no deje que “la memoria de nuestra salvación se atrofie por el desconcierto y el temor que nos pueda sobrevenir ante cualquier sepulcro que pretende adueñarse de nuestra esperanza”.

También reclamó que como pueblo “reanudemos la marcha” a pesar de que “en estos momentos parece que las fronteras de la vida se cierran, dudamos de las promesas y un positivismo craso se levanta como clave interpretativa de la situación. Entonces señorea en nuestra conciencia el desconcierto y el temor; la realidad se nos impone clausurada, sin esperanza y tenemos ganas de volver sobre nuestros pasos hacia la misma esclavitud de la que habíamos salido”.

En su reflexión durante la vigilia pascual, el purpurado porteño dijo lo siguiente:

El camino del pueblo de Dios se detiene esta noche frente a un sepulcro, un sepulcro vacío. El cuerpo de Jesús, el Hijo de la promesa, ya no estaba allí; sólamente se veían las sábanas que lo envolvieron. La marcha de todo un pueblo se detiene hoy como otrora lo había hecho ante la roca en el desierto o a orillas del mar la noche de la Pascua, cuando los israelitas “se llenaron de pánico e invocaron a gritos al Señor” y furiosos increpaban a Moisés: “¿no había tumbas en Egipto para que nos trajeras a morir en el desierto?” Esta noche no es el pánico sino el desconcierto y el temor de estas mujeres ante lo incomprensible: el Hijo de la promesa no estaba allí. Cuando vuelven y cuentan todo a los Apóstoles “a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron”. Desconcierto, temor y apariencia de delirio: sentimientos que son un sepulcro y allí se detiene la marcha durante siglos de todo un pueblo. El desconcierto desorienta, el temor paraliza, la apariencia de delirio sugiere fantasías.

Las mujeres “no se atreven a levantar la vista del suelo”. Desconcierto y temor que clausuran toda mirada al cielo; desconcierto y temor sin horizonte, que tuerce la esperanza. Reaccionan sorprendidas frente al reproche: “¿por qué buscan entre los muertos al que está vivo”? Pero se sorprenden más aún con la palabra profética “Recuerden” y “las mujeres recordaron” y en su corazón se reflejó entonces lo que sucedía fuera: los primeros albores del día hacen estallar las tinieblas de la duda, del temor y el desconcierto, y corren y anuncian lo que escucharon: “No está aquí, ha resucitado”.

El recuerdo las resitúa en la realidad. Recuperan la memoria y la conciencia de ser pueblo elegido, recuerdan las promesas, se reafirman en la alianza y se sienten nuevamente elegidas. Entonces nace en el corazón ese ímpetu fuerte, que es del Espíritu Santo, para ir a evangelizar, a anunciar la gran noticia. Toda la historia de la salvación vuelve a ponerse en marcha. Vuelve a repetirse el milagro de aquella noche en el Mar Rojo. “...y el Señor dijo a Moisés: ¿Por qué me invocas con esos gritos? Ordena a los israelitas que reanuden la marcha”. Y el pueblo siguió su camino con el correr de las mujeres que habían recordado las promesas del Señor.

A todos nos ha sucedido alguna vez como personas y como pueblo, encontrarnos detenidos en el camino, sin saber qué pasos dar. En esos momentos parece que las fronteras de la vida se cierran, dudamos de las promesas y un positivismo craso se levanta como clave interpretativa de la situación. Entonces señorea en nuestra conciencia el desconcierto y el temor; la realidad se nos impone clausurada, sin esperanza y tenemos ganas de volver sobre nuestros pasos hacia la misma esclavitud de la que habíamos salido y hasta llegamos a reprochar al Señor que nos puso en camino de libertad: “Ya te lo decíamos cuando estábamos en Egipto: ¡Déjanos tranquilos! Queremos servir a los egipcios, porque más vale estar al servicio de ellos que morir en el desierto”. En estas situaciones, como a orillas del Mar Rojo o frente al sepulcro, la respuesta llega: “No teman”, “Recuerden”.

Recuerden la promesa pero, sobre todo, recuerden la propia historia. Recuerden las maravillas que el Señor nos ha hecho a lo largo de la vida. “Presta atención y ten cuidado para no olvidar las cosas que has visto con tus propios ojos, ni dejar que se aparten de tu corazón un solo instante”; cuando estés satisfecho “no olvides al Señor que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud”; “acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante estos cuarenta años... la ropa que llevabas puesta no se gastó, ni tampoco se hincharon tus pies...” “No olvides al Señor que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud”. “Recuerden los primeros tiempos”; “acuérdate de Jesucristo, que resucitó de entre los muertos”. Así nos exhorta la Palabra de Dios para que contínuamente releamos nuestra historia de salvación a fin de poder seguir hacia adelante. La memoria del camino andado por la gracia de Dios es fortaleza y fundamento de esperanza para continuar caminando. No dejemos que la memoria de nuestra salvación se atrofie por el desconcierto y el temor que nos pueda sobrevenir ante cualquier sepulcro que pretenda adueñarse de nuestra esperanza. Dejemos siempre lugar a la Palabra del Señor, como las mujeres en el sepulcro: “Recuerden”. En los momentos de mayor oscuridad y parálisis urge recuperar esta dimensión deuteronómica de la existencia.

En esta noche santa quiero pedirle a la Santísima Virgen nos conceda la gracia de la memoria de todas las maravillas que el Señor hizo en nuestras vidas, y que esa memoria nos sacuda, nos impulse a seguir caminando en nuestra vida cristiana, en el anuncio de que no hay que buscar entre los muertos al que está vivo, en el anuncio de que Jesús, el Hijo de la promesa, es el Cordero Pascual y ha resucitado. Que Ella nos enseñe a decirnos pausadamente, con la certeza de quien se sabe conducido a lo largo de toda la vida, lo que ella misma seguramente se repetía esa madrugada mientras esperaba a su Hijo: “Yo sé que mi Redentor vive”.+

 

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